PARTE 2: EL AVIÓN TENÍA DUEÑA

Victoria volvió a señalar el asiento 2A.

—Alejandro, haz algo. No pienso pasar ocho horas sin la ventanilla.

El comandante suspiró y miró a Elena.

—Señora, no voy a repetirlo. Trasládese a clase económica.

Elena cerró lentamente el libro.

—¿Mi billete tiene algún problema?

—No.

—¿Entonces por qué tendría que cambiarme?

Alejandro bajó la voz.

—Porque yo soy el comandante de este vuelo y estoy intentando evitar un conflicto.

Elena miró a Victoria.

—El conflicto no lo estoy creando yo.

Varios pasajeros comenzaron a observar.

Victoria soltó una risa.

—Mírala. Hasta cree que puede discutir contigo.

Entonces un hombre se levantó tres filas más atrás.

Era Javier Moreno, director general de la aerolínea.

Tenía el rostro completamente pálido.

—Comandante Martínez…

Alejandro frunció el ceño.

—Señor Moreno, puedo manejar esto.

—No creo que pueda.

Elena lo miró.

Javier entendió inmediatamente.

Ya no podía seguir fingiendo que aquello era una inspección anónima.

Se acercó.

—Señora Vázquez, le pido disculpas.

Todo el pasillo quedó en silencio.

Alejandro miró primero a Javier.

Después a Elena.

—¿Se conocen?

Javier tragó saliva.

—Ella es Elena Vázquez.

Victoria se encogió de hombros.

—¿Y quién es esa?

Javier la miró.

—La propietaria de la aerolínea.

Nadie habló.

Alejandro soltó una pequeña carcajada nerviosa.

—Eso no puede ser verdad.

Elena abrió su bolso de tela y sacó una tarjeta corporativa.

No necesitaba hacerlo.

Pero la expresión de Alejandro cambió cuando leyó su nombre completo.

Presidenta del Consejo.

Accionista mayoritaria.

Victoria dejó de sonreír.

—Alejandro…

Elena se levantó.

—No compré esta compañía para que alguien utilizara su uniforme como excusa para humillar pasajeros.

Alejandro intentó recomponerse.

—Señora Vázquez, hubo un malentendido.

—No.

Ella negó.

—Usted vio a una mujer vestida de manera sencilla y decidió que era la persona más fácil de desplazar.

El comandante guardó silencio.

Elena señaló a Victoria.

—Y estaba dispuesto a utilizar su autoridad para beneficiar a su esposa.

Javier intervino.

—Tenemos políticas estrictas sobre esto.

—Lo sé —respondió Elena—. Yo aprobé algunas de ellas.

Victoria tomó el brazo de Alejandro.

—Esto es ridículo. Solo queríamos cambiar un asiento.

Elena la miró.

—Entonces debieron pedirlo.

—Lo hicimos.

—No. Me ordenaron levantarme.

Aquella diferencia dejó a Victoria sin respuesta.

Elena volvió a sentarse.

—Señor Moreno, quiero que este vuelo salga puntual. Los pasajeros no tienen por qué pagar por esta escena.

Alejandro respiró aliviado.

Creyó que había terminado.

Entonces Elena añadió:

—Pero el comandante Martínez no pilotará este avión.

Su rostro se quedó blanco.

—¿Qué?

—Queda apartado de este vuelo hasta que Recursos Humanos revise lo ocurrido.

—¡Llevo treinta años en esta compañía!

—Entonces debería conocer mejor sus responsabilidades.

Alejandro dio un paso hacia ella.

—No puede destruir mi carrera por un asiento.

Elena volvió a abrir su libro.

—Yo no tomé esa decisión durante sus treinta años de carrera.

Lo miró.

—Usted la tomó hoy.

Minutos después, otro comandante subió a la cabina.

Alejandro y Victoria abandonaron el avión entre murmullos.

Pero justo antes de bajar, una azafata se acercó a Elena.

—Señora Vázquez… hay algo que debería saber.

Le entregó una tablet.

—El incidente de hoy no es el primero.

Elena frunció el ceño.

Había once quejas anteriores contra Alejandro.

Pasajeros obligados a cambiar de asiento.

Tripulantes humillados.

Personal amenazado.

Y varias denuncias habían sido cerradas sin investigación.

—¿Quién las archivó? —preguntó Elena.

La azafata dudó.

Luego señaló discretamente hacia Javier Moreno.

Elena levantó la vista.

El director general seguía allí, sudando.

—Javier.

Él se acercó lentamente.

—¿Sí?

Elena giró la tablet hacia él.

—¿Por qué desaparecieron estas quejas?

Su rostro perdió el color.

Y en ese momento Elena comprendió que el problema nunca había sido un comandante arrogante.

Era una empresa entera acostumbrada a proteger a las personas equivocadas.

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