Valeria fue la primera en recuperar la voz.
—Debe haber un error.
El perito inmobiliario cerró la carpeta con calma.
—Eso mismo pensé cuando recibí el expediente.
Sacó una segunda carpeta, mucho más gruesa.
—Por eso solicité directamente la información al Registro Público de la Propiedad antes de venir.
El silencio volvió a instalarse sobre la mesa.
Doña Graciela dejó lentamente la copa de vino.
—¿Qué significa eso?
El hombre acomodó sus lentes.
—Que la casona ubicada en la calle Zacatecas ya no corresponde al valor que aparece en la demanda.
Valeria sonrió con esfuerzo.
—Naturalmente aumentó un poco por la inflación.
El perito negó con la cabeza.
—No hablamos de inflación.
Abrió una hoja con fotografías.
Eran imágenes recientes del edificio.
Los vitrales restaurados reflejaban la luz de la tarde.
La fachada lucía impecable.
Los balcones de hierro forjado parecían recién instalados.
El patio central estaba lleno de plantas, una cafetería y pequeñas galerías.
—Después de la restauración integral y del cambio de uso autorizado hace dos años, el inmueble multiplicó su valor.
Un primo abrió los ojos.
—¿Cuánto vale?
El perito respiró antes de responder.
—La última estimación comercial supera los tres millones de dólares.
El tenedor de la tía Lucía cayó sobre el plato.
Doña Graciela quedó inmóvil.
Valeria perdió el color del rostro.
—Eso… eso es imposible.
—No lo es.
El hombre deslizó otro documento.
—Además, el inmueble produce ingresos constantes por el arrendamiento de los departamentos y de los locales comerciales.
Marisol permanecía en silencio.
Nunca había presumido el éxito del proyecto.
Mientras su familia imaginaba que seguía reparando paredes viejas, ella había convertido la antigua casona en uno de los edificios restaurados más cotizados de la colonia Roma.
Valeria tomó los papeles con manos temblorosas.
Leyó una cifra.
Volvió a leerla.
Después otra.
Su expresión comenzó a romperse.
—No…
El perito continuó.
—Hay algo todavía más delicado.
Todos lo miraron.
—Para solicitar un embargo judicial, el valor del bien ofrecido debe corresponder con la documentación presentada.
Señaló el expediente.
—Aquí declararon que el inmueble tenía daños estructurales severos y un valor cercano a los doscientos cincuenta mil dólares.
Marisol levantó lentamente la vista.
—Jamás presenté esos documentos.
—Lo sabemos.
Valeria tragó saliva.
—¿Cómo que lo sabemos?
El perito abrió una nueva hoja.
—Porque esos informes fueron firmados por un arquitecto que falleció hace ocho meses.
El restaurante entero pareció quedarse sin aire.
—¿Qué dijo? —susurró la tía Lucía.
—La supuesta inspección técnica tiene fecha de hace tres semanas.
Nadie habló.
El hombre dejó otra copia sobre la mesa.
—La firma pertenece a una persona que ya no podía firmar absolutamente nada.
Valeria soltó la carpeta.
Los papeles cayeron al piso.
Doña Graciela la miró, desconcertada.
—Valeria…
Ella no respondió.
Solo respiraba cada vez más rápido.
Marisol observó a su hermana.
Era la primera vez que la veía realmente asustada.
El perito continuó con voz firme.
—Y hay un segundo problema.
Sacó un documento plastificado.
—El supuesto contrato de préstamo por treinta y cinco mil dólares tampoco coincide con los archivos notariales.
Valeria levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué quiere decir?
—Quiere decir que el protocolo del notario citado nunca incluyó ese documento.
El silencio fue absoluto.
El perito cerró lentamente la carpeta.
—En otras palabras…
Miró directamente a Valeria.
—Si alguien presentó esta demanda utilizando documentos alterados, ya no estamos hablando únicamente de un juicio civil.
Hizo una pausa.
—Estamos hablando de un posible fraude procesal y falsificación de documentos.

Doña Graciela dejó escapar un suspiro ahogado.
—Eso… eso no puede ser…
En ese instante, el teléfono de Marisol vibró.
Era un mensaje del antiguo secretario de su padre.
Solo contenía una fotografía.
Una caja fuerte abierta.
Y dentro de ella, un sobre amarillo con una frase escrita por Don Héctor de su puño y letra:
“Abrir únicamente si algún día intentan quitarle la casona a Marisol.”