—¿Celos? —repitió mi padre.
Adrian pareció darse cuenta demasiado tarde de quién acababa de escuchar aquella palabra.
—Señor Wen, no quise decir…
—Sí quisiste —lo interrumpí.
Tomé la tarjeta con mi nombre del respaldo de la silla y la dejé frente a Mia.
—Quédate con el asiento.
Mia parpadeó.
Adrian relajó los hombros.
Creyó que había vuelto a ceder.
Entonces miré a mi madre.
—Mamá, ¿puedes darme el sobre rojo?
Adrian levantó inmediatamente la vista.
Conocía nuestras costumbres.
Sabía que un sobre entregado formalmente durante una presentación familiar significaba aceptación.
Mi madre dudó, pero terminó sacándolo de su bolso.
Adrian se puso de pie.
—Señora Wen, realmente no hacía falta…
Extendió la mano.
Yo tomé el sobre antes.
—No es para ti.
Su mano quedó suspendida.
Abrí el sobre y saqué la tarjeta bancaria.
Luego el borrador de inversión.
La expresión de Adrian cambió.
Reconoció inmediatamente el logotipo de Wen Capital.
—¿Qué es eso?
Mi padre respondió:
—La inversión que pensaba hacer en tu empresa.
Adrian dejó de respirar.
Mi primo tomó discretamente su copa para ocultar una sonrisa.
Mi padre continuó:
—Olivia me habló durante meses de tu proyecto. Me dijo que eras competente, responsable y que solo necesitabas una oportunidad.
Miró la mano de Adrian todavía apoyada sobre el hombro de Mia.
—Pensaba anunciar esta noche que Wen Capital financiaría tu siguiente etapa.
Mia retiró inmediatamente el hombro.
Demasiado tarde.
Adrian dio un paso hacia mí.
—Olivia, podemos hablar en privado.
—¿Para qué?
—Estás mezclando nuestra relación con los negocios.
Solté una pequeña risa.
—Tú acabas de mezclar a Mia con mi familia.
La cara de Mia se volvió blanca.
—Hermana Olivia, por favor, no castigues al senior por mi culpa.
Mi madre la miró.
—Señorita Hayes, deje de llamarla hermana. Mi hija no tiene hermanas.
Mia cerró la boca.
Mi padre tomó el borrador.
Lo sostuvo unos segundos.
Y lo rompió por la mitad.
Después otra vez.
Los pedazos cayeron sobre la mesa.
Adrian perdió completamente la calma.
—¡Señor Wen!
—No soy tu inversor —respondió mi padre—. Y después de esta noche tampoco sé si llegarás a ser mi yerno.
Aquella frase finalmente destruyó la expresión arrogante de Adrian.
Se volvió hacia mí.
—Olivia, ¿vas a permitir esto por un asiento?
Lo miré durante varios segundos.
—Todavía no lo entiendes.
Me acerqué a la silla.
—No estoy terminando contigo porque Mia se sentó aquí.
Señalé el respaldo.
—Estoy reconsiderando casarme contigo porque sabías exactamente lo que representaba este lugar y aun así decidiste humillarme para demostrarle a otra mujer que ella era más importante.
Mia comenzó a llorar.
Esta vez nadie intentó consolarla.
Entonces mi teléfono vibró.
Era mi asistente.
Había encontrado algo que le había pedido investigar semanas atrás.
Porque aquella no era la primera vez que Adrian escogía a Mia.
Solo era la primera vez que lo hacía frente a mi padre.
Abrí el mensaje.
Había transferencias.
Reservas de hoteles.
Pagos de alquiler.
Y finalmente, una escritura.
Sentí que mis dedos se enfriaban.
Tres meses antes, Adrian me había dicho que necesitaba retrasar nuestra boda porque estaba ahorrando para comprar nuestra futura casa.
La propiedad sí existía.
Solo que no estaba destinada a mí.
Levanté el teléfono.
—Adrian, ¿conoces esta dirección?
Se quedó rígido.
Mia dejó de llorar.
Ahí obtuve mi respuesta.
Mi padre extendió la mano.
Le entregué el teléfono.
Leyó el documento.
Después miró a Adrian.
—Compraste un apartamento de dos millones ochocientos mil dólares.
Silencio.
—Y registraste como beneficiaria de uso a Mia Hayes.
Mi madre cerró los ojos.
Adrian palideció.
—Puedo explicarlo.
—Adelante —dije.
Mia se levantó.
—El apartamento está cerca de mi trabajo. El senior solo quería que yo tuviera un lugar seguro…
—¿Con tres habitaciones? —pregunté—. ¿Vestidor doble? ¿Dos plazas de estacionamiento?
Deslicé la pantalla.
—¿Y quieres explicar también por qué encargaron una habitación infantil?
Adrian giró violentamente hacia Mia.
—¿Habitación infantil?
Aquello me sorprendió.
Él tampoco lo sabía.
Mia se quedó completamente inmóvil.
Mi padre la observó.
—Señorita Hayes, ¿hay algo que quiera decir?
Sus labios comenzaron a temblar.
Entonces su bolso cayó al suelo.
De dentro salió una pequeña caja.
Mi tía, que acababa de llegar, se agachó para recogerla.
Leyó la etiqueta.
Y levantó lentamente la mirada.
Era una caja de vitaminas prenatales.
Adrian parecía haber recibido un golpe.
—Mia…
Ella empezó a llorar de verdad.
—Quería decírtelo después del cumpleaños.
Nadie habló.
Adrian dio un paso atrás.
Yo, extrañamente, no sentí dolor.
Solo una enorme tranquilidad.
Me quité el anillo de compromiso.
Lo dejé sobre la servilleta roja.
—Ahora entiendo por qué necesitabas tanto mi asiento.
Adrian me agarró de la muñeca.
—Olivia, espera. Ni siquiera sé si ese bebé…
Mi padre se levantó.
Adrian me soltó inmediatamente.
Tomé el sobre rojo vacío y guardé dentro mi anillo.
—Mañana mi abogado te enviará la cancelación formal del compromiso.
—Olivia…
—Y Wen Capital no invertirá un centavo.
Por primera vez aquella noche, Mia dejó de parecer una muchacha indefensa.
Miró a Adrian con verdadero pánico.
Porque ella había conseguido mi silla.
Pero acababa de descubrir que el hombre por quien había luchado necesitaba mucho más mi apellido que mi asiento.
Me senté junto a mi padre.
Mi madre pidió al personal que retirara los cubiertos de Adrian.
Él permaneció de pie, humillado frente a la misma familia ante la que pensaba presentarse como futuro yerno.
Mi padre levantó su copa.
—Bien. Ahora que resolvimos el asunto equivocado…
Miró a sus invitados.
—Podemos celebrar mi cumpleaños.
Las conversaciones regresaron lentamente.
Adrian seguía mirándome.
Yo ya no.
Porque aquella noche comprendí algo muy sencillo.

Mia podía quedarse con la silla.
Podía quedarse con el apartamento.
Incluso podía quedarse con Adrian.
Lo único que ya no iba a recibir era la vida que él pensaba construir usando la mía.