Tomé la memoria USB sin apartar los ojos de Daniel.
—¿Por qué no denunciaste esto antes?
La enfermera tragó saliva.
—Porque la última persona que intentó hacerlo perdió su empleo.
—¿Quién la despidió?
Miró hacia Daniel.
—Él.
Daniel dio un paso adelante.
—Elena, no sabes lo que estás haciendo.
—Todavía no —respondí—. Pero pienso averiguarlo.
Entramos en mi nueva oficina.
Cerré la puerta y conecté la memoria al ordenador.
Había una sola carpeta.
“PACIENTE 417”.
Dentro encontré informes médicos, correos electrónicos y grabaciones de cámaras.
La fecha de cada archivo correspondía a seis meses atrás.
Abrí el primer informe.
Paciente masculino.
Cincuenta y ocho años.
Ingreso por una lesión grave.
Diagnóstico inicial: estable.
Después apareció una anotación que me hizo fruncir el ceño.
“Orden de no intervención solicitada por Traumatología”.
El médico responsable era Daniel Reyes.
Abrí el siguiente archivo.
La orden había sido modificada horas después.
Pero el paciente ya había muerto.
Sentí un frío recorrerme la espalda.
Entonces apareció un correo.
El remitente era Sofía Blake.
El destinatario: Daniel.
El asunto decía:
“Si habla, estamos acabados”.
Abrí el mensaje.
Solo contenía una frase:
“Su hija tiene los documentos originales”.
Me quedé inmóvil.
Su hija.
¿Quién era la hija de aquel paciente?
Seguí buscando.
Encontré una fotografía escaneada.
Era una niña de unos diez años junto a un hombre mayor.
En la esquina de la imagen había una fecha.
La misma fecha de ingreso del paciente 417.
Entonces escuché tres golpes en la puerta.
Levanté la mirada.
Era Sofía.
—Necesito hablar contigo.
—Pasa.
Entró sola.
Ya no tenía la seguridad de la cafetería.
Parecía aterrada.
—Daniel no sabe que vine.
Cerré el ordenador.
—Entonces empieza por decirme la verdad.
Sofía respiró profundamente.
—El collar no me lo dio Daniel.
—¿Entonces quién?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—El paciente 417.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Por qué?
Sofía miró hacia la puerta.
—Porque antes de morir me dijo que, si algo le ocurría, buscara a la directora del hospital.
La miré fijamente.
—¿A mí?
Ella asintió.
—Pero él no sabía quién sería.
Sacó un sobre de su bata.
Lo dejó sobre mi escritorio.
Mi nombre estaba escrito en el frente.
“Elena Morgan”.
Lo abrí con manos temblorosas.
Dentro había una fotografía, una llave pequeña y una nota.
Solo había una frase:
“Su esposo no llegó a este hospital por casualidad. Él vino buscando algo que pertenece a su familia.”
Levanté la mirada.
—¿Qué significa esto?
Sofía negó con la cabeza.
—No lo sé.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje de número desconocido.
“NO CONFÍE EN SU ESPOSO.”
Segundos después llegó otro.
“Y NO ABRA LA PUERTA DE SU CASA ESTA NOCHE.”
Miré a Sofía.
Ella había recibido exactamente el mismo mensaje.

Y entonces comprendí algo mucho peor.
Alguien sabía que estábamos juntas.
Y también sabía que habíamos encontrado el archivo.