PARTE 2: EL ARCHIVO QUE NADIE DEBÍA ENCONTRAR

Teresa cerró la puerta con suavidad.

No hizo preguntas de inmediato.

Primero tomó al bebé de los brazos de Mariana.

—Ve a lavarte la cara.

—Yo lo sostengo.

Mariana permaneció inmóvil unos segundos.

Era la primera vez en meses que alguien le quitaba el peso de los brazos sin pedirle nada a cambio.

Cuando regresó de la cocina con una taza de café caliente, Teresa ya había preparado un pequeño moisés improvisado con mantas.

El bebé dormía profundamente.

—Ahora sí —dijo Teresa mientras se sentaba frente a ella—. Cuéntamelo todo.

Mariana respiró hondo.

Le habló del mensaje de las nueve de la noche.

De la mesa preparada para seis personas.

Del perfume que Alejandro llevaba al regresar.

Y de aquella única palabra.

—Divorcio.

Teresa no la interrumpió.

Solo escuchó.

Cuando Mariana terminó, abrió lentamente un cajón del escritorio.

Sacó una libreta negra.

—Hay algo que necesito preguntarte.

—¿Qué cosa?

—Antes de casarte…

—¿Recuerdas por qué dejaste la auditoría?

Mariana bajó la mirada.

Claro que lo recordaba.

Alejandro insistía en que una esposa de la familia Zambrano no debía viajar sola por el país revisando empresas.

Su suegra repetía que una madre respetable pertenecía en casa.

Y poco a poco…

Renunció.

A su trabajo.

A su independencia.

A la mujer que había sido.

Teresa sonrió con tristeza.

—Cometieron un error.

Mariana frunció el ceño.

—¿Quiénes?

—Ellos.

Abrió la libreta.

En la primera página aparecía un nombre.

Grupo Zambrano.

Mariana sintió un escalofrío.

—¿Por qué tienes eso?

Teresa pasó varias hojas.

—Porque hace ocho meses uno de nuestros clientes pidió una auditoría confidencial.

—¿De quién?

—De la empresa de tu esposo.

Mariana dejó lentamente la taza sobre la mesa.

—¿Encontraste algo?

Teresa no respondió enseguida.

Sacó una memoria USB de un sobre sellado.

La colocó frente a ella.

—Encontramos muchas cosas.

Empresas proveedoras que solo existían en papel.

Facturas repetidas.

Pagos triangulados.

Contratos inflados.

Y transferencias que terminaban en cuentas personales.

Mariana sintió que el antiguo instinto de auditora despertaba de golpe.

—¿Cuánto dinero?

Teresa la miró fijamente.

—Más de cuarenta millones de pesos.

El silencio llenó la habitación.

Mariana conocía perfectamente lo que significaba una cifra así.

No era un simple error contable.

Era un fraude cuidadosamente construido.

—¿Alejandro lo sabe?

Teresa negó con la cabeza.

—No estoy segura.

—Pero alguien de esa familia sí.

Mariana tomó la memoria USB.

La observó entre los dedos.

—¿Por qué no entregaste esto?

Teresa respiró profundamente.

—Porque quien contrató la auditoría desapareció dos semanas después.

Mariana levantó la vista.

—¿Desapareció?

—Renunció.

Cambió de teléfono.

Vendió su departamento.

Nunca volvió a aparecer.

Un escalofrío recorrió la espalda de Mariana.

Teresa continuó.

—Desde entonces decidí guardar una copia.

—Por si algún día alguien intentaba silenciar la verdad.

Las dos mujeres permanecieron en silencio.

El bebé emitió un pequeño murmullo mientras dormía.

Mariana caminó hasta el moisés.

Le acarició suavemente la mejilla.

Después volvió a mirar la memoria.

Comprendió que ya no se trataba únicamente de un divorcio.

Ni de una infidelidad.

Ni siquiera de su matrimonio.

Había algo mucho más grande detrás de aquella familia.

En ese momento sonó su teléfono.

La pantalla mostraba un nombre.

Beatriz Zambrano.

Su suegra.

Mariana dejó que sonara una vez.

Dos.

Tres.

Al cuarto intento contestó.

—¿Sí?

La voz de Beatriz sonó fría, pero extrañamente nerviosa.

—¿Dónde estás?

—Con mi hijo.

—Regresa inmediatamente.

Los invitados ya vienen.

Mariana sonrió por primera vez desde que había salido de casa.

—Entonces tendrán que desayunar sin mí.

Beatriz endureció la voz.

—No seas insolente.

Y devuélvele a Alejandro la memoria que sacaste del estudio.

Mariana quedó completamente inmóvil.

Miró lentamente a Teresa.

La memoria USB seguía sobre la mesa.

Ninguna de las dos la había mencionado.

Nadie podía saber que estaba allí.

A menos que…

Mariana habló muy despacio.

—¿Qué memoria, señora Zambrano?

Al otro lado de la línea hubo un silencio abrupto.

Demasiado largo.

Demasiado revelador.

Y en ese instante, Mariana comprendió que su suegra acababa de confirmar, sin querer, que sabía exactamente qué secreto escondía aquella familia durante años.

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