PARTE 2: EL ARCHIVO OCULTO

Rodrigo tardó exactamente cuarenta y tres segundos en volver a llamarme.

No contesté.

Cinco llamadas después llegó el primer mensaje.

“Esto tiene una explicación.”

Sonreí.

Los hombres como él siempre encontraban una explicación para todo. Para una mentira, para una amante, para un contrato falso. Nunca para las consecuencias.

Apagué el sonido del teléfono y seguí observando por la ventana del departamento donde Mateo y yo nos habíamos instalado esa misma tarde.

No era un hotel.

No era la casa de una amiga.

Era un penthouse discreto que mi padre había comprado quince años atrás como inversión y que nunca apareció en las conversaciones familiares. Solo Valeria Ortega conocía la existencia de aquella propiedad.

Rodrigo jamás imaginó buscarme allí.

Mateo armaba un rompecabezas sobre la alfombra.

Parecía tranquilo.

Eso era todo lo que importaba.


A las seis de la tarde sonó el timbre.

Valeria entró con una mochila llena de carpetas y una computadora portátil.

—¿Cómo reaccionó?

Le mostré el registro de llamadas.

Veintisiete intentos.

—Más rápido de lo que esperaba.

Ella dejó la mochila sobre la mesa.

—¿Abrió el sobre completo?

—Sí.

—Entonces ya debe haber visto la fotografía.

Asentí.

Pero la fotografía nunca había sido el verdadero golpe.

Valeria abrió la carpeta negra que llevaba bajo el brazo.

Dentro había más de doscientas hojas clasificadas con separadores de colores.

Transferencias.

Facturas.

Estados de cuenta.

Correos electrónicos.

Bitácoras de acceso.

Auditorías internas.

Y una memoria USB plateada.

—Aquí está todo.

La observé en silencio.

Durante tres meses habíamos reconstruido el rompecabezas financiero de Rodrigo.

Lo que parecía una simple aventura con Camila escondía una red mucho más grande.

Empresas fantasma.

Licitaciones manipuladas.

Dinero público desviado.

Y algo todavía peor.

Valeria colocó sobre la mesa un contrato.

—¿Recuerdas esta empresa?

Leí el nombre.

Grupo Consultor Horizonte.

Claro que lo recordaba.

Era la consultora donde desaparecían millones de pesos cada trimestre.

—Encontramos al verdadero dueño.

—¿El hermano de Camila?

Valeria negó lentamente.

—Solo era un prestanombres.

Sacó otra hoja.

Sentí un escalofrío.

La firma que aparecía al pie del documento era inconfundible.

—No…

—Sí.

Era Ernesto Salazar.

El padre de Rodrigo.

Respiré hondo.

Siempre pensé que mi suegro prefería mantenerse al margen de los negocios.

Resultaba que no solo los conocía.

Los dirigía.


A las siete y veinte volvió a llamar Rodrigo.

Esta vez contesté.

—¿Qué quieres?

Respiraba agitadamente.

—¿Quién más tiene esas copias?

—¿Te preocupa?

—Contéstame.

—Depende.

—¿De qué?

—De qué documento estés hablando.

Hubo un largo silencio.

Sabía perfectamente a cuáles me refería.

No necesitaba mencionarlos.

—Isabel…

Su voz ya no tenía autoridad.

Tenía miedo.

—Podemos arreglar esto.

—¿Como arreglaste los contratos?

—Estás confundiendo las cosas.

—No.

Respondí con tranquilidad.

—Por primera vez las estoy viendo claras.

Escuché cómo cerraba una puerta.

Seguramente buscaba un lugar donde nadie pudiera escucharlo.

—¿Qué quieres?

Aquella pregunta confirmó todo.

No preguntó si volvería.

No preguntó por Mateo.

No preguntó cómo estaba.

Solo quería saber el precio.

—Quiero que dejes de mentir.

—Podemos negociar.

—Ya lo intentaste durante once años.

—Hablo en serio.

—Yo también.

Respiró profundamente.

—¿Cuánto sabes?

Miré a Valeria.

Ella levantó tres dedos.

Era nuestra señal.

Tres segundos de silencio.

Los suficientes para que el otro hablara más de la cuenta.

Funcionó.

—Escucha… lo de Héctor fue un error. Yo nunca quise meterme en eso. Ernesto insistió. Camila hizo los contactos. Yo solo…

Se interrumpió de golpe.

Demasiado tarde.

Valeria ya estaba grabando toda la conversación.

Apagué el altavoz.

—Gracias.

—¿Gracias por qué?

Colgué.


Valeria guardó el teléfono.

—Acaba de vincular a tres personas en una sola declaración espontánea.

No pude evitar sonreír.

Mi padre tenía razón.

Los números no mentían.

Pero el miedo hacía hablar a cualquiera.


A las ocho y media recibí una llamada desconocida.

Contesté.

—¿Señora Isabel Villaseñor?

—Sí.

—Habla el contador Alfonso Medina.

El nombre me resultó familiar.

Había trabajado veinte años para la constructora.

—Necesito hablar con usted.

—¿Sobre qué?

Bajó la voz.

—Su esposo acaba de entrar como loco a la oficina.

Miré a Valeria.

—¿Y?

—Está vaciando archivos.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Qué clase de archivos?

—Los contratos viejos.

—¿Los está destruyendo?

—Sí.

Respiró agitadamente.

—Pero llegó demasiado tarde.

Fruncí el ceño.

—¿Qué significa eso?

El contador dudó unos segundos.

Luego dijo algo que cambió por completo el rumbo de todo.

—Hace dos semanas alguien entró antes que él… y copió absolutamente todos los servidores de la empresa.

Sentí que la piel se me erizaba.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabe?

—Porque esa persona usó las credenciales del fundador.

Mi respiración se detuvo.

El fundador.

Mi padre llevaba muerto casi cuatro años.

Era imposible.

El contador continuó con voz temblorosa.

—Lo único que puedo decirle es que esa madrugada el sistema registró un acceso autorizado con la clave personal de don Ernesto Villaseñor.

Miré a Valeria sin entender.

Ella estaba igual de sorprendida.

Mi padre había muerto.

Su contraseña debía haber desaparecido con él.

Sin embargo, alguien acababa de utilizarla para llevarse todas las pruebas… antes incluso de que yo comenzara mi investigación.

Y por primera vez comprendí que, mucho antes de que Rodrigo creyera estar jugando solo, otra persona llevaba años preparándole la caída.

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