PARTE 2: EL APELLIDO QUE CAMBIÓ TODO

—Lily… ¿cuánto tiempo llevas con Adrian Lockwood?

La pregunta quedó suspendida en el despacho.

Ethan estaba de pie detrás de su escritorio, con la camisa arrugada y la corbata floja. Parecía no haber dormido. Frente a él estaba mi contrato de trabajo, abierto justo en la página donde aparecía mi firma.

Cerré la puerta lentamente.

—¿Perdón?

—No finjas que no entiendes.

Su voz era baja, pero había algo extraño detrás de ella. No era solo enojo.

Era decepción.

Me acerqué al escritorio.

—No llevo ningún tiempo “con” Adrian.

Ethan soltó una risa amarga.

—Anoche te puso su saco encima delante de todos. Te llamó pequeña traidora. Subiste a su auto y te fuiste con él.

Sentí calor en las mejillas.

—¿Nos viste?

—Sí.

—Entonces también debiste ver que no ocurrió nada extraño.

—Lo vi esperándote a escondidas junto a una salida lateral.

Apreté los labios para no reírme.

Todo aquello habría sido absurdo si Ethan no pareciera realmente herido.

—Señor Blake, está interpretando mal la situación.

—¿Interpretando mal?

Rodeó el escritorio y quedó frente a mí.

—Adrian Lockwood no espera a ninguna mujer en un auto como si fuera su chofer. Tampoco le presta su saco a una secretaria que acaba de conocer.

—Eso tiene una explicación.

—Entonces explícala.

Abrí la boca.

Podía decirlo.

Bastaban cuatro palabras.

“Adrian es mi hermano.”

Pero la petición de mi familia regresó a mi mente.

Mi padre había insistido durante años en que nadie relacionara mi vida profesional con el apellido Lockwood. No quería que me contrataran por conveniencia ni que cada error mío apareciera en los periódicos financieros.

Además, Adrian me había pedido que no revelara nada sin hablar antes con él.

Y todavía había algo más.

Si Ethan descubría quién era yo justo después de pedirle inversión a mi hermano, jamás sabría si había confiado en mi trabajo o únicamente en mis conexiones.

—Es un asunto personal —respondí.

El rostro de Ethan se cerró.

—Eso pensaba.

—No es lo que imagina.

—No necesito detalles.

Tomó el contrato.

—Solo necesito saber si entraste a esta empresa para espiarnos.

Lo miré sorprendida.

—¿Espiarlos?

—Adrian mencionó que conocía a mi padre. Tal vez su familia quiere quedarse con Blake & Co. por una fracción de su valor.

—Eso es ridículo.

—¿Lo es?

Arrojó sobre el escritorio una carpeta.

Dentro estaban las cifras de la compañía: préstamos vencidos, pagos atrasados y una advertencia del banco.

La empresa estaba en una situación mucho peor de lo que yo había imaginado.

—Si Lockwood sabe que estamos desesperados, puede comprarnos por casi nada —dijo Ethan—. Y tú has tenido acceso a todos nuestros documentos.

—Porque soy su secretaria.

—Porque te di mi confianza.

La última frase me dolió más de lo esperado.

—Jamás compartí información confidencial con Adrian.

—¿Tengo que creerte?

—Sí.

—¿Por qué?

Lo miré a los ojos.

—Porque nunca le he mentido sobre mi trabajo.

Ethan dejó escapar una respiración lenta.

—No me dijiste que conocías al inversionista más poderoso de la ciudad.

—Mi vida privada no forma parte de mi contrato.

—Cuando esa vida privada puede decidir si esta empresa vive o muere, sí importa.

Se hizo un silencio incómodo.

Yo podía comprender su temor.

Ethan había heredado una compañía en ruinas, decenas de empleados y una deuda que no había creado. Llevaba años defendiendo lo poco que quedaba de su apellido.

Pero eso no le daba derecho a acusarme.

—¿Va a despedirme? —pregunté.

Sus ojos bajaron hacia el contrato.

—No lo sé.

—Entonces decídalo.

—Lily…

—Si cree que soy una espía, despídame. Pero no me obligue a quedarme aquí mientras me mira como si hubiera traicionado algo que nunca me permitió conocer por completo.

Tomé mi bolso.

Cuando llegué a la puerta, su voz me detuvo.

—¿Te gusta?

Me giré.

—¿Qué?

Ethan miró hacia la ventana.

—Adrian.

Por fin comprendí.

La noche sin dormir.

Los ojos enrojecidos.

La rigidez en su voz.

No estaba preocupado únicamente por la empresa.

Estaba celoso.

—Eso tampoco es asunto suyo —respondí.

La dureza de mi tono pareció golpearlo.

Salí del despacho antes de decir algo que pudiera empeorar la situación.

Durante el resto de la mañana, trabajé desde la pequeña sala de juntas. Ethan no volvió a hablarme.

A las once, recibí una llamada de Adrian.

—¿Tu jefe ya descubrió nuestro terrible romance prohibido?

—No es gracioso.

—Mamá dice que sí lo es.

—¿Se lo contaste?

—Solo le dije que tu jefe cree que eres mi amante.

Escuché la risa de mi madre al fondo.

Cerré los ojos.

—Ustedes son insoportables.

—¿Quieres que vaya a aclararlo?

—No.

—Lily, ayer casi rompe una copa cuando te puse el saco.

—Solo está preocupado por su empresa.

Adrian guardó silencio.

—¿Eso crees?

—¿Qué quieres decir?

—Ese hombre no te miraba como un jefe preocupado.

—No empieces.

—Te miraba como alguien que acababa de descubrir que la mujer que le gusta podía pertenecerle a otro.

—No pertenezco a nadie.

—Eso mismo le dije a papá cuando quiso investigar a Blake.

Me quedé inmóvil.

—¿Papá investigó a Ethan?

—Por supuesto. Trabajas sola con él hasta muy tarde.

—Tengo veintisiete años.

—En esta familia eso significa que papá contrató investigadores más discretos.

—Adrian.

—Tranquila. Ethan no tiene antecedentes graves. Solo deudas, orgullo y una tendencia preocupante a mirarte demasiado.

Colgué antes de que continuara.

Pero sus palabras siguieron conmigo.

Ethan nunca había sido particularmente amable. Era exigente, impaciente y podía corregir una presentación durante horas.

Sin embargo, recordé el vestido azul.

Lo había elegido él.

Recordé que siempre dejaba café sobre mi escritorio en las mañanas difíciles, aunque decía que había comprado uno extra por error.

Recordé que conocía mi comida favorita y que, cuando trabajábamos hasta tarde, pedía exactamente lo que me gustaba sin preguntar.

Tal vez Adrian no estaba completamente equivocado.

A las dos de la tarde, Ethan salió de su despacho.

—Lily, ven.

Entré con mi libreta, preparada para cualquier discusión.

En lugar de eso, encontré a un hombre de traje gris sentado frente al escritorio.

—Él es el señor Harris —dijo Ethan—. Quiere escuchar la propuesta del resort.

El mismo inversionista que Ethan había buscado durante la gala.

Harris me saludó.

—La señorita Lockwood habló muy bien del proyecto.

Mi sangre se congeló.

Ethan giró la cabeza hacia mí.

—¿La señorita qué?

Harris pareció confundido.

—Lockwood. Adrian me llamó esta mañana. Dijo que su hermana había revisado personalmente la propuesta.

Cerré los ojos por un segundo.

Adrian estaba muerto.

Cuando volví a abrirlos, Ethan me observaba como si nunca me hubiera visto realmente.

—Su hermana —repitió.

Harris miró de uno a otro.

—¿No lo sabía?

Nadie respondió.

El inversionista aclaró la garganta.

—Quizá deberíamos continuar otro día.

—No —dije—. El proyecto no tiene nada que ver con mi familia. El señor Blake puede presentarlo ahora.

Ethan seguía inmóvil.

—Ethan —insistí—. La empresa necesita esta reunión.

Eso pareció despertarlo.

Durante la siguiente hora explicó el plan con precisión. Harris hizo preguntas difíciles y Ethan respondió a todas sin consultar una sola vez los documentos.

Yo apenas hablé.

Al final, Harris cerró la carpeta.

—El proyecto es bueno. Revisaré las cifras con mi equipo.

Se levantó y me estrechó la mano.

—Dígale a su hermano que agradezco la recomendación.

—Lo haré.

Cuando la puerta se cerró, Ethan permaneció de espaldas a mí.

—Lockwood.

No dije nada.

—Tu apellido es Lockwood.

—Sí.

Se volvió lentamente.

—¿Adrian es tu hermano?

—Mi hermano mayor.

Pasó una mano por su rostro.

—Anoche subiste al auto de tu hermano.

—Sí.

—Y yo te pregunté cuánto tiempo llevabas con él.

—También.

Sus orejas se volvieron rojas.

Por un instante pensé que se disculparía.

En cambio, su expresión cambió.

—¿Por qué lo ocultaste?

—Porque quería trabajar sin que mi apellido decidiera cómo me trataban.

—Podías haberme dicho la verdad.

—¿Cuándo? ¿Durante la entrevista? ¿Para que me contrataras por mi familia? ¿O ayer, cuando necesitabas desesperadamente una inversión?

—Me dejaste hacer el ridículo.

—Usted decidió hacer el ridículo solo.

Ethan golpeó suavemente el escritorio con la palma.

—Te acusé de acostarte con tu propio hermano.

—No fue uno de sus mejores momentos.

A pesar de la tensión, casi sonrió.

Pero la sonrisa desapareció enseguida.

—¿Adrian va a comprar la empresa?

—No.

—¿Lo sabes con certeza?

—Sí.

—¿Porque te lo dijo o porque tú se lo prohibiste?

Me crucé de brazos.

—¿Importa?

—Mucho. No quiero sobrevivir gracias a la caridad de los Lockwood.

—Entonces no acepte caridad.

—Harris vino porque Adrian lo llamó.

—Harris vino porque el proyecto es bueno. Si no lo fuera, habría salido de aquí en diez minutos.

Ethan caminó hacia la ventana.

—Todo este tiempo pensé que necesitabas este trabajo.

—Lo necesito.

Me miró.

—Tu familia podría comprarte cien empresas.

—No necesito el salario para comer. Necesito el trabajo para construir algo propio.

—¿Y elegiste una compañía al borde de la quiebra?

—Elegí una empresa donde nadie conocía mi apellido.

Su expresión se suavizó apenas.

—Yo tampoco lo conocía.

—Exactamente.

Ethan bajó la mirada.

—Te traté mal esta mañana.

—Sí.

—Estaba preocupado.

—Y celoso.

Levantó la cabeza.

—No estaba celoso.

—Entonces su preocupación empresarial tiene una forma muy particular de preguntar si me gusta otro hombre.

La tensión volvió a su mandíbula.

—No debí preguntar eso.

—No.

—Pero tampoco me gustó verte subir a su auto.

El corazón me dio un golpe.

Ethan pareció darse cuenta de lo que acababa de admitir.

—Olvida eso.

—Demasiado tarde.

Se acercó un paso.

—Lily, aunque Adrian fuera solo un desconocido, no tenía derecho a cuestionarte.

—Por fin estamos de acuerdo.

—Pero necesito saber algo.

—¿Qué?

—¿Harris está considerando el proyecto por el proyecto o por tu familia?

—Se lo preguntaremos cuando responda.

—¿Y si acepta solo por Adrian?

—Entonces rechazaremos el dinero.

Ethan me miró con sorpresa.

—¿Rechazarías una inversión que puede salvarnos?

—Si incluye favores ocultos, sí.

—No tienes que hacer eso.

—No lo hago por usted. Lo hago por la empresa en la que he trabajado durante dos años.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Pensé que te irías.

—Todavía puedo hacerlo.

—No quiero que lo hagas.

La sinceridad de su voz borró cualquier respuesta irónica.

Antes de que pudiera contestar, la puerta se abrió de golpe.

Una mujer rubia, vestida con un traje blanco impecable, entró sin llamar.

—Ethan, tenemos un problema.

La reconocí de inmediato.

Vanessa Cole, hija del presidente del banco que sostenía gran parte de la deuda de Blake & Co.

También era la mujer con la que todos afirmaban que Ethan debía casarse si quería salvar la empresa.

Vanessa me miró.

Luego observó el vestido azul que todavía colgaba detrás de la puerta del despacho.

—Así que tú eres Lily.

Su tono fue amable.

Demasiado amable.

Ethan frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

Vanessa dejó una tableta sobre el escritorio.

En la pantalla había una fotografía de la gala.

Adrian colocando su saco sobre mis hombros.

El titular decía:

“ADRIAN LOCKWOOD Y SU MISTERIOSA ACOMPAÑANTE: ¿NUEVO ROMANCE O ALIANZA SECRETA?”

Debajo aparecía otra foto.

Yo subiendo al auto de mi hermano.

—La noticia se está difundiendo por toda la ciudad —explicó Vanessa—. Y varios inversionistas creen que Blake & Co. está usando a una empleada para acercarse a Lockwood.

Ethan tomó la tableta.

—Eso es falso.

—No importa si es falso. El banco acaba de convocar una reunión de emergencia.

Vanessa volvió a mirarme.

—Quieren saber quién es ella y qué relación tiene realmente con Adrian.

—Es su hermana —dijo Ethan.

Vanessa parpadeó.

—¿Qué?

—Lily es Lily Lockwood.

Por primera vez, la seguridad desapareció de su rostro.

Me observó de arriba abajo.

—¿La heredera de Lockwood Holdings?

—No utilizo ese título.

Vanessa soltó una risa incrédula.

—Trabajas como secretaria.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque puedo.

La respuesta no le gustó.

Se volvió hacia Ethan.

—Esto cambia las cosas.

—No cambia el proyecto.

—Lo cambia todo. El consejo puede pensar que tú y ella planearon ocultar la relación para conseguir inversión.

—No hay ninguna relación que ocultar —dije.

Vanessa inclinó la cabeza.

—¿Seguro?

Miró a Ethan.

Después me miró a mí.

Y sonrió como si acabara de encontrar algo que podía utilizar.

Dos horas más tarde estábamos en la sala de reuniones del banco.

Cinco directivos ocupaban un lado de la mesa. Vanessa estaba junto a su padre. Ethan y yo nos sentamos frente a ellos.

El presidente Cole abrió una carpeta.

—Señor Blake, su empresa debe ocho millones. En las últimas semanas ha incumplido dos condiciones del acuerdo.

—Estamos negociando inversión.

—Una inversión relacionada con la familia de su secretaria.

—Lily no intervino en nuestras conversaciones con el banco.

—Pero ocultó su identidad.

Todos me miraron.

—Mi identidad legal aparece en mi contrato —respondí—. Lily Anne Lockwood. Nadie preguntó si tenía relación con Adrian.

Ethan giró hacia mí.

—¿Tu apellido estaba en el contrato?

—Sí.

—Yo pensé que era una coincidencia.

El presidente Cole continuó:

—El problema no es únicamente el apellido. Es la percepción de que Blake & Co. se ha convertido en una extensión de Lockwood Holdings.

—No es cierto —dijo Ethan.

Vanessa cruzó las manos sobre la mesa.

—Hay una forma sencilla de resolverlo.

Su padre la miró, aunque era evidente que ya conocía la propuesta.

—Podemos extender el préstamo —dijo ella—. Dos años adicionales, intereses reducidos y una nueva línea de capital.

Ethan entrecerró los ojos.

—¿A cambio de qué?

—De una alianza formal.

—Habla con claridad.

Vanessa sonrió.

—Un acuerdo matrimonial.

El silencio fue brutal.

Yo miré a Ethan.

Él no me miró.

El presidente Cole habló como si estuviera discutiendo una fusión.

—La unión entre nuestras familias daría confianza al mercado. El banco mantendría su apoyo y la empresa sobreviviría.

—No voy a casarme por un préstamo —respondió Ethan.

Vanessa no perdió la calma.

—Entonces la deuda será exigible en treinta días.

—Eso es chantaje.

—Es una decisión comercial.

Sentí una furia fría.

—¿Así funciona su banco? —pregunté—. ¿Condiciona créditos a matrimonios?

El presidente Cole me miró con desprecio.

—Señorita Lockwood, este asunto no le concierne.

—Le concierne a cualquier accionista potencial.

—¿Es usted accionista?

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.

Adrian entró acompañado por dos abogados.

Todos se levantaron.

Todos menos yo.

Mi hermano se quitó los guantes con una tranquilidad aterradora.

—Todavía no —dijo—. Pero después de escuchar esta conversación, podría estar interesado.

El presidente Cole palideció.

—Señor Lockwood, esta es una reunión privada.

—Mi hermana está dentro. Para mí, eso la convierte en una reunión familiar.

Me miró.

—¿Estás bien?

—Perfectamente.

Ethan cerró los ojos por un instante, probablemente recordando el saco y su teoría absurda.

Adrian tomó asiento a mi lado.

—Continúen. Quiero escuchar cómo un banco propone resolver una deuda convirtiendo a un director en yerno.

Vanessa se puso rígida.

—No fue una amenaza.

—Entonces retire la condición.

Nadie habló.

Adrian dejó una carpeta sobre la mesa.

—Lockwood Holdings compró esta mañana parte de la deuda de Blake & Co.

Ethan se volvió hacia él.

—¿Qué hizo?

—Compré el tramo que el banco ofrecía en el mercado secundario.

—No le pedí ayuda.

—No lo hice por usted.

Adrian me miró.

—Lo hice porque mi hermana trabaja aquí y no permitiré que nadie utilice su empleo para obligarla a presenciar este circo.

—Adrian —dije—, te dije que no compraras la empresa.

—No compré la empresa. Compré parte de su deuda. Técnicamente, ahora tu jefe me debe dinero.

Ethan se levantó.

—No aceptaré esto.

Adrian también se puso de pie.

—No necesita aceptarlo. El contrato ya fue firmado.

Los dos hombres se miraron con una hostilidad inmediata.

Yo golpeé la mesa con la mano.

—Basta.

Todos se volvieron hacia mí.

Miré a Adrian.

—No tenías derecho a intervenir sin consultarme.

—Quería protegerte.

—No necesito que compres cada problema que aparece en mi vida.

Después miré a Ethan.

—Y usted no puede rechazar una solución solo porque viene de alguien que le cae mal.

—No quiero deberle nada.

—Ya le debía millones al banco. La diferencia es que mi hermano no le está pidiendo matrimonio.

Adrian sonrió.

—Todavía.

—Cállate.

El presidente Cole cerró la carpeta con brusquedad.

—Necesitamos revisar la nueva estructura de la deuda.

—Háganlo —respondió Adrian—. Y retiren cualquier condición personal. Mis abogados ya tienen una copia de la grabación de esta reunión.

Vanessa perdió el color.

—¿Grabación?

Adrian señaló el centro de la mesa.

—Sistema corporativo del banco. Todo queda registrado.

Por primera vez, el presidente Cole pareció asustado.

La reunión terminó veinte minutos después.

La amenaza del matrimonio desapareció.

El banco aceptó negociar.

Pero afuera del edificio, Ethan se volvió hacia mí.

—¿Sabías que Adrian compraría la deuda?

—No.

—¿Vas a permitirlo?

—Voy a obligarlo a establecer condiciones transparentes.

—No quiero que tu familia sea dueña de mi empresa.

—Entonces haz que la empresa valga lo suficiente para recomprar la deuda.

Ethan me observó en silencio.

—¿Por qué sigues ayudándome?

—Porque creo en el proyecto.

—Solo en el proyecto.

No respondí de inmediato.

Adrian estaba a unos metros, fingiendo revisar su teléfono mientras escuchaba todo.

—También creo en usted —admití.

Los ojos de Ethan cambiaron.

Se acercó.

—Lily…

—No diga nada todavía.

—¿Por qué?

—Porque ayer pensaba que era la amante de mi hermano y hoy casi aceptan casarlo con otra mujer para pagar una deuda. Necesito al menos un día normal antes de seguir esta conversación.

Una risa breve escapó de sus labios.

Era la primera vez que lo veía reír de verdad.

—Puedo intentar darte uno.

—Empiece por no acusarme de romances incestuosos.

Se cubrió el rostro con una mano.

—Nunca voy a superar eso, ¿verdad?

—Jamás.

Adrian apareció a nuestro lado.

—Me alegra que ambos estén resolviendo sus problemas. Ahora, Blake, necesito explicarle las condiciones de la deuda.

Ethan volvió a tensarse.

—No soy un niño.

—No. Los niños suelen agradecer cuando alguien les evita una quiebra.

—Adrian —advertí.

Mi hermano levantó las manos.

—Seré amable.

No le creí.

Durante las semanas siguientes, trabajamos más que nunca.

La inversión de Harris llegó después de una revisión completa del proyecto. No hubo favores ni condiciones ocultas. Su equipo confirmó que el resort podía ser rentable.

Blake & Co. obtuvo seis meses de estabilidad.

Ethan reorganizó la empresa, vendió activos innecesarios y renegoció contratos. Yo dejé oficialmente el puesto de secretaria y asumí la dirección de estrategia.

No porque fuera una Lockwood.

Porque había diseñado buena parte del plan que estaba salvando la compañía.

La noticia sobre mi supuesto romance con Adrian desapareció cuando mi familia emitió un comunicado breve:

“Lily Lockwood es la hermana menor del presidente de Lockwood Holdings.”

La ciudad entera se rio del malentendido.

Ethan no.

Cada vez que alguien mencionaba el titular, se ponía rojo.

Una noche, después de revisar proyecciones hasta tarde, encontré una caja sobre mi escritorio.

Dentro había un saco negro.

—¿Qué es esto? —pregunté.

Ethan estaba apoyado en la puerta.

—Un reemplazo.

—¿Para qué?

—Para que la próxima vez que tengas frío no necesites aceptar el saco de otro hombre.

Lo miré.

—Adrian sigue siendo mi hermano.

—Lo sé.

—Y esto sigue pareciendo celos.

—También lo sé.

Se acercó lentamente.

—He tenido tiempo para pensar.

—Eso suele ser peligroso.

—Pensé que eras una secretaria que necesitaba proteger su empleo. Después creí que eras la amante de un millonario. Luego descubrí que eras heredera de una familia capaz de comprar mi deuda antes del desayuno.

—Una semana complicada.

—Pero ninguna de esas cosas explica por qué te quedaste.

—Ya te dije que creo en la empresa.

—No estoy preguntando por la empresa.

Su voz bajó.

—Estoy preguntando por mí.

El silencio llenó la oficina.

Podía escuchar la lluvia golpeando los cristales.

Tomé el saco de la caja y me lo puse sobre los hombros.

—Tal vez también creo un poco en usted.

Ethan sonrió.

—¿Eso es todo?

—Por ahora.

—Puedo trabajar con eso.

Dio un paso atrás, respetando la distancia.

Y por primera vez desde la gala, no hubo malentendidos entre nosotros.

Solo algo nuevo.

Algo lento, incómodo y peligrosamente sincero.

Meses después, Blake & Co. cerró el acuerdo definitivo para construir el resort.

La empresa dejó de estar al borde del colapso.

Ethan recompró la primera parte de la deuda que Adrian había adquirido y dejó el comprobante sobre mi escritorio.

—Dile a tu hermano que pronto dejaré de deberle dinero.

—Puedes decírselo tú.

—Prefiero enfrentarme a diez bancos.

—Le caes bien.

—Eso es lo que más miedo me da.

Esa misma tarde, Adrian entró sin avisar.

Vio el saco de Ethan sobre mis hombros.

Después miró a mi jefe.

—Blake.

—Lockwood.

—Ese saco es suyo.

—Sí.

Adrian cruzó los brazos.

—Interesante.

—No empieces —le advertí.

Mi hermano sonrió.

—Solo quiero saber cuánto tiempo llevan juntos.

Ethan y yo nos miramos.

Luego ambos comenzamos a reír.

Porque meses atrás aquella pregunta casi había destruido todo.

Ahora, por fin, tenía una respuesta.

No mucho tiempo.

Pero sí el suficiente para que Ethan comprendiera que yo nunca había sido la amante de Adrian Lockwood.

Era su hermana.

Su socia.

Y la mujer que había decidido quedarse cuando todos los demás pensaban que su empresa ya estaba perdida.

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