PARTE 2: EL APELLIDO OCULTO

Elena todavía tenía la garganta seca por la anestesia cuando Ignacio colocó la carpeta sobre la mesa.

Durante unos segundos no quiso abrirla.

No porque tuviera miedo de la verdad.

Sino porque estaba cansada de descubrir que las personas a las que había amado llevaban años construyendo una vida sobre mentiras.

—¿Qué encontraste? —preguntó.

Ignacio miró hacia la puerta de la habitación.

Se aseguró de que nadie estuviera escuchando.

—Hice una revisión completa antes de ejecutar las medidas legales contra Javier. Pensé que era simplemente un caso de infidelidad y aprovechamiento económico.

Abrió la carpeta.

—No lo es.

Elena frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Ignacio sacó varios documentos.

El primero era un informe del registro civil.

El segundo, un informe médico.

El tercero…

Una prueba de filiación.

Elena dejó de respirar.

—¿Hugo?

Ignacio asintió.

—El niño que Javier presenta como su hijo tiene un problema.

Pasó la página.

—No coincide con la identidad familiar que él cree.

Elena miró el documento.

Nombre del menor:

Hugo Soria Molina.

Padre declarado:

Javier Molina.

Madre:

Marta Soria.

Pero debajo había una anotación del laboratorio.

“Resultados incompatibles con la línea genética paterna declarada”.

—¿Me estás diciendo que Javier no es su padre?

—Exactamente.

Elena cerró los ojos.

Por primera vez desde que había entrado al hospital sintió algo parecido a alivio.

No por Javier.

Sino porque aquella mentira tampoco le pertenecía.

—Entonces, ¿quién es el padre?

Ignacio sacó otro documento.

—Eso fue lo más extraño.

Le entregó una fotografía.

Un hombre.

Elena lo reconoció inmediatamente.

No porque lo conociera personalmente.

Sino porque había visto ese rostro muchas veces en periódicos financieros.

Un empresario.

Un apellido poderoso.

Un hombre que llevaba años enfrentado públicamente con la familia Valdés.

—No puede ser…

Ignacio asintió lentamente.

—El padre biológico de Hugo es Álvaro Soria.

Elena levantó la mirada.

—¿El hermano de Marta?

—Sí.

Silencio.

Marta había presentado al bebé como fruto de una relación secreta con Javier.

Pero la realidad era mucho más complicada.

Hugo no era el heredero de Javier.

Ni siquiera llevaba su sangre.


Tres días después, Elena salió de la clínica.

Javier apareció esa misma tarde.

No llegó solo.

Marta estaba con él.

Y llevaba a Hugo en brazos.

Elena los observó desde la entrada de su apartamento.

Era curioso.

Durante años había imaginado ese momento.

Había pensado que sentiría dolor.

Rabia.

Deseo de reclamar explicaciones.

Pero no sintió nada.

Solo vio a tres personas que ya no formaban parte de su vida.

Javier sonrió.

—Me alegra verte mejor.

Elena lo miró.

—¿Por qué estás aquí?

Su expresión cambió.

—Tenemos que hablar del divorcio.

—Ya firmaste.

—Sí, pero hay asuntos pendientes.

Marta dio un paso adelante.

—Elena, no queremos problemas.

Elena casi sonrió.

—¿Problemas?

Miró al bebé.

—Hace una semana pensaban que yo iba a morir y estaban preparando mi reemplazo.

Javier apretó la mandíbula.

—No dramatices.

—¿No?

Elena señaló la carpeta que llevaba Ignacio.

—Entonces hablemos de Hugo.

La sonrisa de Javier desapareció.

Marta palideció.

—¿Qué sabes?

—Sé que no eres la mujer que dijiste ser.

Silencio.

—Sé que Javier no es el padre de ese niño.

El rostro de Javier cambió lentamente.

Primero confusión.

Después miedo.

—Eso es imposible.

Ignacio abrió la carpeta.

—La prueba genética ya está verificada.

Javier miró a Marta.

—¿Es verdad?

Ella no respondió.

Y ese silencio fue suficiente.


La discusión que siguió fue corta.

Porque por primera vez Javier no tenía una explicación preparada.

No podía culpar a Elena.

No podía decir que ella era fría.

No podía decir que ella había destruido la familia.

Porque la familia que defendía nunca había existido.

Antes de irse, Javier la miró.

—¿Desde cuándo sabías que tenías todo ese dinero?

Elena lo observó con cansancio.

—Desde siempre.

—Entonces me dejaste creer que yo te mantenía.

—No.

Hizo una pausa.

—Te dejé creer que éramos iguales.

Javier bajó la mirada.

Aquella frase le dolió más que cualquier insulto.


Una semana después, Elena recibió una llamada inesperada.

Era del hospital.

—Doctora Valdés, necesitamos informarle de algo relacionado con su historial médico.

Su corazón se aceleró.

—¿Qué ocurre?

La voz al otro lado dudó.

—Durante la revisión de sus pruebas previas encontramos una anomalía.

Elena se quedó quieta.

—¿Qué anomalía?

—El tumor que tenía no apareció de manera natural.

Silencio.

—¿Está diciendo que alguien lo provocó?

La mujer respiró profundamente.

—Encontramos restos de una sustancia que no debería estar presente.

Elena miró la ventana de su despacho.

La operación.

El divorcio.

La traición.

Todo había ocurrido demasiado perfectamente.

Entonces recordó una frase de Javier antes de entrar al quirófano:

“Si la operación sale mal…”

No había sido una frase al azar.

Había sido una posibilidad que él ya había contemplado.

Elena apretó el teléfono.

—Necesito el informe completo.

—¿Por qué?

Su voz se volvió fría.

—Porque si alguien intentó matarme para quedarse con mi vida…

Hizo una pausa.

—Ahora voy a descubrir quién fue.

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