El estruendo de la bandeja hizo que todo el pasillo mirara hacia la habitación.
Ninguno de los tres habló.
Nathan fue el primero en reaccionar.
Tomó mi mano con rapidez.
—Ese anillo…
Hizo una pausa.
—Era de nuestra madre.
Te lo presté para que no te sintieras insegura después del accidente.
Lo miré fijamente.
Casi sonreí.
Era un buen mentiroso.
Pero nunca había improvisado tan mal.
Porque el interior del anillo llevaba grabadas nuestras iniciales.
N.H. & E.H.
Y la fecha exacta de nuestra boda.
La enfermera recogió la bandeja apresuradamente.
Antes de irse, lanzó una mirada extraña hacia Nathan.
Como si acabara de presenciar algo que no tenía sentido.
Yo bajé la cabeza.
—Perdón…
Supongo que todavía estoy confundida.
Nathan soltó el aire lentamente.
Había vuelto a creer que mi amnesia seguía intacta.
Perfecto.
Eso era exactamente lo que necesitaba.
Esa misma tarde fingí quedarme dormida.
Esperé hasta escuchar cómo Nathan abandonaba la habitación.
Cinco minutos después salí descalza al pasillo.
La estación de enfermería estaba casi vacía.
La misma enfermera de la bandeja seguía escribiendo frente a un ordenador.
Me acerqué despacio.
—Disculpe…
Ella levantó la vista.
—¿Se encuentra bien?
Asentí.
Después señalé discretamente hacia el pasillo.
—La mujer de la habitación 1208…
¿Entró al hospital antes que yo?
La enfermera dudó unos segundos.
No debía dar información.
Pero finalmente respondió.
—Sí.
Hace casi cuatro meses.
Mi corazón dio un vuelco.
Cuatro meses.
Mucho antes de mi accidente.
—¿Y mi… hermano?
La palabra casi me hizo reír.
—¿La visita con frecuencia?
La enfermera frunció el ceño.
—Prácticamente vive aquí.
Durante meses ha pasado más noches en esa habitación que en su casa.
Sentí un nudo en el estómago.
Así que no había empezado después del accidente.
Ya existía mucho antes.
Esa noche Nathan volvió con comida.
Se sentó junto a mi cama.
—¿Cómo te encuentras?
Sonreí como una niña.
—Mucho mejor.
¿Puedo ver fotos de cuando éramos pequeños?
Él se quedó inmóvil.
—¿Por qué?
—Porque quiero recordar.
No puedes negarle eso a tu hermana.
Nathan sacó lentamente el teléfono.
Comenzó a deslizar fotografías.
Había imágenes de conferencias.
De laboratorios.
De viajes académicos.
Pero ni una sola fotografía familiar.
Ni una conmigo.
Ni una boda.
Ni una luna de miel.
Como si alguien hubiera borrado años enteros de su vida.
Le devolví el teléfono.
—Qué raro.
Él fingió no entender.
—¿Qué cosa?
—Si somos hermanos tan unidos…
¿Por qué no hay ninguna foto conmigo?
Nathan cerró la pantalla.
—Cambié de teléfono hace tiempo.
Las perdí.
Otra mentira.
Porque aquel mismo teléfono era el que le había regalado yo en nuestro segundo aniversario.
Todavía llevaba una pequeña marca en la esquina inferior derecha causada cuando Noah, el perro de nuestros vecinos, lo hizo caer al jardín.
Yo conocía ese teléfono mejor que él.
Esperé a que saliera nuevamente.
Esta vez fui hasta administración.
—Necesito una copia de mi expediente.
La recepcionista sonrió.
—Por supuesto, señora Hale.
Me congelé.
—¿Qué dijo?
—Señora Hale.
Es el apellido registrado en su ingreso.
Bajé la mirada hacia el monitor.
Antes de que la empleada pudiera cerrar la pantalla, alcancé a leer claramente los datos.
Paciente: Evelyn Hale.
Contacto principal: Esposo.
Nombre: Nathan Hale.
No decía hermano.
Decía esposo.
La recepcionista imprimió el documento.
—Aquí tiene.
Lo guardé sin decir una palabra.
Cuando regresé a mi habitación, Nathan ya estaba esperándome.
Tenía el rostro más serio que nunca.
—¿Dónde estabas?
Sonreí con inocencia.
—Fui a caminar.
¿Los hermanos también tienen que pedir permiso?

Él no respondió.
Solo observó el sobre que llevaba en la mano.
Había visto demasiado.
Y por primera vez desde que comenzó aquella mentira…
…Nathan empezó a sospechar que la única persona que seguía actuando en ese hospital ya no era él.