Mariana dio un paso atrás.
El aire dejó de entrar en sus pulmones.
Sus ojos permanecían clavados en aquel anillo.
No había duda.
Ella misma lo había mandado grabar el día de su quinto aniversario de bodas.
En el interior podía leerse una sola frase:
“Hasta el último amanecer”.
Nadie más conocía esa inscripción.
—¿De… dónde lo sacó?
La anciana no respondió enseguida.
Miró primero a Emiliano, que seguía cargando a su hermana medio dormida.
Luego observó el vientre de Mariana.
—Entren.
La mujer abrió la puerta de la cabaña.
El interior era humilde.
Un fogón de leña.
Dos camas antiguas.
Hierbas colgadas del techo.
Y una mesa de madera marcada por los años.
La anciana sirvió agua fresca en tres vasos.
Los niños bebieron con desesperación.
Mariana apenas podía sostener el suyo.
Seguía mirando el anillo.
—Dígame la verdad.
La anciana dejó el anillo sobre la mesa.
—Me llamo Jacinta.
Hace cuarenta años fui partera de este pueblo.
También fui quien recibió a Rodrigo cuando nació.
Mariana sintió un escalofrío.
—Entonces usted lo conocía.
—Desde antes de que caminara.
Jacinta respiró lentamente.
—Y precisamente por eso sé que nunca estuvo dentro de ese ataúd.
El silencio cayó sobre la cabaña.
Mariana negó con fuerza.
—Yo estuve en el funeral.
Todo el pueblo estuvo.
Lo enterramos.
Jacinta levantó la vista.
—¿Viste su rostro?
Mariana recordó aquel día.
El ataúd permaneció cerrado.
El médico dijo que el accidente había dejado el cuerpo irreconocible.
Nadie insistió en abrirlo.
Don Aurelio aseguró que era mejor conservar el último recuerdo que todos tenían de Rodrigo.
Las piernas comenzaron a fallarle.
Se dejó caer sobre una silla.
—No…
Jacinta abrió un viejo cajón.
Sacó un pañuelo de manta.
Dentro había un reloj de bolsillo roto.
Una hebilla de cinturón.
Y una pequeña fotografía.
Rodrigo aparecía sonriendo junto a un río.
Era una imagen que Mariana nunca había visto.
—¿Qué es todo esto?
—Las cosas que él dejó aquí.
Mariana levantó bruscamente la cabeza.
—¿Aquí?
Jacinta asintió.
—La noche antes del supuesto accidente vino a buscarme.
Estaba herido.
Asustado.
Y repetía una sola frase.
La anciana cerró los ojos un instante, como si todavía pudiera escucharlo.
—”Si me encuentran, nos matarán a todos.”
Mariana sintió que el corazón golpeaba con fuerza.
—¿Quién?
Jacinta guardó silencio.
Miró hacia la ventana.
Como asegurándose de que nadie estuviera escuchando.
Después respondió muy despacio.
—Don Aurelio.
Los niños dejaron de hablar.
Hasta el viento parecía haberse detenido.
—Eso es imposible.
Don Aurelio organizó el entierro.
Pagó todo.
Jacinta soltó una risa amarga.
—Precisamente.
Porque un hombre que controla el entierro…
También controla lo que nadie puede comprobar.
Mariana apretó el borde de la mesa.
—Entonces…
¿Dónde está Rodrigo?
Jacinta negó lentamente.
—Eso no lo sé.
La última vez que lo vi fue antes del amanecer.
Me pidió que escondiera este anillo.
Dijo que, si algún día una mujer embarazada llegaba hasta esta cabaña preguntando por él…
Se lo entregara.
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Mariana.
—¿Sabía que estaba embarazada?
Jacinta sonrió con tristeza.
—Lo sabía.
Y también sabía que jamás alcanzaría a conocer a ese bebé.
Mariana sintió un dolor agudo en el vientre.
Instintivamente colocó ambas manos sobre su embarazo.
El bebé volvió a moverse.
Respiró aliviada.
Entonces Jacinta abrió una vieja caja de madera.
Dentro había un sobre amarillento.
En la portada solo aparecía un nombre.
Mariana.
La letra era de Rodrigo.
Ella la habría reconocido entre mil.
Temblando, rompió el sello.
La primera línea hizo que el mundo volviera a detenerse.
“Si estás leyendo esta carta, significa que Don Aurelio ya consiguió quedarse con la casa… exactamente como yo sabía que intentaría hacerlo.”
Mariana sintió que las manos le temblaban sin control.
Pero antes de seguir leyendo, escuchó el ruido de varios motores acercándose por el camino de la sierra.
Jacinta apagó de inmediato la lámpara de petróleo.
Su rostro perdió todo color.
Se acercó a la ventana apenas unos centímetros.

Y susurró con una voz cargada de miedo:
—Llegaron demasiado pronto…
Los hombres de Don Aurelio ya encontraron la cabaña.