PARTE 2: EL ANILLO EQUIVOCADO

Cuando el avión despegó, apagué el teléfono sin leer un solo mensaje.

No lloré.

Cinco años antes habría pasado todo el vuelo preguntándome en qué había fallado.

Ahora solo miraba por la ventanilla mientras las luces de la ciudad desaparecían bajo las nubes.

Por primera vez en mucho tiempo…

Elegía mi propia felicidad antes que las prioridades de Adrián.


Llegué a Helsinki dos días después.

El aire helado me golpeó el rostro apenas crucé la terminal.

El conductor enviado por la cabaña me esperaba con un cartel que llevaba mi nombre.

—¿Viaja sola, señorita Clara?

Sonreí.

—Sí.

Era la primera vez que aquella palabra no me dolía.

Durante el trayecto atravesamos bosques cubiertos de nieve y lagos completamente congelados.

Cuando llegamos a la cabaña de cristal, el gerente salió personalmente a recibirme.

—Qué alegría volver a verla.

Fruncí el ceño.

—Es la primera vez que vengo.

El hombre pareció confundido.

—¿No estuvo aquí su prometido hace tres semanas?

Mi sonrisa desapareció.

—¿Perdón?

—El señor Adrián vino para revisar personalmente la decoración.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué decoración?

El gerente sonrió sin notar mi expresión.

—La propuesta de matrimonio.

Todo mi cuerpo se quedó inmóvil.

Él continuó hablando con absoluta naturalidad.

—Pidió flores blancas, un violinista y un fotógrafo escondido entre los árboles.

Incluso eligió el punto exacto donde aparecería la aurora para arrodillarse.

Mi respiración comenzó a acelerarse.

Entonces…

Sí pensaba proponerme matrimonio.

¿Por qué cambiar todo a última hora?

El gerente abrió una carpeta.

—También dejó este diseño del anillo para confirmar la talla.

Sacó una fotografía.

Era exactamente el anillo que siempre había imaginado.

Platino.

Un pequeño zafiro rodeado de diamantes.

Lo reconocí al instante.

Porque yo misma se lo había enseñado hacía ocho meses.

El gerente volvió a guardar la imagen.

—Todo estaba listo para ustedes.

Bajé lentamente la mirada.

Durante unos segundos sentí que quizá había interpretado todo mal.

Tal vez…

Tal vez realmente pensaba pedirme matrimonio.

Entonces el gerente hizo una última pregunta.

—Por cierto…

Levantó otra hoja.

—¿Finalmente cambiaron el nombre de la destinataria?

Mi corazón dejó de latir durante un instante.

—¿Qué nombre?

Él consultó la reserva.

—Aquí aparece una solicitud enviada hace cuatro días.

Giró la pantalla hacia mí.

En el apartado “Persona que recibirá la propuesta” aparecía escrito un nombre.

No era el mío.

Valeria Torres.

Sentí que el frío atravesaba incluso el abrigo.

El gerente dejó de sonreír.

—¿Ocurre algo?

No respondí.

Seguía mirando aquella pantalla.

Debajo aparecía otro comentario escrito por Adrián.

“Ella siempre ha amado la aurora boreal. Después de todo lo que hemos pasado juntos, merece que este momento sea perfecto.”

No hablaba de mí.

Jamás hablaba de mí.

Cinco años.

Cinco aniversarios.

Cinco cumpleaños.

Siempre creyendo que algún día sería yo la prioridad.

Pero el viaje nunca fue para nosotros.

Solo necesitaba que yo pagara la reserva.

Cuando encontró la oportunidad…

Simplemente sustituyó mi nombre por el de la mujer que realmente quería llevar allí.

Respiré hondo.

—¿Puedo ver el resto de la solicitud?

El gerente dudó unos segundos.

Después asintió.

Abrió el archivo completo.

Había varias conversaciones por correo electrónico.

Una de ellas llamó inmediatamente mi atención.

“Necesito cambiar el nombre de la huésped principal. Mi prometida no podrá asistir.”

Prometida.

No novia.

No pareja.

Prometida.

Solo que el nombre que aparecía debajo era…

Valeria Torres.

Ni siquiera había intentado ocultarlo.

Llevaba meses llamándola así.

El gerente empezó a comprender lo que estaba ocurriendo.

—Señorita…

Levanté una mano.

—Estoy bien.

Era mentira.

Pero ya no pensaba derrumbarme delante de nadie.

Entonces sonó mi teléfono.

Había vuelto a encenderlo hacía apenas unos minutos.

Más de ciento cincuenta llamadas perdidas.

Decenas de mensajes.

Todos de Adrián.

El último acababa de llegar.

“Clara, necesito hablar contigo. Todo salió mal. Valeria encontró algo que nunca debió ver.”

Antes de que pudiera abrirlo, entró una nueva notificación.

Era una fotografía enviada por un número desconocido.

La abrí.

Mostraba un joyero de terciopelo azul.

Dentro estaba el mismo anillo del diseño.

Solo que llevaba una pequeña tarjeta escrita a mano.

“Para Valeria. Gracias por esperarme todos estos años.”

Debajo aparecía la fecha.

Había sido tomada…

Dos semanas antes de nuestro aniversario.

Y, por primera vez desde que crucé la puerta de embarque…

Comprendí que Adrián nunca había dudado entre las dos.

La única duda que tuvo fue cuánto tiempo más podría seguir utilizándome antes de marcharse definitivamente con ella.

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