La habitación quedó en silencio.
Santiago dejó de intentar convencerme.
Eso fue lo que más miedo me dio.
—Laura, abre la puerta —dijo mi padre desde el pasillo.
—Estoy bien, papá.
No quería que entrara todavía.
Beatriz seguía junto a la cerradura.
—Dame la llave.
—No voy a entregarte nada hasta que firmes.
Sonreí.
—Entonces tampoco habrá boda.
Por primera vez, Mauricio levantó la cabeza.
—Señorita Méndez, piense bien lo que está haciendo.
—Ya pensé demasiado.
Tomé el fragmento del anexo y lo levanté frente a Santiago.
—¿Qué significa este número?
No respondió.
—Santiago.
Sus ojos bajaron.
—Es información médica confidencial.
—Mi información médica.
Silencio.
Entonces Camila gritó desde el pasillo:
—¡Laura, encontré algo más!
Beatriz abrió la puerta de golpe.
Camila estaba sosteniendo una carpeta blanca.
—Estaba dentro del despacho del señor Paredes.
Mauricio se puso pálido.
—Eso no le pertenece.
Camila retrocedió.
—Entonces explícame por qué tiene el nombre completo de Laura.
Tomé la carpeta.
Dentro había copias de mis análisis de fertilidad, informes médicos y documentos que jamás había autorizado compartir.
Pero había algo peor.
Una hoja llevaba mi nombre y una fecha futura.
Debajo aparecía una frase:
“En caso de embarazo, la gestación deberá ser evaluada y autorizada por el Comité Familiar.”
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Qué significa esto?
Santiago cerró los ojos.
—Laura…
—No.
Retrocedí.
—No me digas que es una formalidad.
Beatriz se acercó.
—La familia Alcázar tiene obligaciones patrimoniales. Un heredero cambia muchas cosas.
—¿Y quién decide sobre ese heredero?
Nadie contestó.
Entonces escuché un ruido detrás de mí.
Mi padre había abierto la puerta del pasillo.
—¿Qué está pasando aquí?
Beatriz intentó esconder la carpeta.
Demasiado tarde.
Mi padre vio la primera página.
Después vio mi rostro.
—Laura… ¿qué quieren que firmes?
No respondí.
Porque en ese momento mi teléfono volvió a vibrar.
Era la doctora Verónica.
Contesté en altavoz.
—Laura —dijo con voz urgente—, acabo de recibir confirmación de que alguien solicitó tu expediente completo esta mañana.
Me quedé inmóvil.
—¿Quién?
La doctora guardó silencio unos segundos.
—El despacho jurídico de los Alcázar.
Miré a Santiago.
Él ya no parecía mi prometido.
Parecía un hombre atrapado.
—¿Por qué?
La doctora respiró profundamente.
—Porque encontraron algo en tus análisis que tú todavía no sabes.

Mi mano fue directamente a mi vientre.
—¿Qué encontraron?
Antes de que pudiera responder, Santiago susurró:
—Laura, por favor…
Y entonces entendí que él ya conocía la respuesta.