No me moví.
Ni un solo centímetro.
El corazón me golpeaba tan fuerte que estaba convencida de que Patricia podía escucharlo desde el otro lado de la habitación.
Apreté el teléfono contra mi pecho.
Por costumbre, antes de esconderme debajo de la cama había activado la grabación de video para capturar la supuesta broma que quería hacerle a Alejandro.
La cámara seguía grabando.
Cada palabra.
Cada risa.
Cada plan.
—¿Y Daniela? —preguntó Patricia mirando hacia el espejo mientras retocaba su labial—. Ya puedes subir.
Segundos después volvieron a abrir la puerta.
Esta vez entró una mujer alta, de vestido rojo y perfume intenso.
No tardé en reconocerla.
Era Daniela Cárdenas.
La exnovia de Alejandro.
La misma de la que él siempre decía que era “parte del pasado”.
Daniela sonrió con suficiencia.
—¿La novia sigue aquí?
—Debe estar encerrada en el baño creyéndose la mujer más feliz del mundo.
Las dos rieron.
Sentí que el estómago se me revolvía.
Daniela apoyó una mano sobre su abdomen.
Fue entonces cuando noté el pequeño vientre que ocultaba bajo el vestido.
—Dentro de unos meses Alejandro por fin tendrá al hijo que merece.
Patricia le acarició el brazo.
—Y cuando todo termine, nadie recordará siquiera el nombre de Valeria.
Mi respiración se volvió lenta.
No podía permitirme llorar.
Necesitaba pensar.
Daniela abrió una carpeta beige que llevaba bajo el brazo.
—Aquí están los documentos.
Patricia comenzó a revisarlos.
—Excelente. Poder notarial… autorización bancaria… contrato del departamento…
Frunció el ceño.
—Solo falta una firma.
Daniela sonrió.
—Alejandro dijo que mañana será muy fácil conseguirla.
—Después del viaje de luna de miel ella firmará lo que sea. Está completamente enamorada.
Las dos volvieron a reír.
En ese instante sonó otro teléfono.
Patricia respondió de inmediato.
—¿Ya subes?
Era Alejandro.
—Sí. Dame dos minutos.
—Perfecto. Ella debe estar esperándome.
—No te preocupes. Ya nos vamos.
Patricia colgó.
Daniela caminó hacia la puerta.
Antes de salir dijo algo que hizo que la sangre se me helara.
—Cuando todo esté a nuestro nombre, podrán pedir el divorcio.
Patricia negó lentamente.
—No.
—¿No?
—Un divorcio cuesta dinero… una viuda inspira compasión.
El silencio que siguió fue insoportable.
Daniela no pareció sorprenderse.
Solo preguntó en voz baja:
—¿Estás segura de que él será capaz?
Patricia sonrió.
—Por un patrimonio de cientos de millones… la gente hace cosas mucho peores.
Las dos abandonaron la habitación.
La puerta volvió a cerrarse.
Permanecí inmóvil durante casi un minuto entero.
Solo entonces salí lentamente de debajo de la cama.
Tenía el vestido cubierto de polvo.
Las manos me temblaban.
Pero la grabación seguía funcionando.
Revisé el video.
Se escuchaba todo con absoluta claridad.
Las voces.
Los nombres.
Los documentos.
Las amenazas.
Y entonces sonó mi teléfono.
En la pantalla apareció un nombre que casi nunca llamaba.
Papá.
Contesté.
—¿Cómo va la boda, hija?
Miré mi reflejo en el espejo.
La novia feliz había desaparecido.
En su lugar había una mujer que acababa de descubrir la verdad.
Respiré hondo.
—Papá…
Hubo un breve silencio.
—Necesito que actives el protocolo familiar.
Del otro lado de la línea, Ricardo Mendoza Villarreal dejó de hablar durante unos segundos.
Cuando respondió, su voz ya no era la de un padre preocupado.
Era la del empresario que llevaba treinta años enfrentándose a quienes confundían la ambición con inteligencia.
—¿Quién intentó tocar a mi hija?
Miré la puerta por donde Alejandro estaba a punto de entrar.
Apreté el teléfono con fuerza.
Y sonreí por primera vez en toda la noche.
—Toda la familia de mi esposo.
—Entendido.
La llamada terminó.
Treinta segundos después, el celular vibró de nuevo.

Solo había un mensaje.
“Nadie sale del hotel hasta que yo llegue.”