Remedios cerró la carpeta sin mostrar la menor expresión.
Ni miedo.
Ni sorpresa.
Solo una calma que desconcertó a los tres hombres.
—¿Ya terminaron? —preguntó.
Fabián frunció el ceño.
—Tía, esto es por su bien.
—La doctora certificó que usted ya no puede administrar sola su patrimonio.
Uno de los hombres de traje sonrió con cortesía ensayada.
—La empresa minera está dispuesta a pagar un precio muy justo por La Cañada. Así podrá pasar sus últimos años tranquila.
Remedios levantó lentamente la vista.
—Qué extraño.
Los tres guardaron silencio.
—Durante catorce años nadie quiso comprar este rancho.
»Ahora llevo apenas cinco meses aquí… y de repente todos lo quieren.
Ninguno respondió.
Ella les devolvió la carpeta.
—No vendo.
El abogado respiró hondo.
—Piénselo bien.
—Ya lo hice.
—Entonces tendrá que asumir las consecuencias.
Remedios sostuvo su mirada durante varios segundos.
—Eso mismo les dijeron a los otros cinco dueños… ¿verdad?
Los dos hombres intercambiaron una mirada casi imperceptible.
Fue suficiente.
Remedios ya tenía la respuesta.
Aquella misma tarde caminó hasta el arroyo con una cubeta de vidrio limpia.
No tomó agua de la superficie.
Esperó.
Sabía que al caer la tarde la corriente cambiaba.
Y ocurrió exactamente igual que los días anteriores.
Durante unos minutos, el agua adquirió un tono rojizo muy tenue.
Después volvió a verse cristalina.
Llenó tres frascos distintos.
Uno al amanecer.
Otro al mediodía.
Y el tercero durante aquella extraña coloración.
Los escondió bajo una tabla suelta del piso de la cocina.
Si alguien registraba la casa, no los encontraría fácilmente.
Esa noche no pudo dormir.
A las dos de la madrugada escuchó un motor.
Después otro.
Se acercó despacio a la ventana sin encender ninguna luz.
Dos camionetas avanzaban lentamente por el camino del arroyo.
No llevaban logotipos.
Solo focos apagados.
Los vehículos se detuvieron unos minutos junto al cauce.
Tres hombres descendieron con botas altas.
Arrastraban varias mangueras negras.
Remedios observó cómo abrían una compuerta metálica escondida entre los matorrales.
Un líquido espeso comenzó a descender hacia el agua.
El olor metálico llegó hasta la casa.
Ella sintió un escalofrío.
No era una filtración natural.
Alguien vertía residuos deliberadamente durante la madrugada.
Esperó hasta que las camionetas desaparecieron.
Solo entonces salió.
La tierra todavía estaba húmeda.
Con una pequeña pala tomó muestras del barro oscuro y las guardó en bolsas herméticas que aún conservaba de los medicamentos de su difunto esposo.
Mientras trabajaba, escuchó un clic.
Se quedó inmóvil.
Giró lentamente la cabeza.
Había una cámara nueva instalada sobre un poste.
Apuntaba directamente hacia su casa.
No estaba allí el día anterior.
Alguien la vigilaba.
A la mañana siguiente, Fabián apareció sonriendo como si nada hubiera ocurrido.
Traía pan dulce y café.
—¿Cómo amaneció, tía?
Remedios fingió cansancio.
—Muy confundida.
Los ojos de Fabián brillaron.
—¿Sí?
—Anoche escuché voces.
Y creo que hasta vi personas caminando por el arroyo.
Fabián soltó una risa.
—Ya ve.
Eso mismo les pasaba a todos antes de morir.
Remedios bajó la mirada para ocultar su sonrisa.
Acababa de confirmar algo importante.
Él necesitaba que todos creyeran que las víctimas empezaban a perder la razón.
Era parte de la historia.
Parte de la maldición.
Cuando Fabián se marchó, ella tomó un viejo teléfono que casi nunca utilizaba.
Marcó un número escrito desde hacía años en una libreta.
Al tercer tono contestó una voz masculina.
—Laboratorio Estatal de Salud Ambiental.
Remedios habló despacio.
—Buenos días.

Necesito analizar unas muestras de agua.
Y quiero que nadie en Santa Rosalía se entere.
Porque si descubren que las envié…
…creo que intentaré convertirme en la sexta dueña que nunca alcanza a cumplir un año.