Eduardo sintió que el mundo dejaba de tener sentido.
—¿Qué acaba de decir?
Lucía respiró hondo.
—No afirmé que sea su hermano. Dije que podría serlo. Y antes de que suba a enfrentarlos, necesita conocer toda la verdad.
Desde el segundo piso volvieron a escucharse risas.
Cada carcajada era como una cuchillada.
Eduardo apretó los puños.
—Mi esposa está arriba con mi mejor amigo.
—Lo sé.
—¡Y usted quiere que espere!
Lucía sostuvo su mirada.
—Si sube ahora, solo descubrirá una infidelidad.
Hizo una pausa.
—Si espera cinco minutos, descubrirá quién lleva años robándole su vida.
Aquellas palabras lograron detenerlo.
Lucía extendió sobre la mesa varios documentos cuidadosamente protegidos en fundas transparentes.
El primero era un antiguo certificado de nacimiento.
La madre figuraba como Marisol Herrera.
El nombre del padre aparecía en blanco.
—Mi hermana nunca quiso demandar a Ramiro Mendoza —explicó Lucía—. Solo quería que reconociera al niño.
Eduardo observó la fecha.
Treinta años atrás.
Exactamente un año antes de que él naciera.
—Mi padre jamás habló de esto.
—Porque alguien se aseguró de que nunca pudiera hacerlo.
Lucía sacó una carta amarillenta.
Estaba dirigida a Ramiro Mendoza.
Nunca había sido abierta.
El remitente era Marisol.
—La encontré entre las pertenencias de mi hermana cuando murió.
Eduardo leyó las primeras líneas.
“Ramiro, nuestro hijo ya pregunta por su papá…”
Tuvo que detenerse.
La garganta se le cerró.
—¿Qué ocurrió con ellos?
—Marisol enfermó poco después.
Antes de morir me hizo prometer que algún día averiguaría si los Mendoza sabían que ese niño existía.
Por eso acepté trabajar aquí.
No para vengarme.
Para encontrar respuestas.
Eduardo levantó lentamente la vista.
—¿Y las encontró?
Lucía asintió.
—Sí.
Pero las respuestas no eran las que esperaba.
Sacó un segundo sobre.
Dentro había estados financieros de la empresa.
Transferencias.
Empresas proveedoras.
Firmas.
Todo llevaba el nombre de Mateo Salazar.
—Durante los últimos cuatro años ha creado compañías fantasma para desviar dinero.
Eduardo revisó las cifras.
Millones de pesos salían discretamente cada trimestre.
Cantidades pequeñas para una empresa tan grande.
Imposibles de notar a simple vista.
Pero constantes.
Perfectamente calculadas.
—¿Cómo obtuvo esto?
—Mientras limpiaba la oficina vi documentos que nadie imaginaba que una empleada pudiera entender.
Los fotografié.
Después pedí ayuda a un contador retirado que fue vecino de mi hermana.
Confirmó todas mis sospechas.
Eduardo sintió un escalofrío.
Mateo no solo estaba acostándose con su esposa.
También llevaba años saqueando la empresa familiar.
Entonces recordó algo.
—¿Por qué dijo que Mateo podría ser mi hermano?
Lucía permaneció en silencio unos segundos.
—Porque hace dos meses encontré una caja escondida en el antiguo despacho de su padre.
Dentro había una libreta.
Ramiro escribió que, antes de poder buscar a Marisol y al niño, alguien le aseguró que ambos habían desaparecido del país.
Eduardo frunció el ceño.
—¿Quién le dijo eso?
Lucía respondió con voz apenas audible.
—El padre de Mateo.
El silencio llenó la cocina.
Eduardo sintió un frío recorrerle la espalda.
El padre de Mateo había sido durante décadas el abogado y hombre de máxima confianza de Ramiro Mendoza.
Conocía todos sus secretos.
Todas sus cuentas.
Toda su vida.
—¿Está diciendo que él ocultó la existencia de ese hijo?
—No tengo pruebas suficientes.
Solo indicios.
Pero hay algo que sí sé.
Lucía tomó el último documento.
Era un recibo de un laboratorio privado.
Fecha: tres semanas atrás.
Prueba solicitada:
Análisis de parentesco genético.
Solicitante:
Mateo Salazar.
Resultado:
Pendiente de entrega.
Eduardo levantó la vista de golpe.
—¿Mateo ya sospechaba?
—Eso parece.
Y si realmente es hijo de Ramiro Mendoza…
No solo tendría derecho a conocer la verdad.
También tendría un poderoso motivo para acercarse a usted desde la universidad.
En ese instante sonó el teléfono de Eduardo.
Era el director jurídico del grupo Mendoza.
Contestó inmediatamente.
—Señor…
Necesitamos localizarlo.
Su esposa y el licenciado Mateo llegaron hace veinte minutos con un poder notarial.
Quieren registrar hoy mismo una modificación del consejo administrativo usando una autorización con su firma.
Eduardo quedó inmóvil.
Miró a Lucía.
Ella cerró lentamente los ojos.
—Ya comenzaron.
Pero antes de que Eduardo pudiera responder, el abogado añadió una frase que hizo que todo cambiara de nuevo.
—Hay otro problema.

El laboratorio acaba de llamar.
Dicen que hubo un error en la prueba de ADN de Mateo…
Porque el verdadero hijo biológico de Ramiro Mendoza no es la persona que todos estaban investigando.