Mariana miró el estado bancario.
—¿Usaste el dinero de nuestras hijas para Vera?
Rodrigo reaccionó de inmediato.
—¡Era una inversión!
Arturo pasó otra página.
Los retiros habían comenzado once meses antes. Después aparecían transferencias hacia una sociedad relacionada con Vera Lozano.
—Ese dinero tenía un destino específico —dijo Arturo—. La documentación ya está en manos de los abogados.
Rodrigo miró a Mariana.
—Tu padre está intentando destruirme.
—No —respondió ella—. Tú hiciste esto solo.
La policía llegó poco después para tomar declaraciones sobre lo ocurrido en el hospital. La enfermera confirmó lo que había presenciado y el centro conservó sus registros.
Arturo no dio órdenes.
No necesitaba hacerlo.
Se quedó junto a su hija mientras los procedimientos seguían su curso.
Entonces apareció Vera.
Había recibido una llamada de Rodrigo y llegó convencida de que todavía podía ayudarlo.
Pero al ver a Mariana, al bebé y a los agentes, se detuvo.
—Rodrigo me dijo que ese dinero era suyo.
Mariana la observó.
—¿Qué dinero?
Vera palideció.
Ese error fue suficiente.
Los abogados tardaron semanas en reconstruir las operaciones. Parte del dinero había financiado un negocio que Rodrigo planeaba iniciar con Vera.
Y la relación entre ambos tampoco era profesional.
Había mensajes.
Reservas.
Regalos.
Meses de conversaciones.
Mientras Rodrigo exigía un hijo varón a Mariana, estaba construyendo otra vida a escondidas y utilizando recursos destinados a sus propias hijas.
Mariana presentó el divorcio.
Rodrigo todavía intentó defenderse con una última humillación.
—Primero quiero la prueba de ADN.
—También yo —respondió Mariana.
Él sonrió, creyendo que finalmente había recuperado el control.
Se equivocó.
Cuando llegó el resultado, Mariana estaba con Arturo y sus cinco hijos.
La probabilidad de paternidad superaba el 99,9 %.
Rodrigo leyó el informe tres veces.
Después miró al bebé.
—Entonces sí es mío.
Arturo se quitó lentamente las gafas.
—Nunca hizo falta ser genetista para explicar esos ojos.
Señaló los suyos.
Azules.
Exactamente como los del niño.
Rodrigo intentó acercarse a Mariana.
—Cometí un error.
Ella retrocedió.
—No.
Le quitó el informe de las manos.
—Un error habría sido dudar y pedir una prueba.
Lo miró directamente.
—Tú me golpeaste después de dar a luz. Amenazaste con quitarme a mis hijas. Y mientras presumías de querer un heredero, vaciaste el futuro de cuatro niñas porque para ti valían menos que un hijo.
Aquello lo dejó sin respuesta.
La investigación financiera siguió su curso y los abogados trabajaron para recuperar los fondos y determinar responsabilidades. Vera desapareció de la vida de Rodrigo en cuanto comprendió la magnitud del problema.
Meses después, Mariana llevó a sus cinco hijos a visitar a Arturo.
Sofía encontró una fotografía antigua de su abuelo uniformado.
—Abuelo, ¿de verdad tenías tres estrellas?
Arturo sonrió.
—Sí.
—¿Y por qué mamá nunca nos contó?
Mariana respondió antes que él.
—Porque quería que la gente nos quisiera por quienes somos, no por el rango del abuelo.
Arturo miró a su hija.
—¿Y funcionó?
Mariana pensó en Rodrigo.
Después abrazó a sus niños.
—Sí.
Su padre pareció sorprendido.
Ella sonrió.
—Me permitió descubrir exactamente quién no lo hacía.
Rodrigo había acusado a Mariana de traición porque su hijo nació con los ojos azules de su abuelo.
**La prueba de ADN demostró que el niño siempre había sido suyo.
Los estados bancarios demostraron algo mucho peor:
él nunca había sabido valorar a los hijos que ya tenía.**