PARTE 2: EL ABOGADO YA HABÍA BLOQUEADO SUS CUENTAS

A las dos de la mañana, llamé a Daniel Mercer.

Habíamos estudiado juntos y, con los años, se había convertido en uno de los abogados litigantes más respetados de la ciudad.

Cuando escuchó mi voz, dejó de hacer preguntas innecesarias.

—Jade, dime exactamente qué pasó.

Le conté todo.

La herencia.

Los tres millones.

La agresión.

La actitud de Bruno.

Y, finalmente, algo que todavía me daba vueltas en la cabeza.

—Daniel, hay algo más. Hace meses descubrí transferencias desde nuestra cuenta conjunta hacia una empresa que pertenece al padre de Bruno.

Hubo silencio.

—¿Cuánto?

—Casi cuatrocientos mil dólares.

Daniel respiró profundamente.

—¿Tienes los estados de cuenta?

—Sí.

—Entonces no muevas nada. Yo me encargo del resto.

A las siete de la mañana, mientras yo seguía en la cama del hospital, Daniel ya había presentado varias solicitudes urgentes.

Protección de mis bienes.

Bloqueo preventivo de determinadas cuentas.

Impugnación de cualquier documento firmado bajo presión.

Y una orden para impedir que Bruno o sus padres dispusieran de mi herencia.

A las nueve y veinte, escuché voces en el pasillo.

Bruno entró acompañado de Amber e Indigo.

Mi suegra llevaba un bolso de diseñador.

Ni siquiera parecía avergonzada.

—Ya estamos aquí —dijo—. Terminemos con esto.

Indigo colocó una carpeta sobre mi cama.

—Firma.

Miré la primera página.

Era una autorización para transferir tres millones de dólares a su empresa.

Sonreí.

—No.

Amber golpeó la barandilla de mi cama.

—Después de todo lo que hemos hecho por ti, ¿así nos pagas?

—¿Lo que hicieron por mí?

Levanté lentamente la mirada.

—Me enviaron al hospital.

Bruno dio un paso adelante.

—Jade, no hagas esto más difícil.

—Ya lo hicieron ustedes.

Entonces llamaron a la puerta.

Una enfermera entró.

Llevaba un sobre sellado.

—¿Señora Jade?

—Sí.

—Su abogado dejó esto para usted.

Bruno se quedó inmóvil.

Daniel había enviado una copia de las órdenes judiciales.

La enfermera me entregó el documento.

Lo abrí lentamente.

—La casa está congelada.

Bruno palideció.

—¿Qué?

—Las cuentas conjuntas también.

Amber se levantó de golpe.

—¡Eso es imposible!

Seguí leyendo.

—Y cualquier transferencia realizada desde mi herencia sin mi autorización será investigada como posible fraude.

Indigo dejó caer la carpeta.

El silencio fue absoluto.

Pero todavía no había terminado.

Saqué mi teléfono.

—Daniel también encontró algo interesante.

Bruno me miró.

—¿Qué cosa?

Le mostré una captura de pantalla.

Eran transferencias realizadas durante los últimos cuatro años.

Pequeñas cantidades.

Luego otras más grandes.

Todas destinadas a la misma empresa.

—Pensaron que nunca revisaría las cuentas porque confiaba en mi marido.

Bruno se quedó completamente blanco.

—Jade…

—Pero no fueron solo cuatrocientos mil dólares.

Deslicé el dedo.

—Son 1,2 millones.

Amber retrocedió.

—No puede ser.

—Sí puede.

Miré a Bruno.

—Y lo más interesante es que varias transferencias se hicieron mientras yo estaba fuera del país.

Él no respondió.

Porque sabía lo que significaba.

Alguien había utilizado mis credenciales.

Y yo tenía pruebas de que no había sido yo.

Entonces mi teléfono volvió a vibrar.

Un mensaje de Daniel.

“Encontré quién autorizó las primeras transferencias.”

Leí la siguiente línea.

“Fue Bruno.”

Levanté los ojos.

Mi esposo estaba frente a mí.

Por primera vez en diez años, no parecía arrogante.

Parecía aterrorizado.

Y entonces llegó el último mensaje:

“Pero hay algo mucho peor. La empresa de tu suegro está relacionada con una investigación federal.”

Guardé el teléfono.

—Bruno.

Él tragó saliva.

—¿Qué?

—Creo que deberías llamar a tus padres.

Amber me miró confundida.

—¿Por qué?

Sonreí.

—Porque dentro de unas horas no serán ellos quienes tengan que venir a verme.

Serán los investigadores quienes irán a buscarlos.

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