PARTE 2: DESPERTÓ

La habitación 412 quedó en un silencio tan absoluto que incluso la tormenta pareció detenerse.

Mi muñeca seguía atrapada entre los dedos de Vincent Romano.

No era el movimiento débil de un paciente que acababa de despertar.

Era el agarre de un hombre acostumbrado a controlar todo lo que tocaba.

Intenté mantener la calma.

—Señor Romano… voy a llamar al médico.

Sus ojos permanecían fijos en mí.

Todavía estaban nublados por meses de inconsciencia, pero había una lucidez inquietante detrás de aquella mirada.

Sus labios resecos apenas se movieron.

—Termina… el capítulo.

Parpadeé.

—¿Qué?

—El soldado… todavía… no llegó a casa.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Durante seis meses.

Seis meses enteros.

Había escuchado cada palabra.

Cada historia.

Cada poema.

Cada conversación que yo creía perdida en el silencio.

La puerta se abrió de golpe.

Dos guardias irrumpieron con las manos dentro de las chaquetas.

Detrás de ellos apareció el doctor Harris.

Al ver a Vincent con los ojos abiertos, el médico dejó caer la tableta electrónica.

—¡Dios mío…!

En menos de treinta segundos la habitación se llenó de especialistas.

Neurología.

Cardiología.

Traumatología.

Todos hablaban al mismo tiempo.

—¡Revise las pupilas!

—¡Presión arterial!

—¡Llamen a radiología!

Yo intenté apartarme, pero Vincent no soltó mi muñeca.

Ni un centímetro.

Uno de los médicos sonrió con nerviosismo.

—Señor Romano, necesitamos revisar sus reflejos.

Él ni siquiera lo miró.

—Después.

Su voz seguía ronca.

—Primero… ella.

Todos me observaron.

El doctor Harris carraspeó.

—Claire ha sido su enfermera principal.

Vincent giró lentamente la cabeza hacia mí.

—¿Cuánto tiempo?

—Seis meses.

Sus cejas se fruncieron apenas.

—¿Todos los días?

Asentí.

—Casi todos.

Guardó silencio.

Luego preguntó algo que dejó desconcertados a todos.

—¿La poesía… también era tuya?

Sentí que el rostro me ardía.

—Sí.

—Era… mejor que el libro.

Nadie entendía aquella conversación.

Pero yo sí.

Recordé una madrugada en la que, aburrida de leer novelas, recité unos versos que mi abuela me enseñaba cuando era niña.

Pensé que jamás los escucharía.

Me había equivocado.


La noticia recorrió el hospital como un incendio.

Vincent Romano había despertado.

Los teléfonos comenzaron a sonar.

Los ascensores privados no dejaron de abrirse.

Abogados.

Ejecutivos.

Hombres con trajes oscuros.

Todos querían verlo.

Pero Vincent rechazó a cada uno.

—Cinco minutos.

Solo cinco minutos.

Eso fue lo único que aceptó.

Mientras los médicos insistían en hacerle preguntas, él respondió únicamente las necesarias.

—¿Sabe quién es?

—Sí.

—¿Recuerda la fecha?

—Aproximadamente.

—¿Recuerda el atentado?

Sus ojos se volvieron de hielo.

—Recuerdo… quién disparó.

La habitación quedó muda.

Uno de los guardias salió inmediatamente hablando por un auricular.

Yo comprendí que la guerra que todos creían detenida acababa de comenzar otra vez.


Cuando por fin terminaron los exámenes, me dirigí hacia la puerta.

Necesitaba respirar.

Necesitaba llamar a mi madre.

Necesitaba convencerme de que aquello había ocurrido de verdad.

—Claire.

Su voz me detuvo.

Me giré.

Vincent seguía conectado a varios monitores.

Apenas podía mover el cuerpo.

Pero su mirada era completamente distinta.

Era la de un hombre que había vuelto para recuperar todo.

—Gracias.

Sonreí con timidez.

—Solo hice mi trabajo.

Negó lentamente.

—Los demás… esperaban que muriera.

Hizo una pausa para recuperar el aire.

—Tú… me hablaste… como si siguiera vivo.

No supe qué responder.

Porque, por primera vez desde que acepté aquel empleo, el hombre al que todos llamaban monstruo no parecía un jefe de la mafia.

Parecía alguien que había pasado medio año completamente solo.


A la mañana siguiente llegué al hospital antes del amanecer.

Pero la habitación 412 estaba vacía.

Las sábanas habían desaparecido.

Los monitores estaban apagados.

Los guardias también.

Sentí un vuelco en el estómago.

Busqué al doctor Harris.

—¿Dónde está el señor Romano?

El médico bajó la voz.

—Se fue hace dos horas.

—¿Cómo? Apenas podía caminar.

—Insistió en salir.

Miró alrededor para asegurarse de que nadie escuchara.

—Pero antes dejó esto para usted.

Me entregó un sobre negro.

Dentro solo había una llave antigua.

Una tarjeta de presentación.

Y una frase escrita a mano.

“Anoche recordé algo más. La persona que intentó matarme… llevaba exactamente el mismo perfume que tú usabas la primera noche que entraste en esta habitación.”

Debajo había otra línea.

“No creo que seas culpable. Pero alguien muy cercano a ti sí forma parte de esta historia.”

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