El pitido agudo de los monitores fue lo primero que escuché.
Después llegó el olor a desinfectante.
Y finalmente, una voz que conocía demasiado bien.
—Valeria… abre los ojos.
Parpadeé varias veces antes de distinguir el techo blanco de la habitación.
No estaba en la sala de partos.
Todo mi cuerpo pesaba como si me hubieran vaciado por dentro.
Llevé la mano al vientre por instinto.
Ya no estaba.
El pánico me atravesó el pecho.
—¡Mi bebé!
Intenté incorporarme, pero un dolor intenso me obligó a volver a recostarme.
Una mano cálida sujetó la mía.
—Está bien.
Giré la cabeza.
Adrián seguía allí.
Sin la bata quirúrgica.
Sin los guantes.
Con el cabello completamente despeinado y unas profundas ojeras que jamás le había visto.
Parecía haber envejecido varios años en unas pocas horas.
—Nuestro hijo está bien —dijo con la voz ronca—. Está en neonatología solo por observación. Nació un poco antes de lo esperado, pero respira perfectamente.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
—¿Está vivo?
Él asintió despacio.
—Y tiene unos pulmones tan fuertes que todo el piso ya sabe que llegó.
Reí entre sollozos.
Era la primera vez que sonreía desde hacía meses.
Pero la calma duró apenas unos segundos.
Recordé dónde estaba.
Y recordé todo lo que había ocurrido antes de perder el conocimiento.
Retiré lentamente mi mano de la suya.
—Gracias por salvarnos.
Adrián no respondió.
Simplemente me observó.
Aquella mirada me resultaba insoportable.
No había rabia.
Había cansancio.
Muchísimo cansancio.
Después de un largo silencio, acercó una silla y se sentó frente a mi cama.
—Ahora sí.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Ahora qué?
—Ahora quiero saber por qué desapareciste.
Desvié la vista hacia la ventana.
Las primeras luces del amanecer comenzaban a iluminar la ciudad.
Durante ocho meses había imaginado cientos de veces aquella conversación.
Ninguna terminaba bien.
—Ya lo sabes.
—No.
Su respuesta fue inmediata.
—Solo sé que una noche estabas conmigo y a la mañana siguiente habías desaparecido sin dejar una sola explicación.
Respiré hondo.
—Escuché tu llamada.
Él frunció el ceño.
—¿Qué llamada?
—La del día que descubrí que estaba embarazada.
Su expresión cambió lentamente.
—Entré al hospital para darte la noticia.
Hice una pausa porque la garganta me ardía.
—Pero te escuché decir: “Será mejor terminarlo. No somos compatibles. Lo de los hijos puede esperar”.
Adrián permaneció inmóvil.
Ni siquiera pestañeó.
—Pensé que hablabas de nosotros.
El silencio llenó la habitación.
—Creí que ibas a dejarme.
Bajé la cabeza.
—Y no iba a suplicarle amor a nadie.
Esperé que me contradijera.
Que se enfadara.
Que dijera que había sido una exagerada.
Pero no ocurrió nada de eso.
Adrián simplemente se cubrió el rostro con ambas manos.
Permaneció así durante varios segundos.
Cuando volvió a mirarme, tenía los ojos completamente rojos.
—Dios mío…
Su voz apenas era un susurro.
—Valeria…
Negó con la cabeza una y otra vez.
—Esa llamada era con Recursos Humanos.
Lo miré sin comprender.
—¿Qué?
Sacó lentamente su teléfono del bolsillo.
Buscó entre varios archivos y finalmente lo dejó sobre la cama.
—Escucha.
Presionó reproducir.
Una grabación comenzó a sonar.
“…el doctor Ernesto lleva seis meses pidiendo cambiar de especialidad.”
Después apareció la voz de Adrián.
—Será mejor terminarlo. No somos compatibles.
Una mujer respondió:
—¿Está seguro?
—Completamente. La cirugía pediátrica no es para él. Lo de los hijos puede esperar. Primero debe estabilizar su salud mental.
Mi corazón dejó de latir durante un instante.
La grabación continuó.
—¿Y la doctora Valeria? Ella preguntó por usted hace un rato.
Adrián respondió sin dudar.
—En cuanto salga de esta reunión voy a buscarla. Hoy quiero pedirle que nos casemos por la iglesia.
Sentí que el mundo desaparecía bajo mis pies.
Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
No podía respirar.
Durante ocho meses…
Había vivido escondida.
Había cambiado de ciudad.
Había cambiado de identidad.
Había criado sola un embarazo entero…
Por una conversación que jamás había terminado de escuchar.
Me cubrí la boca con ambas manos.
—No…
Mi voz se quebró.
—No puede ser…
Adrián dejó escapar una risa amarga.
—Ese mismo día compré un anillo nuevo porque el primero no me parecía lo suficientemente bonito para ti.
Abrió lentamente la cartera.
Sacó una pequeña caja azul.
La colocó sobre la sábana.
Seguía allí.
Sin abrir.
—La he llevado conmigo todos estos meses.
Mis lágrimas caían una tras otra.
—Yo…
—Recorrí hospitales.
Terminales.
Hoteles.
Hablé con la policía cuando pasaron tres semanas sin noticias.
Pensé que alguien te había secuestrado.
Cada palabra era una puñalada.
—Después descubrí que también estabas embarazada.
Su mandíbula tembló.
—Y entonces el miedo fue todavía peor.
No pude seguir escuchando.
Extendí una mano temblorosa.
Él la tomó de inmediato.
Los dos rompimos a llorar.
Ninguno intentó ocultarlo.
Pasaron varios minutos antes de que alguno pudiera volver a hablar.
Entonces alguien llamó suavemente a la puerta.
Una enfermera apareció sonriendo.
—Perdón por interrumpir.
Llevaba un pequeño bulto envuelto en una manta celeste.
—Creo que hay alguien que quiere conocer por fin a sus padres.
Adrián y yo levantamos la vista al mismo tiempo.
Nuestro hijo abrió lentamente los ojos.

Y justo cuando Adrián lo tomó por primera vez entre sus brazos, la enfermera observó la pulsera de identificación del bebé, frunció el ceño y dijo con evidente preocupación:
—Doctor… espere un momento.
Su sonrisa desapareció por completo.
—Esta pulsera… no coincide con el número de la historia clínica de la señora Cruz.