La puerta se abrió lentamente.
Adrian fue el primero en entrar.
Vestía el mismo traje azul oscuro con el que había aparecido en todas las portadas anunciando Skyline Harbor. Parecía impecable, pero sus ojos revelaban que llevaba horas sin dormir.
Detrás de él caminaba Valeria Monroe.
Su vestido blanco había sido sustituido por un conjunto color marfil, elegante y discreto. El anillo de matrimonio brillaba en su mano izquierda.
Toda la sala quedó en silencio.
Ninguno de los directivos se levantó para saludarlos.
Adrian intentó sonreír.
—Victoria…
—Señor Blake.
Lo interrumpí antes de que terminara mi nombre.
Su expresión cambió apenas un instante.
Comprendió el mensaje.
Ya no era “Adrian”.
Ya no era mi prometido.
Solo era el director de una empresa que acababa de perder la confianza de su principal socia.
Valeria dio un paso al frente.
—Sé que este momento es difícil…
—No.
La miré con absoluta calma.
—Difícil fue enterarme por un comunicado de prensa de que el hombre con el que iba a casarme registró su matrimonio con otra mujer durante la madrugada.
Ella bajó la vista.
Adrian respiró profundamente.
—Las cosas ocurrieron muy rápido.
No pude evitar sonreír.
—Según el registro civil, tan rápido que preparaste los documentos hace dos semanas.
Nadie habló.
Adrian comprendió que yo ya había investigado.
—Victoria…
—No utilices mi nombre como si todavía tuvieras derecho a hacerlo.
Mi padre permanecía en silencio.
Era la primera vez que me dejaba dirigir completamente la situación.
Adrian apoyó ambas manos sobre la mesa.
—No vine a discutir nuestra relación.
—Qué alivio.
—Vine por los proyectos.
Asentí despacio.
—Ahora estamos hablando del tema correcto.
Le indiqué la carpeta que llevaba en la mano.
—¿Sabes qué contiene?
Él negó lentamente.
—Las notificaciones de retiro de inversión de Stone Group.
Su mandíbula se tensó.
—No puedes hacer eso de un día para otro.
Marcus, nuestro abogado, intervino con tranquilidad.
—Legalmente sí podemos. Todas las cláusulas fueron revisadas esta madrugada.
Adrian giró hacia él.
—Marcus, tú redactaste esos contratos.
—Precisamente por eso sé lo que dicen.
El silencio volvió a instalarse.
Valeria habló por primera vez.
—Esto destruirá a las dos empresas.
Negué con serenidad.
—No.
Tomé el control remoto y encendí la pantalla.
Aparecieron dos gráficos.
—Este es Blake Holdings sin nuestra inversión.
La línea descendía de forma abrupta.
Cambié de diapositiva.
—Y este es Stone Group después del retiro.
La segunda gráfica apenas mostraba una ligera caída antes de recuperarse.
Uno de los analistas financieros de Blake tragó saliva.
Comprendía perfectamente lo que significaban aquellos números.
Adrian también.
—¿Cuándo preparaste todo esto?
—Anoche.
—¿Antes de que llegara el comunicado?
Lo miré directamente.
—Mucho antes.
Él frunció el ceño.
—¿Lo sabías?
—Sabía que llevabas meses reuniéndote con Valeria.
Sabía que habías cancelado nuestras reuniones para verla.
Sabía que los contratos prenupciales nunca llegaron a firmarse porque ya no pensabas casarte conmigo.
Respiré con calma.
—Solo no imaginé que tendrías tan poco respeto como para anunciarlo delante del país entero.
Valeria dio un paso hacia mí.
—Yo nunca quise hacerte daño.
La observé unos segundos.
—No necesito que te disculpes.
—Entonces…
—Necesito que entiendas una cosa.
La sala permanecía completamente inmóvil.
—No estoy retirando la inversión porque te hayas casado con Adrian.
Hice una breve pausa.
—La retiro porque un director que traiciona a su principal socia de esta manera deja de ser una persona confiable para administrar cientos de millones de dólares.
Aquellas palabras pesaron mucho más que cualquier reproche personal.
Ya no hablábamos de un triángulo amoroso.
Hablábamos de gobierno corporativo.
Adrian bajó lentamente la mirada.
Sabía que tenía razón.
Mi padre tomó entonces la palabra.
—William Blake fue amigo mío durante treinta años.
Miró directamente a Adrian.
—Pero una empresa no se sostiene sobre amistades.
Se sostiene sobre confianza.
Y tú acabas de romperla.
Adrian respiró profundamente.
—¿Hay alguna forma de evitar esto?
Lo observé en silencio.
Durante diez años había imaginado que, si algún día él me hacía daño, querría verlo sufrir.
Ahora entendía que estaba equivocada.
No sentía odio.
Solo una absoluta indiferencia.
Empujé la carpeta hacia él.
—Sí.
Sus ojos recuperaron un poco de esperanza.
—Firma el reconocimiento del incumplimiento del acuerdo estratégico.
La esperanza desapareció de inmediato.
—Eso me obliga a asumir toda la responsabilidad frente a los accionistas.
—Exactamente.
Valeria tomó el brazo de Adrian.
—No firmes.
Él permanecía inmóvil.
Sabía que, si no firmaba, comenzaría una batalla judicial.
Y los mercados odiaban la incertidumbre.
En ese momento sonó el teléfono del director financiero de Blake Holdings.
Contestó.
Escuchó apenas unos segundos.
Después miró a Adrian completamente pálido.
—Acaba de abrir la bolsa.
Nadie respiró.
—¿Y?
El hombre tragó saliva.
—Las acciones acaban de caer otro doce por ciento.
Un murmullo recorrió ambas delegaciones.
Adrian cerró lentamente los ojos.
Pero aún no era lo peor.
Mi asistente volvió a entrar en la sala.
Esta vez traía una segunda carpeta.
—Señorita Stone…
Me la entregó.
—Acaba de llegar del departamento jurídico.
La abrí.
Leí apenas la primera página.
Después levanté la vista hacia Adrian.
—Parece que hoy no solo perderás nuestra inversión.

Él frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Cerré la carpeta con calma.
—Tu propio consejo de administración acaba de solicitar una reunión extraordinaria.
Hice una pausa.
—Y el primer punto del orden del día es votar tu permanencia como director general de Blake Holdings.