PARTE 2: DEJÉ DE SER LA ESPOSA QUE ÉL DABA POR SENTADA

Daniel regresó casi a medianoche.

Yo ya había guardado la mitad de mis cosas.

Se quedó en la puerta del dormitorio mirando la maleta abierta.

—¿Qué estás haciendo?

—Simplificando mi vida.

—¿Vas a irte por una frase durante una cena?

Cerré una caja.

—No me voy por una frase. Esa frase solo me explicó cuatro años.

Daniel soltó las llaves sobre la mesa.

—Vanessa siempre habla demasiado.

—Pero tú guardaste silencio cuando dijo que nunca dejaste de amarla.

Su mandíbula se tensó.

—No quería montar otro espectáculo.

Sonreí.

Otra vez yo era el problema.

—Tranquilo. No necesito explicaciones.

—¿Entonces qué quieres?

Lo miré.

—Nada.

Esa palabra pareció inquietarlo más que cualquier discusión.

Durante cuatro años había organizado nuestra vida alrededor de Daniel.

Preparaba sus camisas antes de los viajes.

Recordaba los cumpleaños de sus padres.

Reservaba restaurantes.

Compraba regalos en su nombre.

Cancelaba reuniones cuando él necesitaba que lo acompañara.

Incluso había rechazado dos ascensos porque exigían viajar demasiado.

A la mañana siguiente dejé de hacerlo.

Daniel bajó buscando desayuno.

Encontró café.

Solo para mí.

—¿No cocinaste?

—No tenía hambre.

—Pero sabes que salgo temprano.

—También sabes dónde está la cocina.

Me observó como si acabara de hablarle en otro idioma.

Dos días después olvidó una cena con clientes porque yo no se la recordé.

El viernes llegó tarde al aeropuerto porque nadie había preparado su equipaje.

El domingo llamó su madre preguntando por qué no habíamos enviado el regalo de aniversario.

Le pasé el teléfono.

—Es tu madre.

Por primera vez, Daniel empezó a comprender cuánto trabajo invisible había sostenido su cómoda vida.

Pero lo que realmente lo desestabilizó ocurrió tres semanas después.

Mi empresa volvió a ofrecerme el puesto que había rechazado el año anterior.

Directora regional.

Mejor salario.

Viajes internacionales.

Acepté.

Cuando se lo dije, Daniel dejó el tenedor.

—Pensé que habíamos decidido que ese trabajo afectaría nuestro matrimonio.

—Tú lo decidiste.

—Sophie, estarás fuera casi la mitad del mes.

—Exactamente.

—¿Y nuestra casa?

—Seguirá aquí.

—¿Y yo?

Lo miré con tranquilidad.

—Eres un adulto.

No respondió.

Vanessa, mientras tanto, seguía apareciendo.

Una tarde Daniel me escribió:

“Vanessa está enferma. La llevaré al médico. No esperes para cenar.”

Respondí:

“De acuerdo.”

Veinte minutos después llamó.

—¿Eso es todo?

—¿Qué más necesitas?

—Nada.

Colgó molesto.

Antes habría preguntado qué tenía Vanessa, a qué hospital iban y cuándo regresaría.

Ahora realmente no me importaba.

Dos meses después celebraron una recepción de la empresa de Daniel.

No pensaba asistir.

Pero él insistió.

—Todos preguntan por qué nunca vienes conmigo.

—Diles que trabajo.

—Vanessa también estará.

Lo miré.

—¿Y?

Daniel permaneció callado.

Entonces comprendí algo casi divertido.

Ahora era él quien necesitaba comprobar si yo sentía celos.

Fui.

Pero no por él.

Aquella noche mi empresa anunciaría una alianza importante con la suya y yo representaba a nuestro grupo.

Cuando entré al salón, Daniel me vio desde lejos.

Su expresión cambió.

No llevaba el vestido discreto que él había escogido.

Vestía como la mujer que era fuera de nuestro matrimonio: directora, negociadora y responsable de una cuenta que representaba millones.

Mi jefe me presentó ante varios ejecutivos.

Daniel permaneció observándome.

Vanessa apareció a su lado.

—Sophie, cuánto tiempo.

—Vanessa.

Ella miró mi acreditación.

—¿Directora regional?

—Desde hace unas semanas.

Daniel frunció el ceño.

—Nunca dijiste que este evento tenía relación con tu ascenso.

—Nunca preguntaste.

Aquello le dolió.

Vanessa intentó sonreír.

—Daniel siempre decía que eras muy ambiciosa.

—Y él siempre decía que eso no le gustaba.

Miré a mi esposo.

—Por suerte, dejé de organizar mi vida según sus gustos.

Entonces apareció Michael Grant, vicepresidente de nuestra división.

Me entregó una carpeta.

—Sophie, el consejo aprobó tu traslado.

Daniel levantó la cabeza.

—¿Traslado?

Michael percibió la tensión.

—A Londres. Ella dirigirá la nueva oficina europea.

Daniel me miró fijamente.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

—Esta noche.

—¿Aceptaste sin hablar conmigo?

—Sí.

Vanessa retrocedió discretamente.

Daniel me llevó hacia un rincón.

—Soy tu esposo.

—Legalmente.

Su rostro palideció.

—¿Qué significa eso?

Saqué un sobre del bolso.

Dentro estaba el borrador del acuerdo de divorcio.

Daniel lo miró sin tocarlo.

—¿Estás hablando en serio?

—Completamente.

—¿Por Vanessa?

Negué.

—Vanessa solo me hizo un favor.

—¿Qué favor?

—Me obligó a escuchar cómo describías nuestro matrimonio.

Lo miré directamente.

—Tú mismo dijiste que casarse y amar eran cosas distintas. Así que dejé de exigirte amor y empecé a evaluar nuestro matrimonio únicamente por su utilidad.

Daniel apretó la mandíbula.

—¿Y qué decidiste?

—Que ya tampoco me resulta útil.

Por primera vez desde que conocía a Daniel Foster, no tuvo ninguna respuesta.

Guardé el documento nuevamente.

—Mañana mi abogado te enviará la versión definitiva.

Caminé hacia el salón.

Daniel me sujetó suavemente del brazo.

—Sophie.

Me detuve.

Su voz había perdido toda arrogancia.

—¿Alguna vez me amaste?

Lo miré sorprendida.

Después sonreí con tristeza.

—Ese es el problema, Daniel.

Retiré su mano.

—Yo sí confundí matrimonio con amor.

Y me alejé.

Esta vez Vanessa estaba a pocos metros de él.

Libre.

Disponible.

Exactamente la mujer que siempre había dicho amar.

Pero Daniel no la miró.

Se quedó observándome desaparecer entre la gente, comprendiendo demasiado tarde que la esposa “adecuada para casarse” había dejado de considerar adecuado seguir casada con él.

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