PARTE 2 — CUATRO HIJOS QUE NUNCA CONOCÍ

El anillo giró sobre el mármol.

Ninguno de los dos se agachó a recogerlo.

—Elena.

Su nombre apenas salió de mi boca.

Ella reunió inmediatamente a los cuatro niños junto a sus piernas.

—Tenemos que irnos.

Me interpuse sin tocarla.

—¿Son míos?

Elena cerró los ojos.

Ese silencio respondió antes que sus palabras.

—Dominic…

—Mírame y dime que no son mis hijos.

Finalmente levantó la mirada.

—Sí.

Una sola palabra.

Seis años de mi vida desaparecieron.

Miré a los niños.

—¿Los cuatro?

—Los cuatro.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—¿Por qué?

Elena soltó una risa amarga.

—¿De verdad quieres preguntarme eso?

Sacó el teléfono.

Abrió una carpeta.

Había correos.

Mensajes.

Fotografías.

Todos enviados seis años atrás.

A mí.

“Dominic, estoy embarazada.”

“Son cuatro bebés.”

“Por favor, llámame.”

Nunca había visto ninguno.

—Te escribí durante tres meses —dijo—. Después apareció tu padre.

La sangre se me heló.

—¿Mi padre?

—Me dijo que habías elegido a la familia.

Entonces me mostró un documento.

Había una transferencia por dos millones de dólares.

—Me ofreció esto para desaparecer.

—¿Lo aceptaste?

—No.

Elena amplió la pantalla.

TRANSFERENCIA RECHAZADA.

—Dos días después alguien entró en mi apartamento.

Su voz bajó.

—Dejaron fotografías de mi ecografía sobre la cama y una bala encima.

Miré a los niños.

Mi padre no había comprado su silencio.

Lo había conseguido mediante miedo.

Mi teléfono comenzó a sonar.

7:12 p. m.

Dieciocho minutos para mi compromiso.

Era mi padre.

Contesté.

—¿Dónde demonios estás? —exigió—. Los Barrett ya llegaron.

Miré a Elena.

—Encontré algo más importante.

Silencio.

—Dominic…

Aquella pausa confirmó demasiado.

—Tú sabías de los niños.

—Ven al invernadero.

—Respóndeme.

—No por teléfono.

Colgué.

Elena negó con la cabeza.

—No hagas esto.

—¿Hacer qué?

—Convertirlos en parte de una guerra Moretti.

Miré a mis cuatro hijos.

Uno de ellos todavía observaba el anillo en el suelo.

—Mamá, ¿ese señor se va a casar?

Elena se quedó inmóvil.

Recogí el anillo.

—No.

Guardé la caja.

—Ya no.

A las 7:29 entré en el invernadero.

Solo.

Casi ochenta invitados esperaban.

Sloane estaba junto a mi padre.

Cuando me vio sin Elena ni los niños, sonrió.

—Por fin.

Me acerqué.

Saqué la caja del anillo.

Mi padre relajó los hombros.

Entonces la coloqué sobre la mesa frente a Sloane.

—No habrá compromiso.

El silencio fue absoluto.

Sloane palideció.

Mi padre se acercó.

—Piensa cuidadosamente en lo que estás haciendo.

—Eso intento hacer por primera vez en seis años.

Lo miré.

—Tengo cuatro hijos.

Su expresión no cambió.

Pero la de Sloane sí.

Giré hacia ella.

—Tú también lo sabías.

—Dominic…

Ahí estaba mi respuesta.

Mi padre agarró mi brazo.

—Podemos discutir esto en privado.

Me liberé.

—¿Amenazaste a Elena?

—Protegí a esta familia.

—Amenazaste a mis hijos antes de que nacieran.

Su rostro se endureció.

—Esos niños habrían destruido el acuerdo con los Barrett.

Entonces comprendí algo.

—¿Qué acuerdo?

Sloane miró a mi padre.

Él no respondió.

Saqué mi teléfono y llamé al abogado que administraba el fideicomiso de mi abuelo.

—Quiero revisar las cláusulas sucesorias.

Mi padre palideció por primera vez.

Aquello me hizo sonreír sin humor.

—Así que esto nunca fue solamente sobre Sloane.

El abogado tardó menos de un minuto.

Después pronunció la cláusula que mi padre había esperado que jamás descubriera.

El primer descendiente Moretti que tuviera hijos varones biológicos recibiría el control mayoritario del fideicomiso familiar cuando los niños fueran reconocidos legalmente.

Cuatro hijos.

Cuatro herederos.

Mi padre no había apartado a Elena porque fuera pobre.

La había apartado porque mis hijos podían cambiar quién controlaba el imperio Moretti.

Entonces mi teléfono vibró.

Era Elena.

Abrí su mensaje.

Solo había una fotografía.

La puerta de su apartamento estaba abierta.

Debajo escribió:

“Dominic, alguien se llevó a los niños.”

Levanté lentamente la mirada hacia mi padre.

Pero él parecía tan horrorizado como yo.

Entonces Sloane retrocedió hacia la salida.

Y comprendí que quizá había estado mirando al enemigo equivocado.

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