Desperté con el sabor metálico de la sangre llenándome la boca.
No sabía cuánto tiempo había pasado.
El dolor era tan intenso que durante varios segundos pensé que seguía cayendo.
Intenté mover el brazo derecho.
Un crujido seco me arrancó un grito.
—¡Dios…!
Respiré despacio.
Estaba atrapada entre ramas de pino y enormes piedras cubiertas de musgo. El impacto contra los árboles había frenado la caída antes de llegar al fondo del barranco.
Si no hubiera golpeado aquellas copas…
ya estaría muerta.
Miré alrededor.
Mi pierna izquierda estaba torcida en un ángulo imposible.
La frente sangraba.
Las costillas ardían con cada respiración.
Mi teléfono estaba roto a unos metros, completamente destrozado.
No había señal.
Ni camino.
Ni voces.
Solo el viento atravesando la Sierra Tarahumara.
Cerré los ojos.
Entonces comprendí algo que me heló la sangre mucho más que el frío.
Si Paola me había empujado…
Rodrigo debía estar esperándolo.
No era un accidente.
Era un plan.
Y si alguien me encontraba demasiado pronto, ellos sabrían que seguía viva.
Por primera vez en mi vida…
el silencio podía salvarme.
Las primeras horas fueron una lucha contra el dolor.
Rompí parte de mi chamarra para improvisar un vendaje en la cabeza.
Con un cinturón inmovilicé la pierna como pude.
Cada movimiento parecía partirme en dos.
El hambre apareció al segundo día.
La sed llegó mucho antes.
Recogía agua de lluvia que escurría entre las rocas y la bebía con las manos temblando.
Dormía apenas unos minutos antes de despertar sobresaltada.
En mis sueños veía otra vez las manos de Paola empujándome.
Siempre la misma sonrisa.
Siempre la misma calma.
Como si hubiera practicado ese momento durante años.
La tarde del tercer día escuché un helicóptero.
Me arrastré desesperada entre las piedras.
Agité una rama.
Grité hasta quedarme sin voz.
El aparato pasó lentamente sobre el valle.
Creí que me habían visto.
Pero siguió su camino.
Me quedé observándolo desaparecer.
Lloré por primera vez.
No por el dolor.
Sino porque comprendí que el mundo entero ya debía creer que Mariana Rivas estaba muerta.
Al amanecer del cuarto día escuché pasos.
Pensé que deliraba.
Después vi aparecer a un hombre rarámuri acompañado por dos muchachos.
Se quedaron inmóviles al verme.
—Santa Madre… sigue viva…
El anciano dejó inmediatamente la carga que llevaba sobre la espalda.
Se arrodilló junto a mí.
—No hables.
Solo respira.
Ya estás a salvo.
Quise decir mi nombre.
No pude.
Las lágrimas hablaron por mí.
Me llevaron hasta una pequeña comunidad escondida entre las montañas.
No había hospital.
Solo una enfermera llamada Julia que atendía a todos con lo poco que tenía.
Cuando terminó de revisar mis heridas, negó lentamente con la cabeza.
—Es un milagro que siga respirando.
Le conté únicamente una parte de la historia.
Que alguien había intentado matarme.
Que no podía avisar a nadie todavía.
Julia me observó durante varios segundos.
—¿Confías en la policía?
Pensé en Rodrigo.
Pensé en Paola.
Pensé en el seguro.
Pensé en todo el dinero que podían mover.
Negué lentamente.
—Todavía no.
Ella asintió.
—Entonces primero debemos demostrar que usted sigue viva… antes de que ellos terminen de borrar todas las huellas.
Dos días después, mientras Julia cambiaba mis vendajes, un joven llegó con un periódico de Chihuahua.
Lo dejó sobre la mesa.
La fotografía ocupaba casi toda la portada.
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
Era mi propia imagen.
Una foto de mi boda.
Debajo del retrato podía leerse:
“Empresaria desaparecida en accidente de helicóptero. La familia prepara ceremonia de despedida.”
Había otra fotografía más pequeña.
Rodrigo abrazaba a Paola frente a las cámaras.
Los dos lloraban.
O, al menos…
eso era lo que intentaban aparentar.
Julia pasó la página lentamente.
Entonces encontró una nota que ninguno de los dos esperaba.
—Mariana…
Mire esto.
En letras pequeñas aparecía una frase que me dejó completamente inmóvil.

“La aseguradora confirmó que la indemnización por cinco millones de dólares será liberada inmediatamente después del funeral, al no existir indicios de supervivencia.”
Mis manos empezaron a temblar.
Cinco millones.
Todo estaba preparado.
No esperaban encontrar un cuerpo.
Solo necesitaban un funeral.
Y mientras todo México rezaría por mi alma…
mi esposo y mi hermana estarían contando el dinero de mi muerte.
Fue en ese instante cuando dejé de pensar como una víctima.
Y empecé a planear cómo entraría caminando… al funeral donde ellos celebrarían mi final.