PARTE 2: CUANDO RETIRÉ LOS 900.000, DESCUBRÍ QUÉ QUERÍAN REALMENTE

Mi padre empujó los dos contratos hacia Ethan.

—El primero —dijo— establece copropiedad. Olivia aporta 900.000 yuanes y ambos pagan la hipoteca.

Luego señaló el segundo.

—El segundo establece que Ethan será propietario único. En ese caso, nosotros no aportamos nada.

Margaret soltó una risa seca.

—¿Nos están amenazando?

Mi padre la miró con una tranquilidad que me sorprendió.

—No. Estamos respetando exactamente lo que usted pidió.

El abogado añadió:

—Si la señora Parker considera que Olivia es una extraña para efectos de propiedad, los padres de Olivia también son extraños para efectos de financiación.

Margaret miró a Ethan.

—Diles que no necesitamos su dinero.

Esperé que él obedeciera.

Pero Ethan no habló.

Eso fue lo primero que me hizo sospechar.

Mi padre también lo notó.

—¿Cuánto dinero tiene realmente vuestra familia para la entrada?

—Eso no es asunto suyo —respondió mi suegro.

—Lo será si esperáis que mi hija financie una propiedad exclusivamente vuestra.

Entonces intervino el agente inmobiliario.

—Señor Parker, debo recordarles que el plazo para completar la entrada termina mañana. Si no se realiza, perderán la reserva.

Margaret palideció.

—¿Cuánto?

El agente dudó.

—Doscientos mil yuanes.

Giré hacia Ethan.

—Me dijiste que la reserva eran veinte mil.

Silencio.

—Ethan.

Bajó la cabeza.

Mi estómago se cerró.

—¿De dónde salieron los otros ciento ochenta mil?

Margaret golpeó la mesa.

—¡Eso ahora no importa!

Ahí comprendí que sí importaba.

Mi padre abrió su maletín.

—Precisamente por eso traje esto.

Sacó varias hojas.

—Antes de entregar los ahorros de nuestra vida, pedí al abogado que verificara la operación.

Ethan se puso blanco.

Mi padre dejó frente a mí un documento bancario.

Había un préstamo.

A nombre de Ethan.

Luego otro.

Y otro.

Deudas por casi 1,4 millones de yuanes.

Lo miré sin poder hablar.

—¿Qué es esto?

—Olivia, puedo explicarlo.

—Hazlo.

Ethan se levantó.

—Mi padre tuvo problemas con su empresa. Yo lo ayudé. Después algunas inversiones salieron mal…

—¿Y querías comprar un apartamento de varios millones?

—La propiedad aumentará de valor.

Mi padre negó lentamente.

—No era eso.

Señaló otra cláusula.

El abogado habló:

—Si los 900.000 se transferían como aportación familiar sin reconocimiento de participación de Olivia, Ethan podía utilizarlos para completar la compra mientras la propiedad quedaba exclusivamente bajo su control.

Miré a Margaret.

De repente, su huelga de hambre parecía mucho menos maternal.

—Por eso mi nombre no podía aparecer.

Ella apretó los labios.

—Una mujer decente confía en su marido.

—Una familia decente no utiliza los ahorros de los padres de esa mujer para tapar sus deudas.

Ethan intentó tomarme la mano.

La retiré.

—Olivia, escúchame. Una vez solucionemos esto, podemos añadirte después.

El abogado soltó la frase que terminó de destruir aquella mentira:

—No sería tan sencillo.

Todos lo miramos.

—Con el nivel actual de endeudamiento del señor Parker, existen riesgos financieros que deberían haberse comunicado antes de solicitar dinero a la familia de Olivia.

Mi madre, que había permanecido callada, se acercó a mí.

—Hija, vámonos.

Margaret se levantó.

—¡Si sales por esa puerta, este matrimonio se termina!

La miré.

Dieciocho horas sin comer.

Amenazas.

Culpa.

Mi marido de rodillas.

Todo para conseguir que mis padres entregaran los ahorros de veinticinco años sin darme ninguna protección.

Entonces comprendí algo.

Margaret nunca había estado dispuesta a morir de hambre.

Solo estaba esperando que yo tuviera más miedo de ser una mala nuera que de perderlo todo.

Tomé uno de los contratos.

Lo rompí por la mitad.

Después rompí el otro.

—No quiero ninguna de las dos opciones.

Ethan quedó paralizado.

—¿Qué estás haciendo?

Me quité el anillo.

—Eligiendo una tercera.

Lo dejé encima de aquellos papeles.

—Mis padres recuperan sus 900.000.

Miré a Margaret.

—Usted puede volver a comer.

Luego miré a Ethan.

—Y tú puedes comprar tu casa con tu propio dinero.

Salí con mis padres.

Pensé que aquello había terminado.

Me equivocaba.

Dos semanas después, Ethan apareció frente a la tienda de mis padres.

Había adelgazado.

Su madre ya no estaba con él.

—Olivia, perdí el apartamento.

No respondí.

—También perdimos los doscientos mil de reserva.

—Lo siento.

—Mi padre no puede cubrir sus deudas.

Entonces entendí por qué había venido.

No por mí.

Por el dinero.

Ethan comenzó a llorar.

—Si vuelves, pondré tu nombre en todo. Te lo prometo.

Lo miré durante unos segundos.

Cuatro meses antes aquellas palabras habrían sido suficientes.

Ahora no.

—No necesitaba que pusieras mi nombre en todo, Ethan.

Hice una pausa.

—Solo necesitaba que no intentaras borrarlo de aquello que también iba a pagar yo.

Entré en la tienda.

Él no me siguió.

Meses después, mis padres utilizaron parte de aquellos 900.000 para ampliar el negocio por primera vez en veinticinco años.

Yo volví a trabajar, alquilé un pequeño apartamento y comencé el divorcio.

Nunca compré aquel piso con vistas al río.

Y no me arrepentí.

Porque aquel día mi suegra creyó que estaba luchando para impedir que mi nombre apareciera en una escritura.

Sin saberlo, consiguió algo mucho más definitivo:

hizo que el apellido Parker desapareciera de mi vida.

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