Gabriel apretó el teléfono.
—Páseme con Emily.
—No.
—Pagaré lo que quiera.
Caroline soltó una risa breve.
—Ese es precisamente su problema, señor Cross. Sigue creyendo que todo tiene precio.
La llamada terminó.
Gabriel lanzó el teléfono sobre el escritorio.
Durante las siguientes semanas utilizó cada contacto que tenía para encontrarme.
No consiguió nada.
Porque yo nunca había salido del país.
Mientras él buscaba mi nombre en aeropuertos, yo vivía a cuarenta minutos de su oficina, usando mi apellido de soltera.
Había alquilado un pequeño apartamento cerca del mar.
Por primera vez en años, despertaba sin preguntarme dónde estaba mi esposo.
Hasta que una mañana Caroline apareció con una carpeta.
—Gabriel se niega a firmar.
Suspiré.
—¿Qué quiere?
—Verte.
—No.
—También está investigando las cuentas que renunciaste a reclamar.
La miré.
—¿Por qué?
Caroline dejó un documento frente a mí.
—Porque descubrió algo que no esperaba.
Durante nuestro matrimonio, Gabriel creyó que yo dependía económicamente de él.
Nunca supo que antes de conocerlo había heredado acciones de la empresa de mi abuelo.
Tampoco sabía que aquellas acciones se habían multiplicado hasta valer más que todo lo que él pretendía entregarme en el divorcio.
—Ahora entiende por qué no quieres su dinero —dijo Caroline.
Sonreí.
—Nunca quise su dinero. Quería un marido.
Tres días después, Gabriel finalmente me encontró.
Salía de una cafetería cuando un coche negro frenó junto a la acera.
Él bajó.
Parecía otra persona.
Más delgado.
Ojeroso.
Sin aquella arrogancia que siempre lo acompañaba.
—Emily.
Seguí caminando.
Gabriel se interpuso.
—Solo cinco minutos.
—Habla con mi abogada.
—No puedo.
Su voz se quebró.
—Porque ella no puede decirme cómo conseguir que vuelvas.
Lo miré.
—No puedes.
Aquellas dos palabras lo dejaron pálido.
—Terminé con Natalie.
—No me importa.
—La despedí.
—Tampoco me importa.
—Emily, cometí un error.
—No. Un error ocurre una vez. Tú elegiste durante años.
Gabriel bajó la mirada.
—Mi madre murió creyendo que su hijo no quería contestarle.
El dolor cruzó su rostro.
—Voy a cargar con eso toda mi vida.
Por un instante sentí pena.
Pero la pena no era amor.
Saqué un bolígrafo de mi bolso y se lo ofrecí.
—Entonces no cargues también con un matrimonio muerto.
Gabriel miró el bolígrafo.
—Firma el divorcio.
No lo tomó.
En ese momento, su teléfono sonó.
Leo.
Gabriel rechazó la llamada.
Volvió a sonar.
Otra vez.
Finalmente contestó.
—¿Qué pasa?
No escuché la respuesta, pero vi cómo su expresión cambiaba.
—¿Qué acabas de decir?
Silencio.
Luego Gabriel levantó lentamente los ojos hacia mí.
—¿Natalie hizo qué?
Colgó.
Su rostro había perdido todo el color.
—Emily… el hospital acaba de entregar el registro completo de llamadas de aquella noche.
Fruncí el ceño.
—¿Y?
Gabriel tragó saliva.
—Mi madre sí consiguió comunicarse con alguien antes de perder el conocimiento.
Sentí un escalofrío.
—¿Con quién?
Sus ojos se llenaron de una furia que nunca había visto.
—Natalie.
Me quedé inmóvil.

—Pero dijiste que su teléfono estaba apagado.
—Eso creíamos.
Gabriel apretó los puños.
—La llamada duró cuarenta y siete segundos.
—Entonces Natalie sabía que tu madre estaba en peligro.
—Sí.
—¿Y no te dijo nada?
Gabriel no respondió.
No hacía falta.
De repente comprendí por qué Natalie había insistido tanto aquella noche en que Gabriel apagara su teléfono.
Pero había algo todavía peor.
Gabriel volvió a mirar la pantalla.
—Leo encontró también un mensaje que Natalie borró antes de regresar.
—¿Qué decía?
Gabriel levantó la vista.
Y su siguiente frase convirtió aquellos tres días de “inspección” en algo mucho más oscuro que una simple infidelidad.
—Mi madre no llamó para pedirme ayuda.
Hizo una pausa.
—Llamó porque había descubierto algo sobre Natalie.