PARTE 2: CUANDO MASON QUISO VOLVER

Mason no intentó detenerme otra vez aquella noche.

Probablemente porque seguía convencido de que regresaría.

Siempre había sido así.

Yo me enfadaba.

Él esperaba.

Después aparecía con flores, pronunciaba un “ya pasó” y yo terminaba preguntándome si realmente había exagerado.

Esta vez, cuando aterrizó mi vuelo en Sídney, cambié de número.

Mi madre me esperaba en el aeropuerto.

No preguntó por Mason.

Solo me abrazó.

—Bienvenida a casa.

Y aquellas tres palabras hicieron más por mí que todas las promesas de mi boda.

Dos días después entré en las oficinas de Aurora International.

Mi madre había fundado la compañía quince años atrás. Lo que comenzó como una pequeña distribuidora textil se había convertido en un grupo internacional de moda, publicidad y diseño.

Durante años quiso que trabajara con ella.

Yo siempre respondía lo mismo:

—Mason está construyendo su carrera. No puedo irme ahora.

Había rechazado Londres.

Milán.

Sídney.

Incluso había cedido silenciosamente algunos de mis diseños a proyectos vinculados con él.

Ahora mi madre dejó una carpeta delante de mí.

—El consejo aprobó tu nombramiento.

En la portada decía:

AVA REED
DIRECTORA CREATIVA GLOBAL

Respiré profundamente.

—Acepto.


Mason tardó cuarenta y ocho horas en comprender que no regresaría.

Primero llegaron correos.

“Ava, deja de comportarte como una niña.”

Después:

“Cancelaré el viaje con Sienna si eso te tranquiliza.”

Horas más tarde:

“Contéstame.”

Finalmente:

“¿Dónde estás?”

No respondí.

Entonces comenzaron las llamadas desde números desconocidos.

Bloqueé todos.

Una semana después recibí un correo diferente.

“Regresé antes del viaje. Sienna está furiosa. ¿Ya estás satisfecha?”

Lo eliminé.

Seguía sin entender.

Creía que el problema era Sienna.

No comprendía que el problema era él.


Tres meses después, Aurora International celebró su reunión anual de socios en Melbourne.

Yo estaba revisando una presentación cuando mi asistente entró.

—Hay una delegación estadounidense esperando.

—¿De qué empresa?

Pronunció el nombre.

Me quedé quieta.

Era la agencia donde Mason trabajaba como director de estrategia.

Entonces recordé algo.

Aurora financiaba desde hacía dos años varios proyectos de aquella compañía.

Mi madre nunca había intervenido directamente.

Yo tampoco sabía hasta qué punto dependían de nosotros.

—¿Quién dirige la delegación?

Mi asistente consultó la tablet.

—Mason Carter.

Sonreí.

—Que entren.

Cinco minutos después se abrió la puerta.

Mason entró hablando con dos ejecutivos.

—Estamos convencidos de que la renovación del contrato…

Me vio.

La frase murió.

Yo llevaba un traje negro diseñado por mí.

En la pantalla detrás de mi asiento aparecía mi nombre y cargo.

Mason se quedó pálido.

—Ava.

Uno de sus compañeros lo miró sorprendido.

—¿Conoces a la directora Reed?

Me levanté.

—Nos conocemos.

Nada más.

Mason continuó mirándome.

—¿Directora?

—Siéntense, por favor.

La reunión comenzó.

Durante cuarenta minutos fui únicamente profesional.

Revisamos cifras.

Campañas.

Resultados.

Y finalmente llegamos al contrato.

La agencia de Mason solicitaba renovar una financiación importante.

Cerré la carpeta.

—Aurora no continuará bajo las condiciones actuales.

Mason reaccionó.

—¿Esto es personal?

La sala quedó en silencio.

Lo miré directamente.

—No.

Deslicé el informe hacia él.

—Su empresa incumplió tres objetivos consecutivos. Los costes aumentaron un veintidós por ciento y el proyecto liderado por usted perdió dos clientes estratégicos.

Sus compañeros bajaron la mirada.

—Si quiere discutir nuestra relación personal —continué—, puede hacerlo fuera de esta sala.

Mason apretó la mandíbula.

Por primera vez no podía llamarme dramática.

Los números estaban delante de todos.

Al terminar, esperó hasta que saliera el último ejecutivo.

Entonces cerró la puerta.

—¿Por qué nunca me dijiste quién era tu madre?

—Nunca preguntaste.

—Sabías que Aurora trabajaba con nosotros.

—Sabía que había inversiones. No conocía los detalles.

Se acercó.

—Regresa conmigo.

Lo miré sorprendida.

—¿Perdón?

—Cometí un error.

—Cancelaste nuestra luna de miel para viajar con otra mujer.

—No pasó nada entre Sienna y yo.

—Nunca dije que pasara.

Eso lo desconcertó.

—Entonces ¿por qué?

—Porque no necesitabas acostarte con ella para humillarme.

Guardó silencio.

—Le diste mi viaje.

—Me ocultaste la cancelación.

—Te burlaste de mí con tus amigos.

—Y decidiste que herirme serviría para “corregir mi carácter”.

Cada frase borraba un poco más de su seguridad.

—Ava… cancelé aquel viaje.

—Tres días tarde.

—Me alejé de Sienna.

—Años tarde.

Entonces dijo:

—Podemos registrar el matrimonio aquí.

Me reí.

No pude evitarlo.

Mason parecía genuinamente herido.

—¿Qué tiene de gracioso?

—Que todavía crees que aquello era una negociación.

Me acerqué a la puerta.

—No existe ningún matrimonio que registrar.

—Hubo una boda.

—Hubo una ceremonia.

Lo miré.

—Tú mismo te aseguraste de mantener abierta la salida.

Su rostro perdió el color.

Por fin comprendió la ironía.

La puerta que había dejado abierta por si algún día quería elegir a Sienna era exactamente la puerta por la que yo había salido.


Más tarde descubrí qué había ocurrido después de mi partida.

Sienna creyó que finalmente había ganado.

Intentó convertir aquel viaje en algo romántico.

Mason se negó.

Discutieron.

Y durante la pelea ella le gritó:

—¡La dejaste por mí! ¡No finjas ahora que Ava era importante!

Aquella frase terminó una amistad de veinte años.

Pero ya no era asunto mío.

Seis meses después, Aurora firmó con otra agencia.

Mason perdió la dirección del proyecto.

No porque yo pidiera que lo castigaran.

Simplemente dejó de recibir la protección indirecta que durante años había llegado a su carrera a través de mis contactos y mis diseños.

La última vez que lo vi fue en una exposición en Sídney.

Se acercó solo.

—Ahora entiendo por qué te fuiste.

—Me alegro.

—Si aquella noche hubiera corrido detrás del ascensor…

Negué suavemente.

—No fue aquella noche, Mason.

Él guardó silencio.

—Fueron años.

Miró mi mano vacía.

—¿Nunca vamos a tener otra oportunidad?

Sonreí.

—Ya tuviste muchas.

Me alejé.

Durante mucho tiempo creí que perder a Mason significaría perder la vida que había construido.

Resultó ser exactamente lo contrario.

Él canceló nuestra luna de miel para enseñarme una lección.

Y terminó enseñándome la única que realmente necesitaba:

nunca debía abandonar mi propio destino para convertirme en una opción dentro del de otra persona.

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