La puerta se abrió lentamente.
James estaba allí.
No llevaba la expresión fría del comandante que todos conocían.
Parecía un hombre que acababa de escuchar una sentencia.
—¿Diez años? —preguntó.
No respondí.
—¿Qué misión es esa?
Miré el techo.
—Una misión clasificada.
—Maya, soy tu esposo.
—Todavía.
Esa palabra lo hizo retroceder.
—¿Presentaste el divorcio?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace seis días.
James se quedó inmóvil.
Durante unos segundos, solo se escuchó el ruido lejano de los carros del hospital.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Lo miré.
—Porque durante años me enseñaste que mis sentimientos no eran importantes.
Su rostro cambió.
—Eso no es cierto.
—¿No?
Me incorporé lentamente.
—Cuando Ethan murió, elegiste proteger a Olivia.
—Fue un accidente.
—Cuando lloré, dijiste que debía ser fuerte.
James bajó la mirada.
—Cuando necesitaba que fueras mi esposo, siempre encontrabas una razón para ser su comandante, su protector o su hermano.
Sus manos se cerraron.
—Maya…
—Y ahora que finalmente dejé de pedirte algo, apareces.
No pudo responder.
Entonces su teléfono vibró.
James miró la pantalla.
Era Olivia.
La rechazó.
Volvió a sonar.
La rechazó otra vez.
—No voy a ir —murmuró.
Lo miré con indiferencia.
—Deberías.
—No.
Por primera vez, su voz sonó desesperada.
—Esta vez me quedo contigo.
Casi sonreí.
—Ya es demasiado tarde.
James dio un paso hacia mi cama.
—Puedo cambiar.
—Yo también.
Él se quedó quieto.
—¿Qué quieres decir?
Miré mi expediente militar.
—Antes quería que me amaras.
Cerré la carpeta.
—Ahora solo quiero desaparecer de tu vida.
En ese momento entró un oficial de inteligencia.
Se detuvo al ver a James.
—Consejera Reed, tenemos autorización para trasladarla mañana.
James palideció.
—¿Mañana?
El oficial asintió.
—La identidad de la agente quedará eliminada de todos los registros públicos durante la operación.
James me miró como si acabara de perder el suelo bajo los pies.
—¿Ni siquiera podré contactarte?
—No.
—¿Y si regreso cuando termine?
Lo miré por última vez.
—Para entonces, comandante Walker, probablemente ya no recordaré por qué alguna vez quise que regresaras.
El oficial cerró la carpeta.
James permaneció junto a la puerta.
No me pidió que cancelara la misión.
No me pidió que perdonara a Olivia.
Solo susurró:
—Maya… no sabía que podías dejar de amarme así.
Bajé los ojos.
—Yo tampoco.
A la mañana siguiente, mientras un vehículo militar esperaba frente al hospital, James recibió un último documento.
El certificado de divorcio.
Lo leyó en silencio.

Y solo entonces comprendió que aquella mujer que había pasado años esperándolo ya no existía.
Pero había algo que ninguno de los dos sabía.
La misión Caza del Zorro no tenía nada que ver con Olivia.
Y el verdadero objetivo de la operación llevaba seis años escondido dentro de la propia unidad de James.