…ya no estaba esperándolo.
Ethan dio un paso hacia mí.
—Vivian.
Alexander se volvió ligeramente.
—General Lu.
Dos palabras bastaron para detenerlo.
Ethan apretó la mandíbula.
—Quiero hablar con ella a solas.
—No —respondí.
Todos me miraron.
En nuestra primera vida, jamás le había negado una conversación.
Esta vez no necesitaba escuchar nada.
Serena soltó una pequeña risa.
—Hermana, Ethan solo está preocupado por ti. Después de todo, compartiste muchos años con él…
Alexander frunció el ceño.
Ella se detuvo.
Nadie allí sabía de qué estaba hablando.
Excepto Ethan y yo.
Lo miré.
—Serena, tu esposo está aquí. Mi prometido también. No veo qué conversación privada necesitamos.
La palabra esposo hizo que Ethan palideciera.
Quizá por fin estaba entendiendo la diferencia entre nuestras dos vidas.
En la anterior, él eligió quedarse conmigo mientras amaba a Serena.
En esta, había conseguido exactamente lo que deseaba.
Entonces, ¿por qué me miraba así?
Mi padre intentó cambiar de tema.
—Vivian, entra. Hablaremos también de algunas pertenencias familiares.
Miré el collar de Serena.
—Buena idea.
Su mano subió inmediatamente hasta las perlas.
—Este collar, por ejemplo.
Mi padre se tensó.
Serena sonrió.
—Mamá dijo que como yo me casé primero…
—La abuela me lo dejó por escrito.
Alexander sacó una carpeta de su vehículo.
—La señora Shen me pidió que recuperara varios objetos antes de nuestra boda. Revisé el inventario sucesorio.
Serena perdió el color.
No era solo el collar.
Durante mi ausencia habían repartido joyas, inversiones y dos propiedades que mi abuela había dejado expresamente a mi nombre.
Creyeron que, como siempre, yo cedería.
No lo hice.
Aquella misma semana recuperé legalmente cada cosa.
Mi padre me llamó desagradecida.
Serena lloró.
Ethan apareció solo frente a mi residencia.
—Has cambiado.
—Sí.
—Antes nunca peleabas por estas cosas.
—Antes desperdicié una vida entera aceptando lo que otros decidían por mí.
Su expresión se quebró.
—¿Fuiste infeliz conmigo?
La pregunta me sorprendió.
Pensé en nuestros hijos.
En las cenas tranquilas.
En los cincuenta años durante los cuales él cumplió perfectamente cada obligación.
—No siempre.
Respondí con sinceridad.
—Pero ser una buena esposa para un hombre cuyo corazón pertenecía a otra persona terminó cansándome.
Ethan bajó los ojos.
—Mis últimas palabras…
—Eran la verdad.
—Vivian, yo también te quise.
Negué suavemente.
—Quizá.
—Entonces dame otra oportunidad.
Lo miré fijamente.
—¿Y Serena?
No respondió.
Ahí estaba otra vez.
El mismo hombre.
Solo que ahora yo podía reconocerlo.
—Regresa con tu esposa, Ethan.
—Esta vida te dio exactamente lo que pediste al morir.
Su rostro se volvió blanco.
—No vuelvas a convertirla en una tragedia porque ahora descubriste que también podías perderme.
Tres meses después me casé con Alexander.
Ethan no asistió.
Serena sí.
Permaneció al fondo durante toda la ceremonia.
Y cuando Alexander colocó el anillo en mi mano, comprendí finalmente qué había cambiado entre mis dos vidas.
No era Ethan.
Ni Serena.
Era yo.
La primera vez pasé cincuenta años intentando merecer el corazón de un hombre que miraba hacia otro lugar.
La segunda no desperdicié ni un día.

Porque volver a vivir no significaba recuperar lo que había perdido.
Significaba tener, por fin, el valor de no elegirlo otra vez.