Aquella noche, Shen Youhe no recogió los platos rotos.
Tampoco discutió conmigo.
Entró en el dormitorio, sacó una maleta pequeña y comenzó a guardar ropa.
La seguí.
—¿Qué haces?
—Me voy.
Sentí un vacío extraño en el pecho.
—¿Por una cena?
Ella dejó de doblar una camisa.
Me miró.
—No me voy por una cena.
—Entonces, ¿por qué?
Su expresión fue tan cansada que me incomodó.
—Porque llevo tres años viviendo como una intrusa en mi propio matrimonio.
No respondí.
Ella continuó:
—Tu madre controla tu salario.
—Tu madre decide cuánto podemos gastar.
—Tu madre decide qué compramos.
—Tu madre entra en casa sin avisar y revisa la nevera para comprobar si “malgasto” dinero.
Cada frase me golpeaba con una verdad que yo había elegido ignorar.
—Cuando necesito comprar zapatos, me pregunta por qué no puedo seguir usando los viejos.
—Cuando quiero visitar a mis padres, dice que el tren cuesta demasiado.
—Cuando estoy enferma, me dice que las medicinas son caras.
Tragó saliva.
—Y tú siempre respondes lo mismo.
Ya sabía cuál era la frase antes de que la pronunciara.
—“Mi madre quiere lo mejor para nosotros”.
Bajé la mirada.
—Youhe…
—Hoy tiraste la cena al suelo.
Su voz siguió siendo tranquila.
—Una cena que preparé contando monedas para que no faltara comida hasta final de mes.
Señaló la maleta.
—Ya no puedo vivir así.
Intenté sujetarla del brazo.
Ella retrocedió.
—No me toques.
Aquella reacción me dejó inmóvil.
Shen Youhe tomó su bolso.
—Mañana volveré por el resto de mis cosas.
—¿Y adónde vas?
—A casa de mi hermana.
—Podemos hablar.
—Llevamos tres años hablando.
Caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió.
—Jingchuan, si de verdad quieres saber por qué nuestro matrimonio terminó, no me preguntes a mí.
Hizo una pausa.
—Pregunta dónde están tus salarios.
La puerta se cerró.
Durante varios minutos permanecí en medio del salón.
El olor de la sopa derramada seguía en el aire.
Miré los platos rotos.
Por primera vez no vi una mala cena.
Vi veintiséis yuanes con seis céntimos.
Saqué el teléfono.
Llamé a mi madre.
Contestó enseguida.
—Jingchuan, ¿ya cenaste?
—Mamá, necesito preguntarte algo.
—Dime.
—¿Cuánto dinero tienes ahorrado de mi salario?
Silencio.
Muy breve.
Pero lo escuché.
—¿Por qué preguntas eso de repente?
—Quiero saberlo.
—Todo está bien guardado.
—¿Cuánto?
—¿Qué importancia tiene la cifra exacta?
Sentí que algo se tensaba dentro de mí.
—Gano sesenta y tres mil al mes.
—Sí.
—Te he transferido casi todo durante tres años.
—Sí.
—Entonces dime cuánto hay.
Mi madre se irritó.
—¿Shen Youhe te dijo algo?
Cerré los ojos.
Ahí estaba.
Ni siquiera había mencionado a mi esposa.
—No cambies de tema.
—Esa mujer lleva tiempo queriendo controlar tu dinero.
—Mamá.
Mi voz salió más fría.
—Quiero ver las cuentas.
Ella colgó.
Me quedé mirando la pantalla.
Cinco minutos después volvió a llamar.
No contesté.
Abrí la aplicación bancaria.
Busqué transferencias.
Al principio me mareé con las cifras.
Sesenta y tres mil cada mes.
Después de gastos automáticos, casi cincuenta mil terminaban en la cuenta de mi madre.
Treinta y seis meses.
Más de un millón y medio de yuanes.
Y eso sin contar bonos.
Me levanté de golpe.
Conduje hasta casa de mis padres.
Mi madre abrió la puerta con expresión sombría.
—¿Qué te dijo esa mujer?
Entré.
—Quiero las libretas.
—¿Qué libretas?
—Las del dinero que ahorraste.
Mi padre apareció desde el dormitorio.
Evitó mirarme.
Aquello fue suficiente para que el miedo se instalara en mi estómago.
—Papá.
No respondió.
—¿Dónde está mi dinero?
Mi madre se puso delante.
—Somos una familia. ¿Por qué hablas como si te hubiéramos robado?
—Porque no respondes.
—Lo utilizamos para cosas necesarias.
—¿Qué cosas?
Silencio.
Golpeé la mesa.
—¡¿Qué cosas?!
Mi padre finalmente habló.
—Tu hermano compró un apartamento.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Necesitaba una entrada.
Sentí que la habitación se inclinaba.
—¿Cuánto?
Mi madre respondió:
—Seiscientos mil.
La miré.
—¿De mi dinero?
—Es tu hermano.
No podía creer lo que escuchaba.
—¿Qué más?
Nadie habló.
—He preguntado qué más.
Mi padre suspiró.
—Tu tío abrió un restaurante.
—Doscientos mil.
—¿Qué más?
Mi madre empezó a llorar.
—Jingchuan, no seas así.
—¿Qué más?
—Tu prima necesitaba dinero para estudiar en el extranjero.
—Ciento cincuenta mil.
Solté una risa.
No porque tuviera gracia.
Porque ya no sabía qué otra reacción tener.
—¿Y los ahorros?
Mi madre evitó mis ojos.
—Quedan unos ciento ochenta mil.
Me apoyé en la mesa.
Más de un millón y medio.
Quedaban ciento ochenta mil.
Todo el aire abandonó mis pulmones.
Entonces pensé en Shen Youhe regateando verduras.
En sus zapatos gastados.
En las veces que rechazó salir a cenar porque “prefería comer en casa”.
Yo creía que era frugal.
Ahora entendía que estaba sobreviviendo con ochocientos yuanes al mes mientras mi salario financiaba apartamentos, restaurantes y estudios de otras personas.
—¿Por qué le dabas solo ochocientos?
Mi madre levantó la barbilla.
—Porque una mujer con demasiado dinero cambia.
La miré fijamente.
—¿Qué?
—Si tenía suficiente para comer, ¿qué más necesitaba?
Sentí náuseas.
—Era mi esposa.
—Precisamente. Si de verdad te quería, no necesitaba tu dinero.
Aquella frase terminó de destruir algo en mí.
—No.
Mi voz salió baja.
—Si yo realmente la quería, debí haberme asegurado de que nunca tuviera que pedirlo.
Mi madre se quedó callada.
Salí.
Conduje directamente a casa de la hermana de Youhe.
Ella abrió la puerta.
—No quiere verte.
—Solo cinco minutos.
—Jingchuan…
—Por favor.
Shen Youhe apareció detrás.
Llevaba ropa sencilla y tenía el cabello recogido.
Parecía agotada.
Pero también parecía más tranquila que en nuestra casa.
Eso dolió.
—Ya sé lo del dinero.
No mostró sorpresa.
—¿Cuánto queda?
—Ciento ochenta mil.
Sus labios se curvaron apenas.
—Más de lo que imaginaba.
La miré.
—¿Lo sabías?
—Sabía que no estaba ahorrado.
—¿Cómo?
—Una vez tu madre dejó abierto un mensaje bancario.
—¿Y no me dijiste?
—Te dije que revisaras las cuentas.
Recordé vagamente aquella discusión.
Yo había respondido:
“¿Por qué desconfías tanto de mi madre?”
Sentí vergüenza.
—Lo siento.
Youhe bajó la mirada.
—No vine aquí para escuchar eso.
—Puedo arreglarlo.
—No.
—Haré que devuelvan el dinero.
—No se trata solo del dinero.
—Entonces dime qué puedo hacer.
Finalmente me miró.
—Nada.
Aquella palabra me asustó más que cualquier grito.
—Te pedí durante tres años que fueras mi marido.
—No el hijo de tu madre.
—No el cajero automático de toda tu familia.
—Mi marido.
Respiró profundamente.
—Ya no quiero esperar.
Una semana después recibí los papeles del divorcio.
No los firmé inmediatamente.
Durante un mes intenté demostrar que podía cambiar.
Recuperé el control de mi salario.
Exigí a mi hermano firmar un acuerdo de devolución.
Hice lo mismo con mi tío.
Mi madre dejó de hablarme durante semanas.
No me importó.
Pero Youhe no regresó.
Cuando finalmente nos reunimos con los abogados, coloqué una tarjeta bancaria frente a ella.
—Aquí hay trescientos mil.
Frunció el ceño.
—¿Qué es?
—Lo que debería haberte dado durante estos años.
Negó.
—No quiero compensación.
—No es para comprarte.
—Entonces guárdalo.
Me dolió.
Pero comprendí.
Firmé.
Después del divorcio, aprendí cosas ridículas.
Cuánto costaba realmente llenar una nevera.
Cuánto aceite se utilizaba en un mes.
Cuánto tiempo llevaba limpiar una cocina después de trabajar doce horas.
La primera vez que intenté vivir con ochocientos yuanes para alimentación, no llegué ni al día veinte.
Me senté frente a una bolsa vacía de arroz y pensé en todas las veces que había criticado su comida.
Lloré.
No por perderla.
Por entender demasiado tarde lo que le había hecho.
Un año después me encontré con Shen Youhe por casualidad.
Salía de un supermercado.
Llevaba flores y una bolsa llena de fruta.
Parecía bien.
—Youhe.
Se detuvo.
—Jingchuan.
—¿Cómo estás?
—Bien.
Miré sus compras y sonreí tristemente.
—Ahora sé cuánto cuestan las costillas.
Ella me observó durante un segundo.
Después también sonrió.
—Más de cuarenta por medio kilo.
—Sí.
Hubo silencio.

—Mi madre ya no administra nada mío —dije.
—Me alegro.
—Mi hermano ha empezado a devolverme el dinero.
—Bien.
—Y cocino.
Eso la sorprendió.
—¿De verdad?
—Muy mal.
Soltó una pequeña risa.
Fue suficiente.
No intenté pedirle que volviera.
Había aprendido al menos eso.
Algunas disculpas sirven para cerrar una herida.
No para recuperar lo que perdiste.
Nos despedimos.
Aquella noche preparé arroz, verduras y un poco de carne.
La cena costó setenta y ocho yuanes.
Me senté solo frente a la mesa.
Durante años pensé que mi salario de sesenta y tres mil yuanes me convertía en el pilar de la familia.
La verdad era exactamente la contraria.
Yo ganaba mucho dinero.
Pero no sabía proteger a la persona que compartía mi vida.
Mi madre administró mis cuentas.
Mi familia gastó mis ahorros.
Pero fui yo quien permitió que sucediera.
Y mientras todos disfrutaban del dinero que yo creía estar guardando para nuestro futuro, Shen Youhe aprendía a convertir veintiséis yuanes con seis céntimos en tres comidas.
Cuando finalmente descubrí la verdad, ya sabía perfectamente dónde había ido mi salario.
Lo único que nunca pude recuperar fue a la mujer que había pagado el precio más alto por mi ceguera.