PARTE 2: CUANDO EL MAR LA DEVOLVIÓ

No sé cuánto tiempo permanecí junto a Adrian.

Tal vez minutos.

Tal vez horas.

Para un espíritu, el tiempo no funciona igual.

Solo sabía que Celeste estaba sonriendo mientras él levantaba una copa.

—Por nuestra nueva familia.

Los invitados aplaudieron.

Yo miré el espacio vacío junto a ellos.

Allí debería haber estado Mila.

Entonces el teléfono del asistente vibró.

Contestó.

Su rostro cambió.

—¿Está seguro?

Se alejó unos pasos.

—¿Dónde?

Adrian lo vio.

—¿Qué pasa?

—Señor Wolfe…

El asistente miró a Celeste.

—Necesito hablar con usted en privado.

—Habla.

El hombre tragó saliva.

—Encontraron a la señorita Emma.

Por primera vez Adrian perdió la sonrisa.

—¿Dónde está?

—En la costa.

Silencio.

—Un equipo de rescate la encontró después de que un pescador avisara a emergencias.

Adrian dejó lentamente su copa.

—Entonces tráela.

Su asistente no se movió.

—Señor…

—He dicho que la traigas.

—No puede venir.

Algo cambió en los ojos de Adrian.

—¿Por qué?

Nadie respondió inmediatamente.

Entonces el asistente dijo:

—Está en el hospital.

Adrian salió de la boda todavía vestido de novio.

Celeste corrió detrás.

Yo fui arrastrada con él.

Cuando llegamos, había policías, médicos y personal de emergencias.

Adrian exigió verme.

Un médico lo detuvo.

—La paciente fue recuperada del agua y continúa inconsciente. Estamos intentando estabilizarla.

Me quedé inmóvil.

¿Paciente?

Miré mis manos transparentes.

Después miré hacia la puerta.

Mi cuerpo seguía vivo.

El sistema apareció por primera vez desde el mar.

—Anomalía detectada.

—Dijiste que sería definitivo.

—Lo era.

—Entonces ¿por qué sigo aquí?

No respondió.

Adrian sí obtuvo permiso para entrar.

Yo atravesé la puerta detrás de él.

Y allí estaba.

Yo.

Pálida.

Inmóvil.

Con máquinas haciendo por mí lo que mi cuerpo todavía no podía hacer solo.

Adrian se quedó paralizado.

Luego vio la pequeña urna recuperada conmigo.

Tenía grabado un nombre.

MILA WOLFE.

Su expresión se quebró.

—¿Por qué estaba con esto?

El médico lo miró confundido.

—¿No lo sabía?

—¿Saber qué?

—La paciente llevaba la urna abrazada cuando fue encontrada.

Adrian retrocedió.

Por primera vez pronunció el nombre de nuestra hija.

—Mila…

Como si acabara de recordar que había existido.

Celeste apareció detrás de él.

—Adrian, vámonos. Estamos en medio de nuestra boda.

Él no reaccionó.

Miraba la urna.

—¿Dónde estaban las cosas de Emma?

Un policía entregó una bolsa transparente.

Dentro estaban mi teléfono y una carta protegida por una funda.

Adrian reconoció su nombre.

Abrió la carta.

Solo había unas pocas líneas.

No era una despedida.

Era una autorización legal que había preparado días antes.

Todo lo relacionado con Mila quedaba fuera del alcance de Adrian.

Sus recuerdos.

Sus fotografías.

Sus pertenencias.

Incluso el pequeño fondo que yo había creado para ella.

Nada sería entregado a la familia Wolfe.

Adrian levantó la vista.

—¿Por qué hizo esto?

Yo quería gritarle.

Porque ya no confiaba en ti.

Pero nadie podía escucharme.

Entonces llegó otra persona.

La doctora Helen Shaw.

Había participado en la atención de Mila.

Al ver a Adrian, su expresión se endureció.

—Necesitamos hablar.

—Ahora no.

—Precisamente ahora.

Sacó una carpeta.

—Usted lleva meses diciendo que lo ocurrido con Mila fue inevitable.

Adrian la miró.

—Los médicos dijeron que no había alternativa.

—No.

Helen abrió el expediente.

—Algunos dijeron eso. Yo no.

Celeste palideció.

Yo me acerqué.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Adrian.

Helen colocó varios documentos frente a él.

Había existido otra opción para Leo.

Más lenta.

Más complicada.

Pero disponible.

La intervención que terminó poniendo a Mila en riesgo no había sido la única salida.

Adrian miró a Celeste.

—Tú dijiste que Leo moriría si esperábamos.

—Eso me dijeron.

—¿Quién?

Celeste no respondió.

Helen sí.

—La solicitud para acelerar el procedimiento llegó acompañada de una declaración firmada por usted, señor Wolfe.

Adrian se quedó helado.

—Yo no firmé eso.

—Lleva su firma.

—Yo jamás vi ese documento.

La boda dejó de importar.

La policía pidió copias.

El hospital abrió una revisión.

Y Adrian permaneció sentado fuera de mi habitación hasta el amanecer.

Celeste se marchó sola.

Tres días después desperté.

Pero yo seguía fuera de mi cuerpo.

Podía verme abrir los ojos.

Podía ver a Adrian levantarse de golpe.

—Emma.

Mi cuerpo lo miró.

Sin amor.

Sin odio.

Como a un desconocido.

Entonces escuché al sistema.

—Transferencia incompleta.

—¿Qué significa?

—Tu cuerpo sobrevivió. Pero tu vínculo con este mundo no se ha restaurado por completo.

Miré a aquella Emma en la cama.

—Entonces ¿quién está ahí?

El sistema tardó demasiado en responder.

—Tú.

Sentí miedo por primera vez.

—Eso es imposible.

—Una parte regresó. Otra permanece aquí.

Adrian se acercó a la cama.

—Emma, perdóname.

Mi cuerpo cerró los ojos.

Después pronunció tres palabras:

—Quiero el divorcio.

Adrian se derrumbó.

No gritó.

No discutió.

Simplemente entendió.

Yo había sobrevivido.

Pero la mujer que había pasado siete vidas intentando conseguir su amor ya no existía.

Y entonces el sistema volvió a hablar.

—Nueva condición detectada.

—¿Cuál?

—La misión nunca consistió en conseguir que Adrian Wolfe te amara.

Todo dentro de mí quedó inmóvil.

—¿Qué?

Frente a mí apareció una línea que jamás había visto durante mis siete vidas.

OBJETIVO REAL: EMMA DEBE ELEGIR VIVIR SIN ÉL.

Miré mi cuerpo.

Miré a Adrian.

Después miré la urna de Mila.

Había pasado siete vidas creyendo que mi libertad dependía de conseguir el amor de aquel hombre.

La séptima vez hice exactamente lo contrario.

Renuncié a él.

Y quizá por eso el mar me había devuelto.

El sistema habló una última vez.

—Objetivo cumplido.

La habitación se llenó de luz.

Y mientras mi espíritu regresaba finalmente hacia el único cuerpo que siempre debí aprender a salvar, escuché a Adrian llorar mi nombre.

Esta vez no me giré.

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