Lucas regresó a la villa a las once y veinte de la noche.
Había dejado a Nina en su apartamento.
Durante todo el trayecto de regreso ni siquiera abrió mi mensaje.
Pensaba que encontraría la cena preparada.
Las luces encendidas.
Y a mí esperando, como siempre.
Pero la casa estaba extrañamente silenciosa.
—¿Clara?
Nadie respondió.
Subió al dormitorio.
Entonces vio las tres hojas sobre la mesa de noche.
ACUERDO DE DIVORCIO.
Debajo estaba mi firma.
Lucas permaneció inmóvil.
Luego sacó el teléfono y finalmente leyó mi mensaje.
Una vez.
Dos.
Tres veces.
Su expresión cambió al llegar a la frase sobre las novecientas noventa y nueve rosas.
—¿Ella sabía?
El señor Grant estaba detrás de él.
—La señora sabía muchas cosas, joven amo.
Lucas levantó la mirada.
—¿Dónde está?
—Se marchó.
—¿Adónde?
—No me lo dijo.
Lucas abrió el armario.
Mi lado estaba casi vacío.
Entonces vio algo peor.
Sobre una mesa había varias cajas perfectamente ordenadas.
Cartier.
Hermès.
Van Cleef.
Todo lo que él había comprado durante cuatro años.
Ni siquiera había abierto algunas.
Lucas revisó frenéticamente los cajones.
También encontró la tarjeta bancaria donde depositaba dinero cada mes.
La llevó al banco al día siguiente.
El empleado consultó la cuenta.
—Señor Hawthorne, prácticamente no existen movimientos.
Lucas frunció el ceño.
—¿Cuánto gastó?
—Casi nada.
Aquello lo golpeó de una manera inesperada.
Durante años había supuesto que yo permanecía con él por la vida que podía ofrecerme.
Pero yo había dejado atrás su dinero.
Sus joyas.
Su apellido.
Todo.
Y entonces empezó a recordar cosas que nunca había considerado importantes.
Mi cumpleaños olvidado.
La cirugía.
Las cenas frías.
Las noches esperando.
Cada recuerdo tenía la misma característica.
Yo estaba sola.
Lucas regresó a casa y encontró al señor Grant retirando una taza del comedor.
—¿Por qué nunca me dijiste que Clara estaba así?
El anciano lo miró sorprendido.
—¿Decirle qué?
—Que era infeliz.
El señor Grant guardó silencio.
Después respondió:
—Porque pensé que un esposo no necesitaba que un empleado le explicara cuándo su mujer estaba llorando.
Lucas no volvió a preguntar.
Durante los días siguientes empezó a buscarme.
Primero llamó a mis antiguos compañeros.
Después a conocidos.
Incluso preguntó a personas con las que yo no hablaba desde hacía años.
Nada.
Yo había desaparecido.
Mientras tanto, en Southport, alquilé una habitación pequeña cerca del mar.
Conseguí trabajo en una editorial.
El sueldo era mucho menor que el dinero que había alrededor de mí como señora Hawthorne.
Pero el primer día, cuando terminé mi jornada, mi jefa dijo:
—Buen trabajo, Clara. Nos vemos mañana.
Dos frases sencillas.
Sentí ganas de llorar.
Nadie me había dicho “buen trabajo” en años.
Pasaron tres meses.
Compré plantas para el balcón.
Aprendí a caminar junto al mar por las mañanas.
Hice amigos que me conocían simplemente como Clara.
Entonces, una tarde, salí de la oficina y vi un automóvil negro estacionado enfrente.
Lucas estaba apoyado contra la puerta.
Parecía cansado.
—Finalmente te encontré.
Lo miré sin detenerme.
—Nunca estuve perdida.
Lucas me siguió.
—No firmé el divorcio.
—Entonces lo resolverán los abogados.
—Clara.
Me detuve.
Por primera vez, su voz no sonaba fría.
—Nina y yo no estamos juntos.
Casi me dio risa.
—Eso ya no importa.
—Fui al aeropuerto porque…
—Lucas.
Lo interrumpí.
—Ese siempre fue nuestro problema. Tú creías que mi dolor necesitaba una explicación para ser válido.
Se quedó callado.
—¿Sabes qué hice el día de mi apendicitis? —pregunté.
Su rostro cambió.
—Firmé sola por si algo salía mal.
Lucas bajó lentamente los ojos.
—Clara…
—¿Y sabes qué pensé antes de entrar al quirófano?
Negó.
—Que si moría, probablemente te enterarías después de terminar tu reunión.
No respondió.
Ya no había respuesta posible.
Entonces Lucas dijo algo que habría dado cualquier cosa por escuchar años atrás.
—Lo siento.
Lo miré.
Y descubrí que aquellas palabras ya no tenían poder sobre mí.
—Te creo.
Levantó la cabeza, sorprendido.
—Pero perdonarte no significa regresar.
Pasé junto a él.
Esta vez no intentó detenerme.
Seis meses después, el divorcio quedó finalizado.
El día que recibí la confirmación, compré un pequeño pastel.
Era absurdo.
Pero quise celebrar.
Encendí una vela frente al mar.
No celebraba haber dejado de amar a Lucas.
Celebraba haber dejado de abandonarme a mí misma por amarlo.
Aquella noche recibí un último mensaje suyo:
“Feliz aniversario, Clara. Esta vez sí lo recordé.”
Miré la fecha.
Era nuestro quinto aniversario.
Sonreí con tristeza.

Después eliminé el mensaje.
Porque Lucas finalmente había aprendido a recordar.
Solo que yo ya había aprendido algo mucho más importante:
a no esperar.