Ethan me agarró del brazo.
—Transfiere el dinero de vuelta. Ahora.
Me solté.
—No puedo.
—¿Qué significa que no puedes?
—Está en un fondo bloqueado durante tres años.
El silencio fue absoluto.
Chloe dejó lentamente su copa.
Mi suegra palideció.
—¿Metiste seis millones en una inversión sin consultar a tu esposo?
La miré.
—¿Y Ethan intentó gastar casi cuatro millones sin consultar a su esposa?
La agente inmobiliaria fingió revisar unos documentos.
Las amigas de Chloe ya habían dejado de grabar.
Ethan bajó la voz.
—Natalie, salgamos. Hablaremos en casa.
—Podemos hablar aquí. Aquí intentaste gastar mi dinero.
Entonces Chloe explotó.
—¡Pero me prometieron esa casa!
Me giré hacia ella.
—¿Quién?
Señaló a Ethan.
—¡Mi hermano!
—Entonces cóbrasela a tu hermano.
Su rostro se volvió rojo.
Mi suegra golpeó la mesa.
—¡Ese dinero entró a nuestra familia cuando te casaste!
—No. Entró a mi cuenta antes del matrimonio y sigue siendo mío.
Ethan cerró los ojos.
Parecía calcular algo.
Y aquello me inquietó más que sus gritos.
—¿Cuándo vence exactamente el fondo?
—Dentro de tres años.
—¿No existe ninguna forma de retirarlo antes?
—No.
Entonces ocurrió algo extraño.
Mi suegra se sentó.
Chloe dejó de protestar.
Y Ethan murmuró:
—Estamos acabados.
Lo miré.
—¿Quiénes?
No respondió.
Pero Claire había tenido razón desde el principio.
Aquella noche la llamé.
Dos días después, su abogado revisó nuestras finanzas.
Lo que encontró cambió completamente la historia.
Ethan tenía deudas que yo desconocía.
Había pedido préstamos personales.
Había utilizado nuestro automóvil como garantía.
Y, peor aún, tres meses antes había firmado un compromiso privado prometiendo pagar parte del apartamento de Chloe.
Si incumplía, debía devolver una cantidad considerable más penalizaciones.
—¿Por qué prometerías algo así? —le pregunté aquella noche.
Ethan finalmente confesó.
Su madre llevaba años presumiendo ante sus familiares de que su hijo se había casado con una mujer cuya familia había entregado una dote millonaria.
Cuando Chloe quiso el apartamento, todos asumieron que yo lo pagaría.
Ethan no quiso admitir que jamás había tenido control sobre mi dinero.
Así que prometió la casa.
—Pensé que terminarías aceptando.
Aquella frase terminó nuestro matrimonio.
No había pensado que yo estaría de acuerdo.
Había pensado que podía obligarme.
Saqué una carpeta.
—Entonces firma.
Ethan la abrió.
Era la solicitud de divorcio.
Su rostro cambió.
—¿Vas a divorciarte por dinero?
Negué.
—Por dinero no.
Señalé la tarjeta que había robado de mi cartera.
—Por creer que podías tomarlo.
El divorcio tardó meses.
El apartamento nunca se compró.
Chloe borró sus publicaciones sobre su “futuro hogar”.
Mi suegra pasó de llamarme egoísta a pedirme que reconsiderara porque las deudas de Ethan comenzaban a alcanzarlo.
No lo hice.
Tres años después, el fondo venció.
Los 6.200.000 yuanes seguían allí, junto con los rendimientos acumulados.
Claire me acompañó al banco.
Cuando el empleado preguntó qué quería hacer con el dinero, sonreí.
—Reinvertirlo.
Claire soltó una carcajada.
—¿Todo?
Miré aquella cifra que una familia entera había considerado suya antes incluso de tocarla.
—Todo.
Porque al final mi dote sí terminó comprándome algo.
No una casa para Chloe.

Mi libertad.