A las siete de la mañana, cuando mi tren todavía avanzaba lejos de Shanghái, tenía veintitrés llamadas perdidas.
No contesté ninguna.
El primer mensaje de Elena decía:
“Mia no deja de llorar.”
El segundo:
“Marcos tiene que trabajar y yo también.”
Después llegó uno de Marcos:
“Ya entendimos tu punto. Regresa y olvidamos los tres mil.”
Me quedé mirando aquella frase.
“Olvidamos.”
Como si estuvieran perdonándome ellos a mí.
Apagué el teléfono.
Cuando llegué a casa, mi madre abrió la puerta y se quedó paralizada al verme con las maletas.
No tuve que explicarle demasiado.
Solo preguntó:
—¿Te cobraban por comer mientras cuidabas gratis a su hija?
Asentí.
Mi madre cerró los ojos.
—Entonces quédate aquí.
Esa tarde llamé a mi antigua jefa.
Por suerte, una empleada acababa de marcharse.
Tres días después estaba trabajando otra vez.
Mientras tanto, en Shanghái comenzó el desastre.
Elena pidió dos días libres.
Después contrató una niñera.
La primera cobraba nueve mil quinientos yuanes mensuales y se negó a cocinar.
La segunda pedía once mil si además debía limpiar.
La tercera aceptó por diez mil, pero solo hasta las seis de la tarde.
Entonces Marcos descubrió algo extraordinario:
la comida tampoco aparecía mágicamente en la mesa.
Una semana después me llamó.
Esta vez contesté.
—Lina, hagamos cuentas racionalmente.
Casi sonreí.
—Adelante.
—La niñera cuesta diez mil. La limpieza otros dos mil. Y estamos gastando muchísimo en comida preparada.
—Qué caro es Shanghái.
Silencio.
Reconoció inmediatamente sus propias palabras.
—Puedes volver —dijo—. Ya no tendrás que pagar los tres mil.
—No.
—¿Entonces cuánto quieres?
Aquella pregunta me sorprendió.
Después de tres meses, finalmente había entendido que mi tiempo tenía valor.
—Nada.
—¿Nada?
—No quiero trabajar para ustedes.
Su tono cambió.
—¡Pero Mia te necesita!
—Mia necesita padres que organicen su propia vida.
Colgué.
Dos semanas después, Elena apareció en casa de mi madre.
Venía sola.
Tenía ojeras profundas.
Se sentó frente a mí y empezó a llorar.
—Perdóname.
Esta vez no añadió excusas.
No habló de presión.
No defendió a Marcos.
Solo dijo:
—Me acostumbré tanto a que resolvieras todo que dejé de ver lo que estabas sacrificando.
Eso sí lo escuché.
—Te perdono —respondí—. Pero no voy a regresar.
Levantó la cabeza.
—¿Ni por Mia?
—Voy a seguir siendo su tía. No su niñera gratuita.
Elena asintió lentamente.
Meses después recuperé mi apartamento y conseguí un puesto mejor en otra tienda.
Volví a tener salario.
Horarios.
Fines de semana.
Una vida que no giraba alrededor de solucionar los problemas ajenos.
Marcos nunca se disculpó.
Pero tampoco volvió a pedirme que regresara.
La última vez que Elena mencionó el tema, me contó que entre guardería, limpieza y comida estaban gastando más de doce mil yuanes mensuales.
Me reí.
—Qué curioso.
—¿Qué?
—Yo les costaba cero y todavía les parecía demasiado.

Aquella noche en Shanghái, Marcos creyó que tres mil yuanes era el precio de mi comida.
Se equivocó.
Fue el precio que pagó por enseñarme cuánto valía mi ausencia.