Durante la semana siguiente dejé de hacer todo lo que Daniel había aprendido a considerar normal.
No pregunté cuándo volvería.
No preparé sopa.
No revisé sus medicamentos.
No escribí a sus amigos.
Si salía con Teresa, simplemente decía:
—Que lo pases bien.
Al principio pareció encantado.
Después empezó a inquietarse.
Una noche llegó antes de las nueve.
Me encontró guardando documentos en una carpeta.
—¿Qué haces?
—Trabajo.
—¿No vas a preguntarme dónde estuve?
—No.
Daniel se quedó mirándome.
—Luna, estás rara.
Cerré la carpeta.
—Estoy cansada.
Dos días después, mi traslado al extranjero fue aprobado.
Tenía tres semanas para marcharme.
Esa misma tarde Teresa apareció en nuestra casa.
—Daniel dice que últimamente estás distante —comentó con aquella dulzura que siempre me había irritado—. No deberías castigarlo solo porque me ayudó cuando estaba enferma.
La miré.
—No estoy castigando a nadie.
—Entonces, ¿qué estás haciendo?
—Dejando de competir.
Su sonrisa desapareció.
Daniel llegó justo entonces.
Teresa corrió hacia él y empezó a explicarle que yo había sido fría.
Antes habría discutido.
Esta vez recogí mi bolso.
—Tengo una cita.
Daniel me siguió hasta la puerta.
—¿Con quién?
Casi sonreí.
Ahora era él quien preguntaba.
—Es personal.
La cita era con una abogada.
Cuando regresé, Daniel estaba esperándome.
—Llamé a tu oficina.
Silencio.
—Me dijeron que solicitaste un traslado.
Asentí.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿Y yo?
Aquella pregunta resumía nuestro matrimonio.
Siempre él.
Saqué dos sobres.
El primero contenía los documentos de separación.
El segundo, el informe del hospital.
Daniel abrió este último.
Leyó una línea.
Luego otra.
Su rostro perdió el color.
—Luna…
No respondí.
—¿Ese día…?
Asentí.
Daniel se dejó caer en una silla.
—¿Por qué no me llamaste?
Lo miré durante varios segundos.
—Te llamé.
Entonces recordó.
Mi mensaje.
Mi tobillo.
Su cena.
Teresa.
El hospital.
Todo.
—Yo no sabía…
—Exactamente.
Intentó acercarse.
Retrocedí.
—No quiero tus disculpas porque ahora conoces las consecuencias. Necesitaba que te importara cuando todavía no las conocías.
Tres semanas después subí sola al avión.
Daniel llamó hasta el último momento.
No contesté.
Meses más tarde supe por amigos comunes que él y Teresa habían intentado estar juntos.
No funcionó.
Quizá porque algunas historias parecen perfectas mientras existe una tercera persona a quien culpar.
Yo, en cambio, empecé desde cero.
Nuevo país.
Nuevo puesto.
Nuevo apartamento.
Una noche, mientras caminaba de regreso a casa después del trabajo, recibí otro mensaje de Daniel:

“Todavía sigo esperando que vuelvas.”
Lo borré.
Durante años pensé que amar significaba vigilar para que alguien no se alejara.
Finalmente entendí algo mucho más sencillo:
cuando tuve que dejar de perseguirlo para descubrir si me elegiría, ya tenía mi respuesta.