PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE PERSEGUIRLO, ADRIÁN DESCUBRIÓ QUIÉN HABÍA ESTADO ESPERANDO A QUIÉN

A las cuatro de la tarde entré en su despacho.

Adrián había marcado siete páginas de la propuesta.

—Siéntate.

Lo hice.

Durante veinte minutos hablamos únicamente de la fusión.

Cuando terminé de tomar notas, cerré la carpeta.

—¿Algo más, señor Bae?

—Sí.

Levantó la mirada.

—¿Quién es Zhou?

Casi sonreí.

—¿Eso afecta a la fusión?

—Estoy preguntando.

—Y yo no tengo obligación de responder preguntas personales a mi director general.

Su mandíbula se tensó.

Seis años atrás habría aprovechado aquella mínima señal de celos para acercarme.

Ahora me levanté.

—Si no hay nada más, tengo trabajo.

—Clara.

Me detuve.

—¿Realmente vas a esa cita?

—Sí.

—Hace dos noches estabas conmigo.

—Precisamente. Fue una despedida.

Su rostro se volvió completamente frío.

—Puedes irte.

Salí.


Dos días después conocí a Alexander Zhou.

No hubo flechazo.

Tampoco lo esperaba.

Fue educado, divertido y, sobre todo, escuchaba.

Cuando mencioné que trabajaba en fusiones internacionales, preguntó por mi carrera.

Cuando hablé, no miró el teléfono.

Una conversación normal.

Extrañamente, después de seis años, aquello parecía extraordinario.

Al terminar la cena encontré doce llamadas perdidas.

Adrián.

Lo llamé pensando que había ocurrido algo en la empresa.

Respondió inmediatamente.

—¿Dónde estás?

—¿Qué emergencia ocurrió?

Silencio.

—Te hice una pregunta.

—Y yo otra.

—¿Estás con Zhou?

Colgué.

Cinco minutos después apareció frente al restaurante.

No pregunté cómo me había encontrado.

Alexander acababa de marcharse.

Adrián bajó del coche.

—Sube.

—No.

Pareció desconcertado.

Quizá porque durante seis años siempre había terminado subiendo.

—Tenemos que hablar.

—Mañana, en la oficina.

—No como director general.

Lo miré.

—Entonces no tenemos nada que hablar.

Aquello finalmente rompió algo.

—¿Seis años y puedes borrarme así?

Me quedé quieta.

—Adrián, tú mismo dijiste que nunca fuimos pareja.

—Sabes perfectamente lo que había entre nosotros.

—Sí.

—Entonces deja de actuar como si no hubiera significado nada.

Solté una pequeña risa.

—Qué curioso.

Ahora era él quien necesitaba ponerle nombre.

—Durante seis años acepté tus mensajes de una palabra, tus silencios y esa frase de que “faltaba poco”. Nunca pregunté cuánto significaba poco.

Lo miré directamente.

—Pero resulta que poco duró seis años.

Adrián no respondió.

Me fui.


La semana siguiente entregué mi renuncia.

No por él.

Había aceptado meses atrás una oferta para dirigir el departamento jurídico de otra compañía.

Adrián recibió la carta durante una reunión.

Entró en mi oficina diez minutos después.

—Retírala.

—No.

—Te duplicaré el salario.

—No es dinero.

—Entonces dime qué quieres.

Por primera vez, aquella pregunta llegó demasiado tarde.

—Una vida que no dependa de cuándo tú decidas que finalmente soy suficiente.

Su expresión cambió.

—Nunca dije que no fueras suficiente.

—Tampoco dijiste que me querías.

Silencio.

Eso bastó.


Mi último día encontré una pequeña caja sobre el escritorio.

Dentro había un teléfono antiguo.

El que Adrián utilizaba seis años atrás.

Encima había una nota:

“Mira los borradores.”

No quería hacerlo.

Pero lo hice.

Había decenas de mensajes nunca enviados.

“¿Llegaste a casa?”

“Hoy estabas preciosa.”

“Mi madre volvió a preguntar por ti.”

“Dame un poco más de tiempo.”

Y uno fechado dos años atrás:

“Cuando resuelva lo de mi familia, quiero pedirte que te quedes oficialmente.”

Cerré el teléfono.

Adrián apareció en la puerta.

—Nunca supe decir las cosas.

—Lo sé.

—Pero estaban ahí.

—No, Adrián.

Le devolví el teléfono.

—Estaban aquí dentro.

Toqué el aparato.

—Yo estaba afuera esperando.

Sus ojos se enrojecieron.

—¿Ya es demasiado tarde?

Pensé en los seis años anteriores.

Después pensé en mí.

—Sí.

No porque jamás hubiera sentido nada.

Precisamente porque había sentido demasiado durante demasiado tiempo.

Tomé mi caja y caminé hacia el ascensor.

Esta vez Adrián sí bajó la cabeza.

Sí intentó convencerme.

Sí pronunció todas aquellas palabras que durante años había guardado.

Pero descubrimos juntos la crueldad del tiempo:

decir finalmente lo correcto no significa que todavía exista alguien esperando escucharlo.

Las puertas se cerraron entre nosotros.

Y por primera vez en seis años, no fui yo quien se quedó mirando cómo Adrián se alejaba.

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