A las dos de la tarde, Shen Mingze entró en la sala de reuniones convencido de que aquel sería el mejor día de su carrera.
Su empresa llevaba seis meses compitiendo por un proyecto valorado en más de 600 millones de yuanes.
Si conseguía cerrar el contrato, el consejo ya le había prometido el puesto de vicepresidente.
Mingze había preparado incluso el discurso con el que pensaba celebrarlo aquella noche con Jingrou.
Pero al entrar, encontró a todos los directivos en silencio.
Su jefe dejó una carpeta sobre la mesa.
—Estamos fuera.
Mingze se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Grupo Zhao rechazó nuestra propuesta.
—Eso es imposible. Técnicamente somos los mejores candidatos.
—No fue una decisión técnica.
El director lo miró fijamente.
—La orden vino directamente del presidente Zhao.
Mingze frunció el ceño.
—¿Presidente Zhao?
Nunca lo había visto.
Para empleados de su nivel, aquel hombre era poco más que una firma al final de documentos importantes.
Entonces la secretaria encendió la pantalla de la sala.
Apareció una fotografía corporativa.
Mingze dejó de respirar.
Era yo.
El hombre al que la noche anterior había llamado “empleado normal”.
El hermano del que Jingrou se avergonzaba.
Debajo de mi fotografía aparecía:
ZHAO WENXUAN
FUNDADOR Y PRESIDENTE EJECUTIVO
—No…
Su teléfono comenzó a sonar.
Jingrou.
Contestó inmediatamente.
—Mingze, ¿puedes prestarme dinero? Mi hermano hizo algo con mis tarjetas.
Mingze cerró los ojos.
—Jingrou.
—¿Qué?
—¿A qué se dedica exactamente tu hermano?
Ella rio.
—¿Wenxuan? Trabaja en una empresa. Nunca habla mucho de eso.
—¿En qué empresa?
—No sé. ¿Por qué?
Mingze miró nuevamente mi fotografía.
—Porque acaba de costarme el ascenso.
Esa noche Jingrou apareció en mi oficina.
Por primera vez no llevaba su automóvil.
La empresa de leasing lo había recuperado aquella tarde.
Entró sin llamar.
—¿Estás loco?
Mi asistente quiso detenerla.
Le indiqué que la dejara pasar.
Jingrou arrojó su tarjeta sobre mi escritorio.
—¡Me humillaste delante de todo el mundo!
Miré la tarjeta.
—Fue rechazada.
—¡Precisamente!
—Porque es mía.
Se quedó callada.
Abrí un cajón.
Saqué una carpeta.
La puse delante de ella.
Ocho años.
Matrículas.
Alquileres.
Viajes.
Seguros.
Vehículos.
Tarjetas.
Cursos internacionales.
Gastos personales.
Cada transferencia estaba registrada.
Jingrou pasó varias páginas.
Su expresión fue cambiando.
—¿Todo esto…?
—Lo pagué yo.
—¿De dónde sacaste tanto dinero?
La miré.
—Trabajando.
—Pero tú…
Se interrumpió.
Probablemente iba a decir:
“No eres capaz.”
Entonces miró alrededor de mi oficina.
Las ventanas ocupaban toda una pared.
Abajo, la ciudad parecía diminuta.
Finalmente vio la placa sobre mi escritorio.
PRESIDENTE ZHAO WENXUAN.
Su rostro perdió color.
—¿Esta empresa es tuya?
—Parte de ella.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque quería que estudiaras para construir tu propia vida.
Me incliné hacia atrás.
—No para que aprendieras a despreciar a quien la financiaba.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Solo estaba bromeando.
—No.
Negué lentamente.
—Estabas hablando delante de nuestros padres y de tu novio. Pensabas que yo estaba por debajo de ustedes.
Jingrou bajó la mirada.
—Devuélveme la tarjeta.
—No.
Levantó la cabeza.
—¿Y el apartamento?
—Págalo tú.
—¡Estoy haciendo un doctorado!
—Precisamente.
La miré con calma.
—Dijiste que tu talento y tu ambición fueron los que te llevaron hasta allí.
—Ahora podrás demostrarlo.
Su rostro se endureció.
—¿Vas a destruir mi futuro por una cena?
—No.
Empujé la carpeta hacia ella.
—Dejar de financiarte no significa destruirte.
—Significa que tu futuro vuelve a ser responsabilidad tuya.
No encontró respuesta.
Entonces la puerta volvió a abrirse.
Mingze apareció.
Había venido detrás de ella.
Pero no me miró con arrogancia aquella vez.
—Presidente Zhao…
Jingrou giró bruscamente.
—¿Presidente?
Mingze palideció.
Yo entendí inmediatamente.
Ya lo sabía.
—Sobre la licitación… —comenzó.
Levanté una mano.
—No hablaremos de negocios fuera del procedimiento formal.
—Pero nuestra propuesta era la mejor.
—Entonces su empresa puede presentar una solicitud de revisión por los canales correspondientes.
Mingze apretó los dientes.
—¿Esto es por Jingrou?
—Esto es porque durante la revisión final aparecieron riesgos que requieren evaluación independiente.
Hice una pausa.
—No mezclo asuntos familiares con contratos.
Aquello pareció desconcertarlo más que cualquier amenaza.
Jingrou lo miró.
—¿Qué licitación?
Mingze guardó silencio.
—¡Mingze!
Finalmente respondió:
—El proyecto que iba a conseguirme la vicepresidencia pertenece al grupo de tu hermano.
La expresión de Jingrou se desmoronó.
Por primera vez comprendió algo.
El hombre al que había utilizado para hacerme sentir pequeño…
llevaba meses intentando hacer negocios conmigo.
Los meses siguientes fueron diferentes.
Jingrou tuvo que mudarse a un apartamento más pequeño.
Vendió varias cosas que sí le pertenecían.
Comenzó a trabajar algunas horas dentro de su universidad.
Y descubrió cuánto costaban realmente las cosas que durante ocho años aparecían mágicamente cuando las necesitaba.
No disfruté viéndola pasar dificultades.
Era mi hermana.
Precisamente por eso no volví a rescatarla.
Seis meses después recibí una transferencia.
3.200 yuanes.
Concepto:
“Primera devolución.”
Después llegó un mensaje.
“Sé que tardaré años.”
“Pero quiero empezar.”
Miré la pantalla durante mucho tiempo.
No necesitaba aquel dinero.
Nunca lo había necesitado.
Pero no se lo devolví.
Porque quizá aquellos 3.200 yuanes eran los primeros que realmente significaban algo.
Respondí únicamente:
“Recibido.”
Un minuto después llegó otro mensaje.
“Y hermano…”
“Gracias por aquellos ocho años.”
Esta vez sonreí.

Mi hermana había necesitado perder la tarjeta, el automóvil y el apartamento para comprender una verdad bastante sencilla:
Yo nunca había pagado sus estudios porque ese fuera mi único mérito.
Lo había hecho porque era mi hermana.
Y el día que confundió mi amor con una obligación, dejé de pagar para que finalmente aprendiera cuánto valía.