Adrián no respondió.
Por primera vez, parecía no saber qué decir.
—¿De verdad quieres divorciarte? —preguntó finalmente.
Lo miré con calma.
—Tú me lo pediste tres veces.
—Pero…
—Esta vez soy yo quien lo pide.
Se quedó inmóvil.
Durante los días siguientes, algo extraño ocurrió.
Adrián empezó a volver temprano a casa.
Dejó de viajar sin avisar.
Canceló varias cenas.
Incluso comenzó a preguntarme si había comido.
Al principio pensé que solo era culpa.
Hasta que una noche entró en la cocina y encontró mis cajas junto a la puerta.
—¿Qué es eso?
—Mis cosas.
—¿Te vas?
—Sí.
Su rostro cambió.
—¿Adónde?
—Ya firmé el contrato de un departamento.
Adrián se acercó a la caja más cercana.
—No tienes que irte.
Solté una pequeña risa.
—Esta es tu casa.
—Nunca dije que quisiera que te fueras.
Lo miré directamente.
—No necesitabas decirlo. Lo dijiste durante años de otras maneras.
Él bajó la mirada.
Entonces su teléfono vibró.
Clara.
Esta vez Adrián ni siquiera miró la pantalla.
La apagó.
—No voy a contestar.
—Haz lo que quieras.
—Valeria.
Me detuve.
Su voz sonaba diferente.
Más baja.
—¿Qué tendría que hacer para que te quedaras?
No respondí inmediatamente.
Porque la mujer que había esperado esa pregunta durante años habría dado una respuesta.
Habría dicho: “Ámame”.
Habría dicho: “Elígeme”.
Habría dicho: “Déjala”.
Pero esa mujer ya no estaba allí.
—Nada —respondí.
Adrián palideció.
—¿Nada?
—No quiero que hagas nada por miedo a perderme.
Cogí mi bolso.
—Quiero irme sabiendo que esta decisión es mía.
Pasé junto a él.
Cuando llegué a la puerta, escuché su voz detrás de mí.
—Valeria, espera.
Me giré.
Adrián tenía el teléfono en la mano.
La pantalla mostraba un mensaje recién llegado.
Pero no era de Clara.
Era de su abogado.
Adrián leyó el mensaje y su expresión cambió por completo.
—¿Qué pasó? —pregunté.
No respondió.
Solo levantó lentamente la mirada hacia mí.
—El divorcio que firmaste…
Hizo una pausa.
—No puede tramitarse.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
Adrián tragó saliva.
—Porque alguien presentó documentos antes que nosotros.

Y entonces me mostró el nombre que aparecía en la pantalla.
No era el suyo.
Era el mío.