PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE ESPERARLO

No aparté la muñeca de inmediato.

Solo bajé la mirada hacia la mano de Lucas.

—Suéltame.

Su expresión se endureció.

—¿Por qué pediste el traslado sin decírmelo?

Levanté los ojos.

En mi vida anterior, habría interpretado aquella pregunta como preocupación.

Ahora sabía distinguir entre amor y control.

—Porque no necesito tu permiso.

Lucas apretó ligeramente los dedos.

—Soy tu esposo.

Casi sonreí.

Qué curioso.

Durante seis años había evitado pronunciar esas palabras frente a cualquiera.

Ahora, cuando yo quería marcharme, finalmente recordaba nuestro matrimonio.

—No aquí —respondí—. Aquí soy solo la doctora Varela que desperdicia su tiempo persiguiéndote.

Lucas permaneció inmóvil.

Solté mi brazo de su mano.

—Eso fue lo que acabas de decir delante de todos, comandante.

—Elena, sabes por qué no podemos hacer público nuestro matrimonio.

—Lo sé.

Di un paso atrás.

—Pero esconder un matrimonio y permitir que humillen a tu esposa son cosas diferentes.

Por primera vez vi una grieta en su expresión.

—Nunca permití que nadie te humillara.

—Entonces debes haber estado mirando hacia otro lado durante seis años.

Lucas abrió la boca.

No le di tiempo.

—Mi traslado será efectivo en diez días.

—Cancélalo.

Su voz recuperó ese tono de orden que hacía obedecer a cientos de soldados.

En otro tiempo también me habría hecho obedecer a mí.

—No.

Sus ojos se oscurecieron.

—Elena.

—No soy uno de tus subordinados.

Pasé junto a él.

Aquella noche regresé al apartamento donde habíamos vivido como dos extraños.

Lucas llegó pasada la medianoche.

Yo estaba guardando mis libros en cajas.

Se quedó en la puerta.

—¿De verdad vas a irte?

—Sí.

—¿Por una frase?

Seguí doblando mi uniforme.

—No me voy por una frase.

—Entonces explícame.

Me detuve.

—¿Quieres una lista?

Lo miré.

—Cuando tus compañeros insinuaban que Valentina era tu prometida, callabas.

—Cuando se burlaban de mí, callabas.

—Cuando ella ocupaba tu lugar en ceremonias familiares, callabas.

—Cuando me pedías que mantuviéramos nuestro matrimonio en secreto, acepté porque pensé que me estabas protegiendo.

Respiré lentamente.

—Pero solo estabas protegiendo tu comodidad.

Lucas frunció el ceño.

—Valentina y yo no tenemos nada.

—Eso ya no me importa.

Aquellas palabras parecieron afectarlo más que cualquier acusación.

—¿Cómo que no te importa?

—Exactamente eso.

Cerré la caja.

—Puedes casarte con ella mañana si quieres.

—Elena.

—Estoy cansada.

No era una mentira.

Había estado cansada durante dos vidas.

A la mañana siguiente fui directamente al departamento jurídico de la base.

Entregué una solicitud de disolución matrimonial.

Como nuestra unión nunca había sido anunciada públicamente, el procedimiento podía manejarse de manera confidencial.

Firmé sin temblar.

Cuando salí, Valentina estaba esperándome en el corredor.

—Doctora Varela.

La miré.

—¿Necesitas algo?

Sonrió con elegancia.

—Solo quería decirte que no deberías tomar demasiado en serio lo de anoche.

—Lucas a veces habla con dureza.

—Lo sé.

Mi tranquilidad pareció molestarla.

—Él y yo crecimos juntos.

—También lo sé.

—Nuestras familias siempre pensaron que terminaríamos juntos.

—Entonces felicidades.

La sonrisa desapareció.

—¿No estás celosa?

—No.

Me acerqué un poco.

—Y eso es exactamente lo que debería preocuparte.

La dejé allí.

Durante los siguientes días no busqué a Lucas.

No preparé su café.

No revisé si había comido.

No esperé sus llamadas después de las misiones.

No dejé encendida la lámpara del salón cuando regresaba tarde.

Al principio no dijo nada.

Después comenzaron los mensajes.

“¿Dónde estás?”

“¿Comiste?”

“Hoy no volviste al apartamento.”

“Tenemos que hablar.”

Los respondía únicamente cuando estaban relacionados con asuntos militares.

La séptima noche, Lucas llegó al hospital.

Yo acababa de terminar una cirugía de emergencia.

Cuando salí del vestuario lo encontré esperando junto a la puerta.

—Llevas tres días durmiendo aquí.

—Tenemos pacientes.

—Antes siempre regresabas a casa.

—Antes hacía muchas cosas que ya no hago.

Me tendió un sobre.

Reconocí inmediatamente mi solicitud de divorcio.

—Retírala.

—No.

—No voy a firmar.

—No necesito que lo hagas eternamente.

Su mandíbula se tensó.

—¿De verdad quieres terminar seis años de matrimonio así?

Lo miré durante unos segundos.

—Lucas, tú terminaste nuestro matrimonio cada vez que decidiste que era más fácil fingir que yo no existía.

Se quedó en silencio.

Entonces apareció un oficial corriendo por el pasillo.

—Comandante Ferrer, tenemos una emergencia.

Un barco civil había perdido comunicación cerca de una zona marítima peligrosa.

Mi cuerpo se congeló.

Era la misma ruta.

La misma fecha.

El mismo incidente que, en mi vida anterior, terminaría con mi muerte.

Lucas tomó inmediatamente el comunicador.

—Movilicen la unidad de rescate.

El oficial dudó.

—Señor, esta noche tiene la función de ópera con la delegación diplomática.

Valentina.

Exactamente igual que antes.

Lucas me miró.

Yo no dije nada.

Ya no esperaba nada de él.

—Cancele la función —ordenó.

El oficial parpadeó.

—¿Señor?

—He dicho que la cancele.

Lucas se marchó rápidamente.

Me quedé inmóvil en mitad del pasillo.

Aquello no había ocurrido en mi primera vida.

Entonces él había elegido la ópera.

Esta vez eligió el rescate.

Pero ya era demasiado tarde para que ese gesto significara algo para mí.

El barco fue encontrado cuatro horas después.

Veintisiete personas regresaron con vida.

Al amanecer, Lucas volvió empapado y agotado.

Me encontró saliendo del hospital.

—Elena.

Me detuve.

—Todos sobrevivieron —dijo.

—Me alegro.

Pareció esperar algo más.

No había nada.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

Lucas me observó como si finalmente empezara a comprender que la mujer frente a él ya no era la misma.

—Antes habrías esperado despierta hasta que regresara.

—Antes pensaba que mi vida giraba alrededor de ti.

Seguí caminando.

Tres días después recibí la aprobación definitiva de mi traslado.

Ese mismo día, Lucas recibió la notificación del divorcio.

Entró en mi oficina sin tocar.

—¿Ya estaba decidido desde aquella noche?

—Sí.

—¿Ni siquiera pensabas decírmelo?

Levanté la mirada desde mi escritorio.

—Te estoy ofreciendo exactamente lo que me diste durante seis años.

—¿Qué?

—Distancia.

Lucas apretó el documento.

—No quiero divorciarme.

—Yo sí.

—Puedo cambiar.

Sentí una tristeza tranquila.

En otra vida habría dado cualquier cosa por escuchar esas palabras.

Ahora no significaban nada.

—Tal vez puedas.

Me puse de pie.

—Pero no tienes que cambiar por mí.

—Elena…

—Aprende a ser mejor para ti mismo.

Tomé mi bolso.

—Nuestra historia terminó.

El día de mi partida, media base acudió al muelle.

Había trabajado allí casi ocho años.

Enfermeros, médicos y soldados vinieron a despedirse.

Lucas no apareció.

No me sorprendió.

Subí al barco.

Cuando estaban a punto de retirar la pasarela, escuché mi nombre.

—¡Elena!

Giré.

Lucas corría hacia el muelle.

Sin uniforme ceremonial.

Sin Valentina.

Sin aquella frialdad impecable que siempre llevaba como una armadura.

Se detuvo frente a la pasarela.

—No te vayas.

Algunas personas comenzaron a mirar.

En el pasado yo habría soñado con aquel momento.

Lucas Ferrer reconociéndome delante de todos.

Pero había llegado demasiado tarde.

—¿Con qué derecho me lo pides?

Respiró con dificultad.

Después dijo, lo bastante alto para que todos escucharan:

—Porque eres mi esposa.

El muelle entero quedó en silencio.

Vi sorpresa.

Confusión.

Personas intercambiando miradas.

Durante seis años había esperado aquellas cuatro palabras.

Ahora solo sentí calma.

Saqué el sobre que llevaba en mi bolso.

Dentro estaba nuestro certificado de matrimonio.

Lo coloqué en sus manos.

—Fui tu esposa.

Después puse encima la resolución de divorcio.

—Ahora ya no.

Lucas palideció.

La bocina del barco sonó.

Di un paso hacia atrás.

—Adiós, comandante Ferrer.

La pasarela comenzó a levantarse.

Él permaneció en el muelle, sujetando los dos documentos.

Uno demostraba que durante seis años habíamos estado unidos.

El otro demostraba que finalmente había aprendido a dejarlo ir.

Mientras el barco se alejaba, no miré atrás.

Porque en mi primera vida había muerto esperando que Lucas me eligiera.

En esta segunda vida había descubierto algo mucho más importante.

No necesitaba que él me eligiera.

Por fin me había elegido a mí misma.

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