A las nueve de la mañana, Daniel seguía llamándome desde números diferentes.
No contesté ninguno.
A las diez apareció el primero que sí me interesaba.
Mi abogado.
—Emily, los Carter acaban de comunicarse con nosotros.
Sonreí.
—¿Ya?
—Daniel quiere saber si piensas cancelar formalmente la boda.
—No hay boda que cancelar. Nunca firmamos nada.
Hubo una breve pausa.
—Hay otra cosa. Su madre afirma que parte del dinero invertido en tu empresa tecnológica pertenece a Daniel porque fueron pareja durante tres años.
Aquello sí me hizo reír.
—Invertí quince años antes de conocerlo.
—Lo sé. Tenemos toda la documentación.
Perfecto.
Pero Daniel todavía no entendía lo peor.
Durante los últimos dos años, su empresa familiar, Carter Development, había intentado conseguir financiación para un enorme proyecto inmobiliario.
Y el fondo que estaba estudiando entrar en la operación pertenecía precisamente al grupo que acababa de invertir en mi compañía.
Yo no controlaba aquel fondo.
Pero esa mañana tenía programada una reunión con varios de sus socios.
Una reunión que Daniel conocía perfectamente.
Solo que jamás imaginó que yo estaría sentada al otro lado de la mesa.
A las once entré en la sala de juntas.
Quince minutos después, las puertas volvieron a abrirse.
Daniel apareció acompañado por su padre.
Se detuvo en seco.
—Emily…
Su padre miró mi traje, después la carpeta frente a mí.
—¿Qué haces aquí?
Uno de los inversores respondió antes que yo.
—La señorita Bennett es una de nuestras participantes estratégicas en esta reunión.
Daniel palideció.
Su padre parecía no comprender.
Entonces comenzaron las presentaciones.
Cuando mencionaron mi participación del 15% en la tecnológica y su valoración después de la última ronda, Daniel dejó de mirarme como a la mujer que había abandonado su apartamento.
Empezó a mirarme como a alguien a quien jamás había conocido.
Durante años se había burlado de mis inversiones.
Ahora necesitaba convencer a personas que las respetaban.
Terminada la reunión, Daniel me alcanzó en el pasillo.
—¿Todo esto es por los 120.000?
Me giré.
Seguía sin entender.
—No.
—Entonces podemos solucionarlo. Mi madre se equivocó. Te daremos los 120.000 completos.
Lo miré durante unos segundos.
—Daniel, podrías ofrecerme un millón y seguiría diciendo que no.
Su expresión se quebró.
—¡Entonces dime qué quieres!
—Nada tuyo.
Eso fue lo que finalmente lo silenció.
Saqué del bolso el anillo de compromiso y lo puse en su mano.
—No me fui porque redujeras una cifra.
Cerré sus dedos alrededor del anillo.
—Me fui porque esperaste hasta veinticuatro horas antes de nuestra boda para comprobar cuánto podía humillarme el miedo a quedarme sola.
Pasé junto a él.
—Y calculaste mal.
Semanas después, Carter Development consiguió financiación por otra vía. Yo no intenté destruir su empresa ni utilizar mi dinero para vengarme.

No hacía falta.
Mi victoria había ocurrido aquella madrugada, cuando doce cajas salieron de su apartamento.
Daniel pensó que rebajar 120.000 a 12.000 me obligaría a demostrar cuánto deseaba casarme con él.
En realidad, me hizo comprender cuánto deseaba no hacerlo.
Y aquella fue la inversión más rentable de toda mi vida.