Damian regresó a casa esa noche esperando encontrar las luces encendidas.
No las encontró.
—¿Iris?
Nadie respondió.
Sienna salió de la cocina.
—¿Todavía no ha vuelto?
Damian frunció el ceño.
—¿Quién?
—Tu esposa.
Aquella palabra le produjo una extraña incomodidad.
Subió las escaleras.
Abrió nuestro dormitorio.
El armario estaba casi vacío.
La caja de joyas intacta.
El reloj seguía sobre el mueble.
Pero Iris había desaparecido.
—¿Dónde está?
Sienna negó con la cabeza.
—Pensé que estaba contigo.
Damian tomó su teléfono.
Me llamó.
Número inexistente.
Volvió a llamar.
Nada.
Por primera vez, su rostro perdió color.
—¿Cuándo la viste por última vez?
—Ayer por la noche.
—¿Y qué te dijo?
Sienna bajó la mirada.
—Nada.
Damian se acercó al escritorio.
Entonces vio algo que no había notado antes.
Una carpeta.
La abrió.
Dentro estaban los registros financieros de los últimos ocho años.
Tres empresas.
Siete cuentas.
Doce contratos.
Y una lista de nombres que Damian conocía demasiado bien.
Todos sus negocios habían pasado por las manos de Iris en algún momento.
Todos.
Debajo de los documentos había una nota escrita con su letra:
“Lo que construí contigo no significa que te pertenezca.”
Damian se quedó inmóvil.
Entonces entró uno de sus hombres.
—Señor Cole.
—Habla.
—Tenemos un problema en el puerto.
—¿Qué problema?
El hombre tragó saliva.
—Cinco de sus principales socios acaban de cancelar sus contratos.
Damian levantó lentamente la cabeza.
—¿Por qué?
—Dicen que solo negociarán con la señora Reed.
El silencio fue absoluto.
Damian miró nuevamente la nota.
Por primera vez comprendió que durante ocho años no había estado protegiendo a Iris.
Había estado dependiendo de ella.
Y ahora ella se había ido.
Pero todavía no sabía lo peor.
En el puerto, un barco acababa de salir de Harbor City.
Y en una de las cabinas, Iris abrió un nuevo pasaporte.

El nombre que aparecía en la primera página no era Iris Reed.
Era el nombre de la mujer que Damian Cole jamás había conocido.