PARTE 2: CUANDO ABRIERON LAS PUERTAS, YA NO HABÍA NOVIA

—¡Olivia!

La voz de Adrian resonó por toda la entrada del Hotel Beaumont.

Mi automóvil ya había avanzado varios metros.

No me giré.

No porque no lo hubiera escuchado.

Sino porque llevaba cinco horas escuchándolo decir, sin verme, exactamente quién era.


El silencio que quedó frente al hotel era insoportable.

Setenta y dos baúles seguían alineados bajo el sol.

Los periodistas no entendían qué estaba ocurriendo.

Uno de ellos fue el primero en reaccionar.

—¿Se acaba de cancelar la boda?

Las cámaras comenzaron a grabar.

Adrian caminó apresuradamente hasta el borde de la escalinata.

—¡Olivia!

Esta vez sí bajé la ventanilla.

Lo miré por primera vez en todo el día.

—¿Qué?

Él apretó la mandíbula.

—¿Qué significa este espectáculo?

Sonreí con tranquilidad.

—Cinco horas.

Él frunció el ceño.

—¿Y?

—Ese era mi límite.

—No seas ridícula.

Miré el reloj.

—Cinco horas, dos minutos.

Respiré despacio.

—Llegaste tarde.


Vanessa apareció a su lado.

Seguía sosteniendo una taza de café.

Todavía sonreía.

—Olivia…

Su voz sonaba dulce.

—No hace falta exagerar por un pequeño retraso.

Los murmullos comenzaron inmediatamente.

Pequeño retraso.

Cinco horas.

Bajo cuarenta grados.

Con toda la ciudad mirando.

Sentí lástima.

No por mí.

Por ella.

Porque todavía creía que aquello era una victoria.


Adrian dio dos pasos más.

—Sube.

Hablaba como si estuviera dando una orden a una empleada.

—La ceremonia empezará en diez minutos.

Negué con suavidad.

—No.

—Los invitados ya están aquí.

—Lo sé.

—Los contratos están preparados.

—También lo sé.

Su paciencia empezó a romperse.

—Olivia.

No puedes cancelar una boda por un simple capricho.

Lo observé unos segundos.

Después abrí completamente la puerta del automóvil.

Bajé.

Todo el mundo volvió a guardar silencio.

Caminé despacio hasta quedar frente a él.

Éramos la única pareja de novios en la historia de Harbor City separada por una alfombra roja… sin intención de recorrerla.

—¿Capricho?

Saqué el teléfono.

Pulsé reproducir.

La voz de Vanessa inundó la entrada del hotel.

—Adrian… ¿de verdad no vas a salir a recibirla?

Después llegó la respuesta de Adrian.

—Déjala esperar.

Los periodistas dejaron de respirar.

La grabación continuó.

—¿Qué importa si la familia Prescott se traga un poco de vergüenza?

Vanessa rió.

Y entonces llegó la última frase.

—Cuando termine la boda y la inversión Prescott entre en nuestras cuentas, tendré suficientes formas de controlar a Olivia… y también a su familia.

El silencio fue absoluto.

Nadie necesitaba más explicaciones.


El rostro de Adrian perdió todo color.

—Eso…

Intentó acercarse.

—Está sacado de contexto.

Una periodista levantó inmediatamente el micrófono.

—Señor Foster.

¿Acaba de admitir que utilizó este matrimonio para obtener el capital de la familia Prescott?

Otra voz.

—¿Encerró deliberadamente a la novia durante cinco horas?

Otra más.

—¿La señorita Vanessa estaba con usted todo ese tiempo?

Las preguntas comenzaron a caer como una tormenta.

Adrian buscó mi mirada.

—Olivia.

Escúchame.

Levanté una mano.

—No.

Después señalé los setenta y dos baúles.

—Esos regalos nunca fueron un precio por comprar un marido.

Mi voz seguía siendo tranquila.

—Fueron una bendición para construir una familia.

Respiré hondo.

—Y tú acabas de demostrar que nunca quisiste ninguna de las dos cosas.


En ese momento llegaron varios vehículos negros.

Se detuvieron uno tras otro frente al hotel.

Las puertas se abrieron.

Mi padre descendió primero.

Octavio Prescott caminó directamente hacia mí.

No preguntó qué había pasado.

Había visto la transmisión en directo.

Solo me miró.

—¿Estás bien?

Asentí.

Él tomó mi mano.

Después se volvió hacia los empleados.

—Carguen todo.

Los setenta y dos baúles comenzaron a regresar a los camiones.

Uno por uno.

Frente a cientos de invitados.

Frente a todas las cámaras.

Frente a Adrian.

Cada baúl que desaparecía parecía llevarse también una parte de su seguridad.

Porque comprendía perfectamente lo que significaba.

No solo perdía una boda.

Perdía la alianza empresarial más importante de su vida.


Cuando el último baúl fue retirado, mi padre miró a Adrian por primera vez.

—Mi hija esperó cinco horas.

Su voz era baja.

—Yo esperé cinco meses para llamarte hijo.

Hizo una breve pausa.

—Los dos perdimos el tiempo.

Se dio la vuelta.

—Vámonos.


Mientras subía al automóvil, Adrian corrió desesperadamente.

—¡Olivia!

Esta vez sí me giré.

Esperó unos segundos.

Como si creyera que aún podía arreglarlo.

—¿Qué tengo que hacer?

Lo miré con serenidad.

Después recordé la frase que había escuchado detrás de aquella puerta.

“Si no soporta algo tan pequeño, que se vaya.”

Sonreí apenas.

—Eso hice.

El automóvil arrancó lentamente.

Por el espejo vi a Adrian quedarse inmóvil frente al Hotel Beaumont.

Solo.

Con el traje de novio impecable.

El salón preparado.

Los invitados esperando.

Y ninguna mujer caminando hacia el altar.

Porque cuando decidió hacerme esperar cinco horas para enseñarme cuál sería mi lugar en su familia…

Sin darse cuenta, también me enseñó cuál ya no quería ocupar jamás.

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