PARTE 2 — CINCO MINUTOS DESPUÉS, ÉL YA NO ERA INTOCABLE

La llamada terminó en menos de diez segundos.

Mi padre no hizo preguntas.

Solo respondió con la misma serenidad que siempre había usado cuando una empresa valía miles de millones o cuando alguien cometía el peor error de su vida.

—Entendido, hija. Quédate donde estás.

La línea se cortó.

Alejandro soltó una carcajada.

—¿Eso fue todo? ¿Esperaba un discurso dramático?

Camila cruzó los brazos.

—Debe haber llamado a algún jubilado sin dinero.

Ninguno de los dos entendía por qué yo había dejado de llorar.

El miedo había desaparecido.

Solo quedaba una calma que los inquietaba.

Alejandro dejó la fusta sobre una mesa de nogal.

—Firma el divorcio y quizá sea generoso contigo.

Levanté lentamente la carpeta que había arrojado al suelo.

Ni siquiera la abrí.

—No hace falta.

—¿Ah, no?

—Porque tú ya no vas a decidir nada.

Camila sonrió con desprecio.

—¿Y quién va a decidir? ¿Tu papá?

Antes de que pudiera responder, el teléfono de Alejandro vibró.

Miró la pantalla con fastidio.

Era el director financiero del grupo.

Contestó sin apartar los ojos de mí.

—¿Qué pasa?

Al principio solo escuchó.

Después frunció el ceño.

—¿Cómo que suspendieron la transferencia?

Volvió a escuchar.

Su expresión cambió.

—Eso es imposible.

La llamada terminó.

Cinco segundos después entró otra.

Luego otra.

Y otra más.

Cada conversación era peor que la anterior.

—¿Qué quieres decir con que el banco congeló la operación?

—No, esa línea de crédito no puede cancelarse…

—¡Exijo hablar con el director!

Colgó de golpe.

Por primera vez aquella noche parecía nervioso.

Camila intentó tranquilizarlo.

—Debe ser un error administrativo.

Entonces sonó el teléfono de ella.

Contestó sonriendo.

La sonrisa desapareció en menos de diez segundos.

—¿Cómo que rescindieron mi contrato?

Escuchó unos segundos más.

Su rostro perdió el color.

—¿También cancelaron la campaña?

Colgó lentamente.

—Alejandro…

Él ni siquiera la miró.

En ese momento, la puerta principal de la mansión se abrió.

Entró Ernesto, el jefe de seguridad que llevaba más de veinte años trabajando allí.

No saludó.

No pidió permiso.

Se acercó directamente a Alejandro.

—Señor…

—¿Qué ocurre?

Ernesto respiró hondo.

—Los representantes del fideicomiso familiar acaban de llegar.

Alejandro frunció el entrecejo.

—¿Qué fideicomiso?

—El propietario legal del inmueble solicita la entrega inmediata de la residencia.

El silencio cayó como una losa.

Alejandro soltó una risa incrédula.

—¿Propietario? Esta casa es mía.

Ernesto tragó saliva.

—Según la documentación que acaban de presentar… nunca lo fue.

Sentí cómo Camila giraba lentamente hacia mí.

Sus ojos estaban llenos de confusión.

Alejandro dio un paso al frente.

—¿Qué clase de broma es esta?

En ese instante apareció un hombre de cabello plateado acompañado por dos abogados y un notario.

Vestía un traje azul oscuro impecable.

No levantó la voz.

Ni siquiera parecía enfadado.

Solo caminó hasta quedar frente a mí.

Después se quitó el saco y lo colocó cuidadosamente sobre mis hombros para cubrir las heridas de mi espalda.

—Llegué un poco tarde, hija.

Las lágrimas que había contenido durante toda la noche escaparon sin permiso.

—Papá…

Alejandro observó la escena sin comprender.

—¿Quién demonios es usted?

El hombre lo miró con una serenidad absoluta.

—Soy Arturo Mendoza.

Hizo una breve pausa.

—El padre de la mujer a la que acabas de azotar delante de varios testigos.

El rostro de Alejandro perdió todo el color.

Ese nombre llevaba décadas apareciendo entre las familias empresariales más poderosas del país.

Era un apellido que no salía en revistas por elección propia.

Un apellido que no buscaba publicidad.

Pero que tenía participación en bancos, constructoras, fondos de inversión y empresas donde el propio Grupo Salgado dependía para seguir respirando.

Arturo sacó una carpeta de piel.

La dejó sobre la mesa donde minutos antes descansaba la fusta.

—Antes de venir hice una sola llamada.

Miró fijamente a Alejandro.

—Y ahora acabo de recibir la confirmación.

Alejandro apenas pudo hablar.

—¿Confirmación de qué?

Arturo abrió lentamente la carpeta.

—De que, desde hace exactamente cinco minutos… todos los acuerdos financieros que mantenían vivo tu imperio acaban de ser cancelados.

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