PARTE 2: CINCO AÑOS DESPUÉS, VOLVIÓ A MI PUERTA

Cinco años después, alguien llamó a mi puerta a las siete de la mañana.

Mi hijo Mateo estaba en la cocina preparando su desayuno.

—Mamá, ¿esperas a alguien?

Negué con la cabeza.

Abrí.

Y me quedé inmóvil.

Julián estaba frente a mí.

Parecía diez años mayor.

A su lado estaba su madre, Leonor, llorando.

—Camila —susurró ella—. Tenemos que hablar.

Miré a Julián.

El hombre que cinco años atrás me había obligado a firmar el divorcio ya no tenía aquella expresión arrogante.

Tenía los ojos hundidos y las manos temblorosas.

—¿Qué hacen aquí?

Julián tragó saliva.

—Necesito ver a mi hijo.

Mi corazón se endureció.

—¿Tu hijo?

—Camila, por favor.

—Cuando estaba embarazada, dijiste que no querías volver a verme. Firmaste el divorcio diez días antes de que naciera. Nunca preguntaste si había nacido bien.

Leonor empezó a llorar.

—Nos equivocamos.

—No.

La miré fijamente.

—Ustedes tomaron una decisión.

Julián bajó la cabeza.

Entonces Mateo apareció detrás de mí.

Tenía cinco años, una mochila azul y un dibujo en las manos.

—Mamá, ¿quién es?

Julián lo vio.

Y se quedó completamente quieto.

Mateo tenía sus mismos ojos.

La misma pequeña marca junto a la ceja.

Julián respiró entrecortadamente.

—¿Él es…?

—Sí.

—Mi hijo.

No respondí.

Leonor se cubrió la boca.

—Es idéntico a ti, Julián.

Él dio un paso.

Mateo retrocedió inmediatamente.

—No quiero que se acerque.

Julián se detuvo.

Aquellas palabras parecieron destruirlo.

—No voy a hacerte daño.

Mateo me miró.

—¿Quién es?

Antes de que pudiera responder, Leonor sacó un sobre de su bolso.

—Esto es para ti.

No lo tomé.

—¿Qué contiene?

—La verdad.

Julián cerró los ojos.

—Mamá…

—Ya no puedo seguir ocultándolo.

Me entregó el sobre.

Dentro había fotografías.

Una mujer embarazada.

Una clínica privada.

Y documentos fechados exactamente diez días antes de nuestro divorcio.

Reconocí inmediatamente a la mujer.

Era la misma que había mencionado mi madre aquella mañana.

La mujer con la que Julián supuestamente tenía una relación.

Pero había algo que no entendía.

—¿Por qué me muestras esto ahora?

Leonor lloró.

—Porque ella no estaba embarazada de Julián.

Levanté la mirada.

—¿Qué?

Julián apretó los puños.

—Mi madre me mintió.

—¿Sobre qué?

—Me dijo que ella esperaba un hijo mío. Me convenció de que tenía que abandonar nuestro matrimonio antes de que naciera tu bebé.

Miré los documentos.

—Entonces, ¿por qué?

Julián no respondió.

Leonor lo hizo.

—Porque alguien quería quedarse con la empresa familiar.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién?

Leonor miró a su propio hijo.

—Mi hermano.

El silencio se volvió pesado.

—Tu tío falsificó los documentos financieros, convenció a Julián de que el divorcio era necesario y utilizó mi miedo para controlarnos.

Julián dio un paso atrás.

—Pero hay algo peor.

Me miró directamente.

—Cinco años después descubrí que tú eras la verdadera heredera de las acciones que mi padre había reservado para tu hijo.

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué acciones?

Leonor bajó la voz.

—Las suficientes para convertir a Mateo en el principal accionista de la familia.

Miré a mi hijo.

Luego a Julián.

Y comprendí por qué habían vuelto.

No habían venido solamente por arrepentimiento.

Habían venido porque finalmente habían descubierto quién tenía el poder.

Entonces Mateo tiró suavemente de mi mano.

—Mamá…

—¿Sí?

—El señor de la puerta dice que hay más personas afuera.

Miré hacia el pasillo.

A través de la ventana vi tres automóviles negros.

Y un hombre descendió del primero.

Julián palideció.

—Ese hombre no debería estar aquí.

—¿Quién es?

Julián me miró con auténtico miedo.

—El hombre que cinco años atrás pagó para que yo te abandonara.

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