Me puse delante de Nico.
—No es tu hijo.
Sebastián soltó una risa fría.
—Tiene mi cara, mi lunar y exactamente cinco años.
Nico asomó la cabeza detrás de mí.
—Mamá, ¿conoces al señor enojado?
—Sí.
Sebastián se arrodilló lentamente.
—Nico, yo…
—No.
Mi voz lo detuvo.
—No vas a aparecer después de cinco años y presentarte como su padre.
Sus ojos volvieron hacia mí.
—Desapareciste embarazada.
—Porque me dijiste que no utilizara “la sangre de tu familia como moneda de cambio”.
Por primera vez, Sebastián no tuvo respuesta.
Entonces sacó un sobre.
—Nunca recibí tus papeles de divorcio.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Seguimos casados, Valeria.
Levantó la mano mostrando la alianza.
—Y llevo cinco años buscándote.
Sentí que el corazón golpeaba contra mis costillas.
—¿Por qué?
Sebastián bajó la voz.
—Porque tres días después de que desaparecieras encontré tu ecografía.
Silencio.
—Mi madre la tenía.
Mi sangre se heló.
—¿Cómo llegó a ella?
—Registró tus cosas aquella noche.
Su mandíbula se endureció.
—Y después me dijo que habías abortado antes de marcharte.
Me quedé sin palabras.
Nico tiró suavemente de mi vestido.
—Mamá…
Sebastián lo miró.
Los ojos se le humedecieron.
—Durante cinco años creí que había perdido a mi hijo antes de conocerlo.
Nico frunció el ceño.
—¿Tú eres mi papá?
Sebastián abrió la boca.
Pero me miró antes de responder.
Por primera vez, estaba pidiendo permiso.
Asentí apenas.
—Sí —susurró—. Pero llegué muy tarde.
Nico pensó unos segundos.
Entonces hizo la pregunta que terminó de romperlo.
—Si eres mi papá… ¿por qué nunca viniste a mis cumpleaños?
Sebastián bajó la cabeza.
Y el hombre más frío de la capital comenzó a llorar frente a mi pequeña pastelería.
Pero yo sabía algo que él todavía debía aprender.

Encontrarnos no significaba recuperarnos.
Ser padre de Nico era una verdad.
Convertirse en su papá…
tendría que ganárselo.