A la mañana siguiente, Bastien cumplió perfectamente su papel.
Me besó en la frente.
Preparó café.
Y mientras untaba mantequilla en una tostada, dijo:
—Ya hablé con mantenimiento. Seguramente era un fallo del medidor.
Lo observé.
—Qué alivio.
Sonrió.
—Te preocupas demasiado.
Dos horas después estaba sentada frente a Selma.
Sobre su escritorio había once meses de consumos.
Electricidad.
Agua.
Gas.
Todo constante.
Pero los registros de acceso fueron peores.
La tarjeta de Bastien había entrado al apartamento ciento ochenta y siete veces.
La de Nadine, casi diariamente.
Y existía una tercera tarjeta.
“Nadine Ferris. Residente autorizada.”
—¿Quién autorizó esto? —pregunté.
Selma giró una hoja.
La firma era de Bastien.
Hacía diez meses había declarado ante la administración que Nadine era “familiar directo autorizado”.
Sentí algo extraño.
No dolor.
El dolor había ocurrido la noche anterior.
Aquello era claridad.
—Sigue —dije.
Selma abrió los movimientos de nuestra cuenta conjunta.
Encontramos pagos pequeños que yo jamás habría notado por separado.
Una cuna.
Una clínica obstétrica.
Muebles.
Entregas de comida.
Un purificador de aire.
Bastien no solo tenía una amante.
Había construido un hogar con ella utilizando parcialmente nuestro dinero.
Pero entonces Selma encontró una transferencia mucho mayor.
120.000 yuanes.
Había salido seis meses atrás hacia una empresa inmobiliaria.
—¿Reconoces esto?
Negué.
Investigamos.
Era el depósito para otro apartamento.
Esta vez únicamente a nombre de Nadine.
Bastien estaba preparando una segunda vivienda para ella antes del nacimiento.
—¿Quieres enfrentarlo? —preguntó Selma.
—Todavía no.
Quería saber hasta dónde llegaba la mentira.
La respuesta llegó sola.
Tres días después, Bastien anunció:
—Tengo un viaje de trabajo este fin de semana.
—¿Adónde?
—Shenzhen.
Sonreí.
—Que te vaya bien.
El sábado recibí una llamada del administrador de Halcyon Tower.
—Señora Sorel, su esposo está solicitando cambiar permanentemente a la residente principal del apartamento.
Cerré los ojos.
—¿A quién?
Ya conocía la respuesta.
—Nadine Ferris.
—No autoricen nada.
—Como copropietaria, necesitamos también su consentimiento.
—No lo tendrán.
Aquella tarde Bastien regresó inesperadamente.
No venía de Shenzhen.
Entró furioso.
—¿Llamaste a Halcyon Tower?
Dejé tranquilamente mi taza.
—Sí.
Su rostro cambió.
Finalmente entendió.
—Renata…
—¿Cómo está Nadine?
Silencio.
—¿Y el bebé?
Se sentó lentamente.
—Puedo explicarlo.
—Perfecto.
Saqué una carpeta.
—Empieza explicando por qué tu amante lleva once meses viviendo en nuestra propiedad.
Otra hoja.
—Después explícame los ciento veinte mil yuanes.
Otra.
—Y luego los gastos de embarazo pagados desde nuestra cuenta.
Bastien palideció.
—Nadine estaba pasando por una situación difícil.
Casi me reí.
—¿Y te caíste encima de ella intentando ayudar?
—No seas vulgar.
Aquello fue tan absurdo que me quedé mirándolo.
Él me había engañado durante meses y todavía creía tener derecho a corregir mi comportamiento.
—¿El bebé es tuyo?
Bastien bajó la mirada.
Eso bastó.
—Sí.
Una sola palabra terminó siete años de matrimonio.
Entonces cometió su último error.
—Pero tú y yo podemos seguir juntos.
Lo miré incrédula.
—Nadine entiende que mi matrimonio tiene responsabilidades. Ella nunca te ha pedido que te divorcies.
Comprendí entonces el plan.
Yo conservaría la apariencia de esposa.
Nadine tendría el apartamento.
Él tendría ambas vidas.
Y todos debíamos agradecer su generosidad.
Saqué el último documento.
—Pues yo sí estoy pidiendo el divorcio.
Su expresión se congeló.
—No puedes decidir eso así.
—Ya lo decidí.
Durante las semanas siguientes dejó de fingir.
Primero pidió perdón.
Después culpó a Nadine.
Luego me culpó a mí.
Finalmente amenazó con reclamar la mitad del apartamento.
Selma estaba preparada.
Mis padres habían aportado la mayor parte de la entrada y conservaban comprobantes.
Además, el uso de fondos comunes para mantener la relación paralela quedó documentado y pasó a formar parte de la disputa patrimonial.
No obtuve mágicamente todo.
Él tampoco.
Lo resolvimos mediante abogados, pruebas y un acuerdo formal.
Nadine dio a luz mientras el divorcio seguía en proceso.
Nunca fui a verla.
Ella no era mi problema.
Bastien sí había sido mi problema.
Y estaba dejando de serlo.
Meses después vendimos Halcyon Tower como parte del acuerdo.
Insistí en una sola cosa:
quería entrar una última vez antes de entregar las llaves.
La habitación que había sido nuestra estaba convertida en dormitorio infantil.
En una pared todavía quedaban pequeñas estrellas adhesivas.
Sobre un armario encontré algo inesperado.
Una fotografía de Bastien y yo durante nuestra luna de miel.
Nadine la había guardado boca abajo.
La observé unos segundos.
Luego la dejé exactamente donde estaba.
Cuando salí, Bastien esperaba junto al ascensor.
—Renata.
Me detuve.
—¿Alguna vez habrías descubierto esto si no fuera por aquella factura?
Pensé en los 998 yuanes.
En una cifra insignificante comparada con siete años de vida.
—Probablemente no tan pronto.
Bastien bajó la cabeza.
—Lo siento.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Entré.
Antes de cerrarse, respondí:
—Yo también.
Levantó la mirada, esperanzado.
Entonces terminé:
—Siento haber necesitado una factura eléctrica para empezar a creer en lo que llevaba meses sintiendo.
Las puertas se cerraron.
Nunca volví a aquel edificio.
Durante mucho tiempo pensé que 998 yuanes habían destruido mi matrimonio.
Después comprendí que no.
Mi matrimonio ya estaba destruido.
Los 998 yuanes simplemente encendieron la luz.