PARTE 2: Bajo la Lluvia

La puerta de la sala de reuniones se cerró detrás de mí con un sonido seco.

Por un instante permanecí inmóvil, sujetando la carpeta del divorcio contra mi pecho mientras la lluvia golpeaba los enormes ventanales de la torre.

Sentía que cada paso que daba resonaba en un edificio donde todos parecían demasiado ocupados para mirar a una mujer embarazada que acababa de perderlo todo.

Cuando llegué al vestíbulo, vi a Cole.

Estaba abrazando a Brielle.

Ella llevaba un elegante abrigo color marfil y una sonrisa triunfal que no intentó esconder cuando nuestras miradas se cruzaron.

Incluso apoyó una mano sobre el brazo de mi todavía esposo, como si quisiera asegurarse de que entendiera perfectamente quién ocupaba ahora mi lugar.

Cole ni siquiera pareció incómodo.

Simplemente abrió el paraguas sobre ella.

Jamás lo hizo por mí.

Seguí caminando bajo la lluvia hasta llegar al apartamento.

Cinco años viviendo allí.

Cinco años creyendo que era nuestro hogar.

Ahora solo veía paredes vacías.

Metí ropa de maternidad en una vieja maleta.

Las ecografías de los trillizos.

Algunas fotografías de mi madre.

Un álbum de boda que terminé dejando sobre la mesa.

No tenía sentido llevármelo.

Mientras cerraba la cremallera, escuché el sonido de la cerradura.

Brielle entró sin llamar.

Llevaba las llaves.

Las mismas llaves que yo había usado durante años.

—Cole dijo que probablemente necesitarías ayuda para salir antes de mañana.

Sentí que la sangre me hervía.

—Todavía sigo siendo su esposa.

Ella sonrió con una tranquilidad insoportable.

—Solo por unas horas.

Comenzó a recorrer el apartamento como si ya fuera suyo.

Abrió armarios.

Observó las cortinas.

Incluso comentó qué muebles pensaba cambiar.

Cuando llegó a la habitación de los bebés, acarició una de las cunas que yo había comprado con tanta ilusión.

—Qué pena.

Tres cunas desperdiciadas.

No respondí.

Si lo hacía, terminaría llorando delante de ella.

Y me negaba a regalarle esa satisfacción.

Tomé mi maleta y salí.

La lluvia era todavía más intensa.

Conducía despacio porque los bebés no dejaban de moverse.

Quizá sentían mi ansiedad.

Quizá simplemente reaccionaban al estrés que inundaba mi cuerpo.

No tenía adónde ir.

Mi madre había fallecido tres años antes.

Mi padre murió cuando yo era adolescente.

Los pocos familiares que me quedaban vivían lejos.

Reservé una habitación barata cerca del río Mississippi.

Mientras subía las escaleras del motel, un dolor agudo atravesó mi abdomen.

Me detuve.

Respiré.

Esperé.

El dolor desapareció.

Intenté convencerme de que solo eran contracciones de práctica.

Pero diez minutos después regresaron.

Más fuertes.

Más largas.

Tomé el teléfono con manos temblorosas.

Antes de poder marcar emergencias, todo comenzó a dar vueltas.

La maleta cayó al suelo.

Yo también.

Lo último que vi antes de perder el conocimiento fueron las luces de un automóvil negro deteniéndose frente al motel y un hombre mayor corriendo bajo la lluvia hacia mí mientras gritaba desesperado:

—¡Brooke!

Abrí ligeramente los ojos.

No reconocía su rostro.

Pero cuando tomó mi mano, pronunció unas palabras que hicieron que incluso en medio del dolor intentara mantenerme consciente.

—Te encontré…

Le prometí a tu madre que nunca permitiría que te quedaras sola.

Y en ese mismo instante, las luces de una ambulancia iluminaron toda la calle.

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