PARTE 2: ALMA NO ERA UNA EMPLEADA COMÚN

Regina señaló el vino derramado.

—De rodillas. Límpialo como corresponde.

El comedor quedó en silencio.

Alma no se movió.

Santiago se levantó.

—Regina, basta.

Pero Héctor fue más rápido.

—Navarro.

Alma giró hacia él.

El general retirado se puso lentamente de pie.

—¿Unidad Centinela?

Por primera vez, el rostro de Alma cambió.

Nadia dejó su copa.

—Entonces sí eres tú.

Regina soltó una carcajada nerviosa.

—¿De qué están hablando?

Héctor no apartó los ojos de Alma.

—Hace cinco años, un equipo de seguridad mexicano participó en la evacuación de civiles durante una operación internacional. La responsable de protección desapareció después.

Nadia terminó la frase:

—Oficialmente, Alma Navarro murió aquella noche.

Santiago miró a Alma.

—¿Es verdad?

—Parte de ello.

Alma se quitó lentamente los guantes de servicio.

—Después de aquella operación abandoné ese mundo. Quería una vida donde nadie supiera quién era.

Regina palideció.

—¿Estás diciendo que esta sirvienta era…?

—Especialista en protección —corrigió Héctor—. Y una de las mejores que conocí.

Alma lo miró.

—General, eso terminó.

—Lo sé.

Entonces ocurrió algo extraño.

Alma dejó de mirar a Regina.

Sus ojos fueron hacia una ventana.

Después hacia la puerta lateral.

—Santiago —dijo—. Aléjese de la ventana.

—¿Por qué?

Las luces exteriores se apagaron.

Alma reaccionó inmediatamente.

No hubo escenas espectaculares.

Ordenó al personal cerrar accesos, pidió a los invitados permanecer dentro y llamó al equipo profesional de seguridad.

Minutos después descubrieron que alguien había intentado entrar por una zona de servicio aprovechando la cena.

La policía fue avisada.

Héctor observó a Alma.

—Sigues contando salidas.

—Algunas costumbres no desaparecen.

Regina estaba temblando.

—¿Quién intentaría entrar aquí?

Santiago no respondió.

Pero Alma sí.

—Eso tendrá que determinarlo la investigación.

A la mañana siguiente, Santiago canceló la boda.

Regina creyó que era por Alma.

No lo era.

—Anoche humillaste a una mujer porque creías que no podía defenderse —le dijo Santiago—. Solo cambiaste de actitud cuando descubriste que tenía poder.

—¡Pero ella nos ocultó quién era!

—Su pasado no cambia lo que tú hiciste antes de conocerlo.

Regina quedó inmóvil.

Alma presentó su renuncia esa misma tarde.

Santiago intentó detenerla.

—No tienes que marcharte.

—Sí.

—¿Por Regina?

Alma negó.

—Porque vine aquí buscando una vida tranquila. Y creo que ya es hora de construirla fuera de una casa donde todos esperan algo de usted.

Santiago recordó aquella conversación en la cocina.

Sonrió tristemente.

—Otra verdad incómoda.

—Son mi especialidad.

Alma salió de la mansión con una sola maleta.

No necesitó demostrar que era peligrosa.

No necesitó vengarse.

Regina creyó que podía humillar a Alma porque llevaba uniforme de servicio; nunca entendió que las personas verdaderamente poderosas no necesitan anunciarlo.

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