PARTE 2: AHORA ÉL ERA EL SEGUNDO

Daniel permaneció mirando el mensaje durante varios segundos.

—¿Samuel?

No respondí.

—¿Ese Samuel?

Levanté la vista.

—Sí.

La expresión de Daniel cambió.

Durante años había escuchado aquel nombre apenas un par de veces. Sabía que Samuel y yo habíamos estudiado juntos. Sabía que habíamos sido cercanos.

Lo que nunca le conté era cuánto.

—¿El hombre del que estabas enamorada?

—Antes de conocerte.

Daniel soltó una risa seca.

—Qué conveniente.

—¿Conveniente?

—Victoria regresa y, casualmente, tú vuelves a encontrarte con Samuel.

Cerré la maleta.

—Samuel trabaja en mi empresa desde hace seis meses.

Daniel se quedó inmóvil.

—¿Seis meses?

—Sí.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—Tampoco pensé que fuera importante.

Repetí exactamente las palabras que él había utilizado aquella noche.

Su mandíbula se tensó.

—No es lo mismo.

—Claro que no.

Me senté tranquilamente.

—Yo nunca pelé camarones para Samuel delante de ti.

—Nunca permití que se burlara de tu salario.

—Nunca dije frente a él que jamás podría enamorarme de un hombre como tú.

Daniel guardó silencio.

—Y, sobre todo, nunca fui a su casa a medianoche dejando a mi esposo solo.

Aquello finalmente lo hizo callar.

Su teléfono vibró.

Victoria.

Daniel rechazó la llamada.

Volvió a sonar.

La rechazó otra vez.

—Mañana hablaré con ella.

—No hace falta.

—Voy a explicarle que debe respetar ciertos límites.

Sonreí.

—Los límites no son responsabilidad de Victoria.

Daniel frunció el ceño.

—Son tuyos.

La habitación quedó en silencio.

Por primera vez, dejó de intentar defenderse.

—Claire…

—Quiero dormir.

—No quiero divorciarme.

—Yo sí.

Su rostro cambió.

Creo que hasta aquel instante seguía convencido de que aquello era una amenaza.

Una pequeña rabieta.

Algo que desaparecería después de unas flores y una disculpa.

Pero yo no estaba enfadada.

Simplemente había dejado de encontrar razones para continuar.


A la mañana siguiente preparé el desayuno como siempre.

Daniel bajó con ojeras.

Se sentó frente a mí.

—¿Dónde están los documentos?

—Mi abogado los prepara.

Su taza quedó suspendida.

—¿Ya llamaste a un abogado?

—Anoche.

—¿Tan rápido?

—Nuestro matrimonio también fue rápido. Nos conocimos seis meses y nos casamos.

Bebí café.

—No veo por qué el final debería necesitar años.

Daniel apretó la taza.

—¿Es por Samuel?

Lo miré.

—No.

—Entonces prométeme que no estarás con él después del divorcio.

No pude evitar reír.

—Daniel, ¿te escuchas?

Su rostro se endureció.

—Solo quiero saber si estabas esperando esta oportunidad.

—¿Y tú estabas esperando el regreso de Victoria?

No respondió.

Eso bastó.

Tomé mi bolso.

Antes de salir, Daniel dijo:

—Nunca pasó nada entre Victoria y yo.

Me detuve.

—Ese tampoco es el problema.

—Entonces dime cuál es.

Me volví.

—Que anoche disfrutaste haciéndome sentir inferior delante de la mujer cuya opinión todavía te importa.

Daniel palideció.

—Cuando dijiste que nunca te habrías enamorado de alguien como yo, estabas intentando impresionarla.

Abrí la puerta.

—Y funcionó.


En la oficina, Samuel estaba frente a la máquina de café.

Cuando me vio, levantó una ceja.

—¿Problemas?

—Me voy a divorciar.

Casi dejó caer la taza.

—Claire…

—No tiene nada que ver contigo.

—Lo sé.

No preguntó nada más.

Eso me sorprendió.

Años atrás, Samuel había sido precisamente así.

Nunca presionaba.

Nunca necesitaba convertir cada silencio en una explicación.

Antes de marcharse hacia una reunión, dejó un café sobre mi escritorio.

—Sin azúcar.

Lo miré.

—Todavía recuerdas.

—Recuerdo muchas cosas.

Sonrió ligeramente y se fue.

Mi teléfono vibró inmediatamente.

Daniel.

“¿Estás con Samuel?”

No respondí.

Cinco minutos después:

“Claire, contéstame.”

Después:

“Victoria me invitó a almorzar. Le dije que no.”

Guardé el teléfono.

Ya no me importaba.

Y quizá eso fue lo que más asustó a Daniel.


Durante la semana siguiente empezó a llegar temprano a casa.

Compró flores.

Preparó la cena.

Incluso bloqueó temporalmente a Victoria.

Todo aquello habría significado mucho unos meses antes.

Ahora parecía un hombre intentando cerrar una puerta después de que la casa ya estuviera vacía.

El viernes llegaron los documentos.

Los dejé frente a él.

Daniel los miró como si fueran una sentencia.

—No voy a firmar.

—Entonces lo resolveremos legalmente.

—Claire, dame una oportunidad.

—Te di una vida tranquila durante tres años.

—¡Pero nunca me dijiste que me amabas!

Lo miré sorprendida.

—Tú tampoco.

Daniel abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Ahí estaba nuestra verdad.

Nos habíamos acostumbrado tanto a tenernos que ninguno se había preguntado qué significaba perder al otro.

Hasta que ocurrió.

Entonces sonó el timbre.

Abrí.

Era Victoria.

Llevaba una bolsa de regalo.

—Daniel, no contestas mis llamadas y pensé…

Me vio.

Después vio los documentos.

Su expresión cambió.

—¿De verdad van a divorciarse?

Daniel se levantó.

—Victoria, vete.

Ella parpadeó.

—Solo vine porque pensé que necesitabas compañía.

—No la necesito.

Victoria me miró.

—Claire, si esto es por mí, puedo explicarlo.

—No es por ti.

—Entonces…

—Tú solo me enseñaste algo que necesitaba ver.

Victoria frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

Miré a Daniel.

—Que mi esposo todavía necesitaba hacerme pequeña para sentirse especial delante de otra mujer.

Daniel bajó los ojos.

Victoria se quedó sin palabras.

Entonces mi teléfono sonó.

Samuel.

Daniel vio el nombre.

Algo en él se quebró.

—Contesta.

—Después.

—He dicho que contestes.

Lo miré con frialdad.

—Ya no tienes derecho a darme órdenes.

Daniel caminó hacia mí.

—¿Vas a volver con él?

—No lo sé.

Aquellas tres palabras parecieron destruirlo más que cualquier insulto.

—¿Todavía lo amas?

Pensé unos segundos.

—No sé si amo al Samuel de ahora.

Hice una pausa.

—Pero sé que una vez amé al de antes.

Daniel palideció.

Por primera vez entendió realmente lo ocurrido aquella noche.

Cuando dijo delante de Victoria que jamás se habría enamorado de una mujer como yo, pensó que estaba recordándome cuál era mi lugar.

Nunca imaginó que yo también había tenido a alguien.

Alguien que había sido mi primer amor.

Alguien al que había dejado atrás sin convertirlo en un fantasma dentro de nuestro matrimonio.

Tomé los documentos y se los puse nuevamente delante.

—Firma.

Daniel miró mi nombre.

Después levantó lentamente la vista.

—¿Y si te digo que ahora estoy enamorado de ti?

Sentí tristeza.

Pero ninguna duda.

—Entonces llegaste demasiado tarde.

Dejé la pluma junto a su mano.

—Porque el día que intentaste demostrarle a Victoria que nunca podrías amar a una mujer como yo…

Abrí la puerta.

—conseguiste convencerme de que yo tampoco debía seguir intentando amar a un hombre como tú.

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