Adrian sujetó la puerta del auto antes de que pudiera cerrarla.
—Emma, deja de decir tonterías.
—Suéltala.
—¿Con quién vas a casarte?
No respondí.
Su expresión cambió lentamente.
—Ni siquiera estás saliendo con nadie.
—Exacto.
—Entonces estás intentando ponerme celoso.
Sonrió otra vez, convencido de haber encontrado la explicación.
—Vete a casa. Mañana hablamos cuando estés tranquila.
Cerré la puerta.
—No habrá nada que hablar mañana.
Arranqué.
Mi teléfono empezó a sonar antes de llegar al primer semáforo.
No contesté.
Porque había una parte que Adrian desconocía.
El hombre con quien iba a casarme no era un amante secreto.
Se llamaba Nathan Whitmore.
Lo conocía desde la universidad.
Habíamos sido amigos durante casi diez años.
Seis meses antes, Nathan había regresado de Londres y me había encontrado llorando en una cafetería después de otra discusión con Adrian.
No intentó conquistarme.
Solo preguntó:
—¿Cuánto tiempo más vas a esperar a que alguien decida si eres suficientemente importante?
Aquella pregunta se quedó conmigo.
Semanas después, cuando mi relación con Adrian volvió a romperse y reconciliarse por enésima vez, Nathan me confesó algo.
—Si algún día terminas de verdad con él, llámame.
—¿Para qué?
—Para preguntarte algo que llevo años queriendo preguntar.
No lo tomé en serio.
Hasta aquella noche.
Cuando llegué a casa llamé a Nathan.
—Terminé con Adrian.
Hubo silencio.
—¿Definitivamente?
—Sí.
—Entonces voy a hacerte mi pregunta.
Respiró.
—Emma, ¿quieres construir una vida conmigo?
No hubo discursos grandiosos.
Nathan conocía mis defectos.
Mis padres.
Mis deudas universitarias.
Mi obsesión por trabajar hasta tarde.
Incluso conocía toda mi historia con Adrian.
—No quiero ser tu rebote —añadió—. Si necesitas tiempo, esperamos.
Eso fue precisamente lo que me hizo decidir.
Por primera vez, un hombre me ofrecía tiempo sin utilizarlo para mantenerme esperando.
Tres días después entramos al registro civil.
Yo llevaba pantalones oscuros y aquella camisa blanca guardada durante años.
Nathan llevaba traje.
Julia fue mi testigo.
Mi madre, el suyo.
Cuando llegó el momento de firmar, Nathan me miró.
—Todavía puedes decir que no.
Sonreí.
—Precisamente por eso voy a decir que sí.
Firmamos.
Al salir, encontré diecinueve llamadas perdidas de Adrian.
La número veinte llegó mientras Nathan y yo caminábamos hacia el estacionamiento.
Contesté.
—¿Dónde estás?
—Acabo de casarme.
Silencio.
—Emma, ya basta.
Le envié una fotografía del certificado.
No respondió durante casi un minuto.
Después preguntó:
—¿Con Nathan Whitmore?
Aquello me sorprendió.
—¿Lo conoces?
—Todo el mundo en la industria conoce a Whitmore.
Entonces entendí qué le preocupaba.
Nathan acababa de asumir la dirección regional de un grupo que trabajaba con varios de los principales clientes de la empresa de Adrian.
—Esto es por Vanessa —dijo—. Estás intentando castigarme.
—No, Adrian.
Miré a Nathan, que se había apartado para darme privacidad.
—Esto empezó mucho antes de Vanessa.
—¡Llevamos cinco años juntos!
—Exactamente. Cinco años juntos y dos esperando una boda que siempre debía ocurrir “el próximo año”.
Su voz bajó.
—Yo iba a casarme contigo.
—Algún día.
Colgué.
Una semana después regresé a la oficina.
No renuncié.
No tenía por qué hacerlo.
Adrian me llamó inmediatamente a su despacho.
Vanessa estaba allí.
Esta vez no ocupaba ninguna silla junto a él.
Permanecía de pie.
—Quiero que aclaremos lo ocurrido en la cena anual —dijo Adrian.
—No hace falta.
—Sí hace falta. Vanessa y yo nunca tuvimos nada.
Ella palideció.
Lo miré.
—Entonces es todavía peor.
Adrian frunció el ceño.
—¿Peor?
—Sí. Porque significa que humillaste a tu pareja de cinco años sin siquiera necesitar una amante para hacerlo.
Vanessa bajó la mirada.
No volví a discutir con ella.
Con el tiempo comprendí que nunca había sido el verdadero problema.
Adrian había disfrutado de tenerme esperando mientras recibía atención de otra persona y llamaba “madurez” a mi obligación de aceptarlo.
Dos meses después solicité un traslado.
Nathan y yo tampoco tuvimos un matrimonio perfecto de cuento de hadas.
Tuvimos discusiones.
Aprendimos hábitos.
Descubrimos cosas del otro que como amigos nunca habíamos visto.
Pero hubo una diferencia.
Cuando algo importaba, Nathan no me mandaba metafóricamente a la mesa junto a la pared hasta que su vida estuviera menos ocupada.
Un año después asistimos juntos a otra cena empresarial.
Al llegar, Nathan señaló nuestros nombres.
Estaban uno junto al otro en la mesa principal.
—¿Está bien ahí?
Me reí.
—Perfecto.
Desde el otro extremo del salón vi a Adrian.
Nuestros ojos se encontraron.
Asentí cortésmente.
Nada más.
Cinco años había esperado a que Adrian decidiera cuándo estaba preparado para hacerme un lugar definitivo en su vida.
**Al final no lo dejé porque Vanessa ocupara mi asiento durante una cena.
Lo dejé porque aquella noche comprendí que llevaba años sentada exactamente donde Adrian me había colocado:
cerca suficiente para esperarlo, pero nunca lo bastante importante para que dejara de hacerme esperar.**