—Dilo —murmuró Adrián.
Clara palideció.
Saqué mi teléfono.
—Hace seis meses murió mi tío. Cuando fui al crematorio a recoger sus pertenencias, un empleado confundió unos documentos y me entregó una copia del registro interno.
Miré a Adrián.
—Su nombre aparecía como responsable de una cremación realizada aquella madrugada.
—Ese es mi trabajo —intervino Clara.
—El problema es que el número de identificación pertenecía a una persona que oficialmente había sido cremada tres días antes.
Nadie habló.
Adrián cerró los ojos.
Continué.
Había investigado en silencio.
Fechas repetidas.
Registros modificados.
Urnas cuyos códigos no coincidían con los documentos originales.
Y pagos extraordinarios enviados desde varias funerarias privadas a una empresa intermediaria.
—Pensé que Adrián estaba involucrado —dije—. Por eso no lo confronté.
Clara retrocedió.
—Yining, no sabes lo que estás diciendo.
—Tienes razón.
La miré.
—Hasta hace dos semanas no lo sabía.
Entonces descubrí algo diferente.
Adrián no recibía aquel dinero.
Lo estaba documentando.
Durante meses había guardado copias de registros porque sospechaba que alguien estaba alterando expedientes dentro del crematorio.
El problema era que nunca me contó nada.
Y cuando descubrí que algunas irregularidades coincidían con turnos de Clara, pensé que él la estaba protegiendo.
Adrián finalmente habló.
—Estaba reuniendo pruebas para entregarlas a los investigadores.
Clara giró hacia él.
—¿Qué?
Aquella única palabra me confirmó que ella tampoco lo sabía.
—Entonces ¿por qué querías divorciarte? —preguntó Adrián.
Lo miré.
—Porque encontré una carpeta escondida en nuestra casa con registros alterados y tu firma.
Su expresión se endureció.
—Esas firmas no son mías.
Silencio.
El asunto dejó de pertenecer a nuestro matrimonio.
Entregamos todo a las autoridades correspondientes.
Una revisión posterior encontró documentos cuya autenticidad debía investigarse y discrepancias suficientes para abrir una investigación formal. Yo no acusé a Clara ni a ningún compañero sin pruebas.
Dejé que los investigadores determinaran responsabilidades.
Semanas después Adrián vino a verme.
Ya podía caminar con normalidad.
Dejó sobre mi mesa dos billetes.
Hokkaido.
—Los compré antes de todo esto.
Los observé.
—Lo sé.
—Entonces ven conmigo.
Negué.
Adrián pareció derrumbarse.
—Pero ahora sabes que no te engañé.
—Nunca dije que fueras infiel.
—¿Entonces todavía quieres divorciarte?
—Sí.
Se quedó inmóvil.
—Durante seis meses viví junto a un hombre que desaparecía de madrugada, escondía documentos peligrosos en nuestra casa y esperaba que yo confiara ciegamente porque decía que todo era “trabajo”.
Respiré.
—Quizá tus razones fueran buenas. Pero nuestro matrimonio llevaba demasiado tiempo funcionando sobre secretos.
Adrián bajó la cabeza.
—Puedo cambiar.
—Espero que lo hagas.
El divorcio siguió adelante.
Meses después recibí una postal.
Una montaña cubierta de nieve.
Detrás, Adrián había escrito:
“Finalmente aprendí a esquiar.”
Sonreí y la guardé.
Durante mucho tiempo todos pensaron que yo quería abandonar a mi marido por Clara.
Se equivocaban.
Clara solo consiguió que mirara más atentamente.
Y lo que encontré no fue una amante.
Fue algo mucho más sencillo y suficiente para terminar un matrimonio:
me había acostumbrado a compartir mi vida con un hombre cuya verdad siempre estaba detrás de una puerta que yo no tenía permitido abrir.